Criarse desde cero

(20/05/2026) A los psicólogos, esos científicos del alma y médicos de nuestras patologías mentales, les debemos muchas cosas, entre otras el que hayamos empezado a llamar a las cosas por su nombre. Que ya era hora.

“Este hijo es “una cola de lagartija” que no para ni muerto” gritaba la madre desesperada ante la actitud del mozalbete, pero llegó el psicólogo y la tranquilizó con un diagnóstico certero: “su hijo es hiperactivo, señora, hay que tratarlo”. Lo mismo pasaba con los distraídos, con aquellos que eran incapaces de prestar atención en clase, “este chico siempre está en Babia, doctor, no se entera de nada”, se quejaba el papá; “tranquilo, señor, el muchacho tiene déficit de atención y hay que tratarlo”. “¡Pues mi nieto ya va para tres años y sigue teniendo “lengua de trapo”! y no hay quien le entienda, ¿qué podemos hacer?”. “No se preocupe, abuelo, su nieto padece de dislalia, hay que tratarlo”. Y así.

Con los nuevos tiempos, los problemas siguen llegando y la receta psicológica está a la orden del día, aunque ahora los términos vienen en inglés añadiendo un plus de misterio al asunto. “doctor tengo un trauma desde pequeñito, echo de menos a mi mamá que siempre estuvo ausente en mi infancia” suplica el hombretón de cuarenta años, “no se preocupe caballero, usted padece un trauma ligado a la ausencia materna que hay que tratar mediante la técnica del reparenting”.

El traumado acude raudo al diccionario de dudas y logra saber que el reparenting es un proceso terapéutico para sanar traumas originados en la infancia. Y que él tiene un trauma de caballo. Y que las heridas emocionales causadas en la infancia por padres que física o emocionalmente no pusieron límites, que no ejercieron como tales, sino como amiguetes o que simplemente no actuaron, como es su caso, deben “re-maternarse” o “re-parentarse” para reparar esa niñez traumada y sus secuelas.

Porque muchos ataques de pánico, miedos, fobias, alteraciones del sueño, pesadillas y problemas de alimentación tienen su origen en ese pasado que está siempre tan presente y hay que enfrentarse a ellos con toda la artillería.

Los hay que para “re-parentalizarse” no acuden al psicólogo y actúan por libre. Lo hacen hablando con el niño interior que llevan dentro, felicitándose por cualquier logro, escuchando sus necesidades y convirtiéndose por momentos en el padre o la madre que le falló en la infancia. Pero lo de ir por libre no es la solución. No siempre. A veces las heridas son demasiado profundas, dicen los psiquiatras, y exigen un tratamiento terapéutico con deberes para llevar a casa: libros para colorear (para adultos), bares temáticos, salas de escape, tumbadas en el parque contemplando las nubes o en el suelo de la habitación mirando el techo. Dándose amor, validación y cuidados. Eso dicen.

En cualquier caso, lo que está claro es que hay que tomarse muy en serio y revisar la propia crianza. Los tiempos del parvulario son claves para detectar los traumas propios y volver a “criarse desde cero”.

Si usted, querido lector, ve al vecino hablando consigo mismo y no lleva auriculares, respete su intimidad y no le interrumpa, posiblemente esté hablando consigo mismo aquello que su padre debió explicarle en su momento, pero nunca lo hizo porque estuvo ausente.

El hablar consigo mismo, el soliloquio, siempre se practicó y no solo lo hicieron los locos. Los poetas también lo practicaron. Antonio Machado, por ejemplo, se retrató (lean su poema Retrato) conversando con el hombre que iba siempre con él, porque, según decía, “quien habla a solas espera hablar con Dios un día”.

Ahora que sabemos lo del reparenting habrá que poner a prueba aquello de que “la caridad bien entendida empieza por uno mismo” y afirmar sin complejos que la verdadera conversación, también. Eso o acudir al psicólogo que no da abasto a tanto trauma como padece esta sociedad enferma. Acudir a él y declararle nuestros síndromes. El síndrome de los padres ausentes (que exige la técnica del reparenting) es uno más a añadir a nuestro carrito de la compra junto al síndrome de Ahab, el síndrome de Poliana, el síndrome de Maripili, el síndrome de Procusto, el síndrome de Peter Pan, el síndrome de Diógenes o el síndrome de Estocolmo, por citar solo algunos. Y hay que tratarlos

No sé si los psicólogos han añadido ya el síndrome de la ambulancia (pinchen en el enlace) del que les hablé hace diez años, porque si lo tienen, también hay que tratarlo.

En esta sociedad enferma hay que adherirse a la causa, convertirse en víctima, acreditar el síndrome correspondiente y, tras hablar con el hombre que siempre va con uno, acudir al psicólogo.

Author: Luis Torrecilla Hernández

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