De copas con Beethoven

(10/06/2026) Si es usted viticultor y el vino le sale picado, o es horticultor y los tomates le crecen con moho, es porque algo está haciendo mal y ese “algo” es que usted no alimenta a sus plantas con la música adecuada.

-Ponga la Sinfonía Pastoral de Beethoven, justo después del embotellado y luego proceda a la cata- aconseja el enólogo experimentado al confundido vinatero que no sabe cómo mejorar sus caldos.

Y dicho y hecho. Está comprobado que la música además de amansar a las fieras estimula las vides y que la fermentación de las levaduras no es lo mismo con Beethoven que sin Beethoven.

Este maridaje entre el vino y la música ha sido bautizado con un nombre poco afortunado: “oenostesia”, término que proviene de las raíces griegas oînos (vino) y aísthēsis (sensación o percepción), pero que parece creado para que se confunda con anestesia. Y no es lo mismo.

Los campos de Francia están sembrados de altavoces alimentados por paneles solares que transmiten en trescientos sesenta grados a la redonda una sucesión de notas que alegran el oído de las plantas.

“He observado una enorme diferencia en la mortalidad de las cepas afectadas por la yesca”, asegura Cyril de Benoist que lleva una década regalando música a sus viñedos. El francés sabe muy bien que las vibraciones favorecen la salud de sus vides, ayudan a la fermentación, afectan a las levaduras y mejoran la complejidad aromática del vino.

Hay que ser profesionales. Dar besitos y abrazos a las cepas, como algunos hacen con las secuoyas, ya no sirve, es incómodo y lleva demasiado tiempo. Y la música vale tanto para un roto como para un descosido. Lo dice el refrán “donde música hubiere cosa mala no existiere”.

Detrás de muchas de las cosechas del siglo está la música, algo que ya intuíamos cuando nos llegó la física cuántica, esa asignatura de la que muchos hablan y pocos entienden.

La comunidad científica mantiene muchas reservas sobre estos tratamientos musicales, pero los viticultores están muy crecidos con el invento y alguno, capaz de “afeitar un huevo”, propone que cada variedad de uva se asocie con un instrumento. Algo así como un menú musical a la carta: para la garnacha, el violonchelo, para la syrah, la viola, para el tempranillo, el piano, porque el vino, aseguran, también escucha y hay que regalarle el oído con sabrosos sonidos.

El único problema, de haberlo, es que a la música campestre habrá que acompañarla con salvas de cuando en cuando. No porque a las plantas les gusten los fuegos artificiales, que a saber, sino para espantar a los pájaros que también querrán disfrutar del festival con bebida y tapa incluidas. Los pájaros saben desde los tiempos de los griegos que no hay mejor orgía que aquella que cuenta, como protagonistas, con Baco (dios del vino) y Euterpe (musa de la música).

La fiesta empezó hace años en Francia y ya hay viticultores en medio mundo haciendo cola para hacerse con la mejor versión de La Pastoral, porque no es lo mismo la versión de Karl Böhm con la Filarmónica de Viena que otras que se han hecho para castigar los oídos. Y las vides lo saben.

Ingenieros cuánticos están investigando las respuestas de satisfacción que deberían dar los sarmientos que son al fin y al cabo los interesados. Un leve movimiento que esconda el amago de un aplauso en las hojas, por ejemplo. No sea que el gusto de los viticultores metidos a melómanos no sea el más adecuado y sus propuestas musicales les chirríen a las cepas. Porque la música que “nos hace mágicos” según cantaba Juan Pardo puede acabar en tragedia y estropear la vendimia. Las plantas necesitan de la música seria y exigirán a más de uno a pasarse por el conservatorio antes de hacer experimentos en campo abierto.

“Si usted supiera algo de música sabría que un piano suena mejor cuando se ha tocado” le susurra Eleanor Parker a Charlton Heston en Cuando ruge la marabunta, y siguiendo el razonamiento de Eleanor hay que reconocer que un vino sabe mejor cuando ha crecido con la música adecuada, venga esta de un piano o de un violonchelo, de Beethoven o de Ennio Morricone.

Solo me queda decirles a quienes aún duden de la oenostesia (con perdón) y de su solidez científica que acudan a Lucía Vázquez Bilbao que ha obtenido grado en enología en la Universidad de Valladolid con el trabajo “Investigación experimental del efecto de sonidos audibles en el comportamiento de saccharomyces cerevisiae” para comprobar cómo las levaduras aumentan su actividad ante determinados sonidos. O que visiten a la enóloga y música Julia Casado que compone en Murcia piezas específicas para sus vinos “desde el campo hasta la etiqueta”. Y luego hablamos.

Author: Luis Torrecilla Hernández

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