(10/05/2026) Hay que volver a dibujar los mapas. Y hacerlo con la precisión debida. Ahora, cuando ya conocemos la cara oculta de la luna y alguien ha puesto la vista en Marte, es hora de conocer el verdadero tamaño de la Tierra, De los mapas. De África, por ejemplo.
La Unión Africana harta como está de que se mantenga reducido el tamaño de su continente desde los tiempos de Mercator -aquel flamenco que lo dibujó en los mapas hace quinientos años- ha encargado a la Asamblea General de las Naciones Unidas una nueva representación, pero con un tamaño más ajustado a la realidad. Porque el tamaño importa y hay que cambiar ese sesgo heredado de la historia: mapamundis que representan a Francia tan grande como la India (siendo esta nueve veces mayor) o a Groenlandia tan vasta como África, cuando esta es catorce veces más grande que aquella. Casi nada.
Y es que Gerardus Mercator, el geógrafo y cartógrafo que desarrolló un mapa para uso de los marineros, agrandó las regiones cercanas a los polos y subestimó las superficies más alejadas. Como África. Y ese mapa ha corrido de escuela en escuela, de despacho en despacho, hasta hoy.
Los africanos, hartos de ser pobres y de que su mapa esté tan reducido como su cartera, han lanzado un ¡basta ya! que ha llegado hasta los estrados de la ONU. Exigen que se vaya a un nuevo mapamundi. A una nueva representación terráquea “que se base en la lógica de la justicia cognitiva y en el rigor científico, y no en el deseo de definir una jerarquía entre las regiones del mundo”, dicen, Porque echar las culpas a Mercator que hizo lo que pudo en unos tiempos tan escasos de aparatos de medida (por no inventarse no se había inventado ni el metro) no es una forma de hacer justicia. Habrá que culpar a quienes siglos después han seguido manteniendo el tamaño de los mapas según su conveniencia.
A las reivindicaciones sobre la esclavitud y la trata atlántica -más de doce millones de africanos fueron forzados a cruzar el océano- se suma ahora otra más básica y no menos importante: la geográfica. “¡La geografía debe descolonizarse!”, gritan desde Túnez hasta Sudáfrica.
Occidente está asustado. No tanto porque sus proporciones mengüen mientras crecen las de los demás, sino porque tras la descolonización geográfica habrá que rendir cuentas de otras descolonizaciones que esperan en la cola: museísticas, religiosas, lingüísticas …
Los mapas tampoco son inocentes. Llevan dentro un pecado original que se remonta a los tiempos de los griegos a los que se les atribuye el invento de los mapamundis. Y así hasta el Renacimiento. Que África fuera tres veces más grande que Europa no les interesaba a los cartógrafos de entonces y menos a aquellos que pretendían colonizarla. Porque la percepción de un territorio es importante y no da lo mismo que te vean agrandado y rico que pobre y disminuido.
Hoy ya lo sabemos: África es tan inmensa que en su interior cabrían Estados Unidos, China, India, Japón y gran parte de Europa y no quiere que los políticos la ignoren y sigan considerando su historia como una nota a pie de página. Hay que llevar esa inmensidad a los mapas, aunque haya que agrandar las vitrinas de las escuelas.
Cambiar las dimensiones en el mapa no borrará las desigualdades, pero ayudará a hacer un mundo más justo, dicen. Porque lo que África lleva en su interior no es un problema de tamaño (aunque también) sino un problema de percepción. Sí de percepción. De ese proceso ocular mediante el cual el cerebro selecciona, organiza e interpreta las sensaciones como le viene en gana y que es el principal causante de que al pobre lo veamos pequeño y reducido.
Quienes ya tenemos una edad provecta (o sea quienes somos viejos) tenemos una imagen clavada en la retina de cuando nuestros tiempos de escuela: la mesa del maestro en la tarima con dos objetos destacando sobre ella: el globo terráqueo y una hucha de cerámica que representaba a un hombre chino. Aquellos objetos nos llevaron a dos percepciones que nos acompañaron de por vida: un continente, África, reducida y salvaje, y unos hombres, los chinos, pobres y necesitados (más que nosotros, que ya era decir).
Ahora, cuando China se ha convertido en el nuevo Epulón que reparte su riqueza entre los Lázaros de occidente -también entre aquellos que pedíamos en la escuela para los “chinitos”- es hora de que cambiemos los prejuicios sobre el continente negro (así lo llamábamos, imaginándolo salvaje y oscuro además de pequeño) y le devolvamos el tamaño y la dignidad que le robaron los siglos.
Porque como dice el viejo adagio: “tanto (tamaño) tienes, tanto vales”.

