El primero en …

(30/04/2026) Se trata de ser el primero en algo. Y da lo mismo ser el primero en ver la cara oculta de la luna que ser el primero en engullir más hamburguesas por minuto. El señor Guiness está esperando para apuntarle en su librote de récords y todos tan contentos.

 El mundo está lleno de individuos que han nacido para ser el primero en algo, aunque ese algo le cueste la vida como les ocurre a tantos que esperan coronar el Everest una temporada sí y otra también. El éxito del Everest, ese monte que cada primavera-verano, se traga sus víctimas propiciatorias, es que siempre hay alguien que quiere ser el primero en algo. Ser el primero en ascender por su cara norte (o por la sur, este u oeste), ser el primero en hacerlo con oxígeno (o sin oxígeno), ser el primero en hacerlo con alguna minusvalía (pongan aquí todas las habidas y por haber), ser el primero de tu continente en lograrlo, o de tu nación, o de tu comunidad autónoma, o de tu ciudad, o de tu barrio, etc. etc. etc.

 El hecho constatado y constatable es que cada vez hay más gente esperando en el campamento base a que den el pistoletazo de salida, convirtiendo la grandeza del alpinismo en un “parque temático”.

 Ser el primero es lo que cuenta y lo peor que te puede pasar es ser el segundo y convertirte en un segundón para los restos.

 Ese es el motivo y no otro del por qué después de más de cincuenta años nadie haya vuelto a pisar la luna ¿para qué?, ¿para ser el segundo? Ni soñarlo. Mejor ser el primero en ver su cara oculta.

 Recordamos el primer trasplante de corazón, la primera vuelta al mundo, la primera oveja clonada, pero ya nadie se acuerda del segundo trasplantado, ni de la segunda oveja, ni del segundo que dio la vuelta al mundo. Hagan, hagan la prueba y pregunten a cualquier lector cuál fue la segunda novela que ganó el premio Nadal de literatura y comprueben la cara de circunstancias del cuestionado, pero pregúntenle por el primer premio y vean como antes de que hayan terminado la pregunta le sueltan la respuesta.  

 “Segundas partes nunca fueron buenas” dice la sabiduría popular, por eso lo mejor que ha podido hacer la escritora argentina Samantha Scheweblin ha sido ganar el premio Aena. No por la cantidad ganada -un “insignificante” millón de euros- sino por haber sido la primera en lograrlo.

 Dicen los psicólogos que ser el primero a la larga genera frustración, pero somos muchos los que nos apuntamos a ser los primeros en frustrarnos si nos llevamos un millón de euros.

 Si lo piensan bien es fácil ser el primero en cualquier categoría siempre que las pruebas no sean demasiado ambiciosas, lo difícil es llevarse el millón de euros. Pruebe, por ejemplo, a ser el primero en abrir el bar cada mañana, o en subir a la pata coja el teso de su pueblo. Seguro que no lo ha hecho nadie. Y si tiene la mala suerte de que alguien se le adelantó, lo intente descalzo. Y luego marche corriendo a apuntarse al Guiness.

 En inglés a esta afición por ser el primero se la conoce como “la ventaja del pionero” (first-mover advantage) y está muy valorada en cualquier negocio. Tanto es así que todos hemos querido en algún momento de nuestra biografía ser líderes en algo antes de que la dura realidad nos colocara en el lugar que nos correspondía: en los últimos puestos. Aunque, a veces, nos quedábamos tan contentos porque nos acordábamos de aquella frase del evangelio de que “los últimos serían los primeros”. Vaticinio que nunca ocurrió para nuestra desgracia.

 Ser el primero se ha valorado mucho en la infancia: dar los primeros pasos, balbucir la primera palabra, hacer las primeras letras. También en la juventud: vivir el primer amor, dar el primer beso, hacerlo por primera vez … Y en la madurez ni les cuento. Siempre nos hemos sentido obligados a ser los primeros en cualquier disciplina. Por eso el mundo está lleno de frustrados, de gente que nunca dieron la talla, que nunca fueron los primeros en nada y tuvieron que conformarse con ser los segundos, los terceros o los últimos. Y así nos va.

 Uno, que tampoco fue el primero en filosofía, a veces filosofa sobre si los poderosos que nos desgobiernan son parte de ese ejército de frustrados dado que cuando toman el poder optan por ser los primeros en amargarnos la vida cada mañana.

 Ya nos avisó nuestro maestro de escuela cuando nos reíamos de los torpes: “no os riais ni menospreciéis a los últimos. Algún día serán vuestros jefes”.

Y lo dijo el bioquímico estadounidense James Watson “la principal fuerza que mueve el mundo es la estupidez”.

Author: Luis Torrecilla Hernández

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