(20/07/2026) A veces el mejor invento es el más sencillo y todos sabemos que no hay tecnología ni hilo de seda que supere al palillo de dientes a la hora de hurgarse las muelas, ni nada más eficaz que la cremallera cuando se trata de unir dos telas en matrimonio.
Algo de esto deben haber pensado los franceses -ante una ola de calor que ha dejado muchos muertos- cuando han optado por la tecnología más sencilla para enfrentarse a la canícula que nos azota: pintar las ventanas con tiza.
Nada de aire acondicionado que reseque la garganta, tampoco ventiladores ruidosos que impidan el sueño, menos salir a la calle buscando la fresca, la solución está en la tiza, en ese elemento que acompañó nuestra infancia antes de que llegaran las pizarras digitales. Aquella tiza que nos inmunizó contra la ignorancia y la burrez, salvando las honrosas excepciones, puede ahora librarnos de la sofoquina si la usamos convenientemente.
La tiza triturada, también conocida como blanco de Meudon, resulta ser el mejor remedio contra el ardor y mezclada con agua deja pasar la luz y refleja el calor.
Los pueblos blancos de Cádiz lo saben desde los tiempos de los fenicios, pero los gabachos no se enteraron al no llegar tan lejos cuando “la francesada”. Bailén y un tal Castaños se lo impidieron. La pintura blanca de esos pueblos del sur refleja hasta el 98% de la luz solar, reduce la temperatura diurna hasta 7, 6º C. y es la solución cuando “el calor lanza su aliento irritante como jugo de ortiga” según nos avisó Carmen Laforet en su obra Nada.
El encalado, nombre que recibe esta tecnología punta made in Spain, bien se merecería ese Premio Nobel que siempre nos resultó tan escurridizo y que tanta falta nos hace.
Hay que volver a la “tiza”, a esa hermosa palabra que procede del náhuatl, idioma que contó con la segunda gramática (1531) tras el castellano (1492) (antes que el francés, el inglés y el alemán) gracias a los frailes españoles (Fray Andrés de Olmos y su Arte de la lengua mexicana) que se encargaron de aprenderlo y difundirlo.
Antes de que nos llegara la “tiza” del náhuatl, en castellano la llamábamos “clarión”, término que nos llegó desde el francés (crayón = lápiz), que dio nombre al rey Clarión -famoso personaje en los Doce Pares de Francia– y que permanece entre nosotros gracias a las famosas pinturas “crayola”.
Pero estábamos hablando de la tiza y de sus ventajas ahora que se nos presenta un futuro nada prometedor de 50 grados a la sombra. De la tiza y de su blanco inmaculado y poético que hizo exclamar al chileno Vicente Huidobro “¡todo se vuelve signo y tiza en los dedos del viento!” o al peruano José María Eguren “la niña escribe/ con tiza blanca/ en la pizarra/ de la noche”, pero que ahora se hace remedio casero contra el calor en Francia cuando se mezcla con agua y se aplica sobre el vidrio en un ingenioso método de enfriamiento conocido como “refrigeración radiactiva”.
Llegados a este punto hay que destacar que no solo se cubrirán de tiza las paredes y los techos. Nuestras vestiduras, esos muros flexibles que aíslan nuestro cuerpo de la inclemencia y de la impudicia, también se recubrirán con blanco de tiza para reflejar la luz ultravioleta y mantenernos tan frescos como un botijo.
Pero hay más. Otro remedio casero que está sirviendo como alternativa a la ola de calor cuando la tiza escasee es el yogur. Investigaciones en Reino Unido revelan que la temperatura interior de una casa cuyas ventanas se pinten con yogur es 0,6 grados más baja y que se podría reducir la temperatura de las habitaciones hasta 3, 5º C en días calurosos.
El yogur, otro invento sencillo hecho por algún nómada de Asia Central o de Oriente Medio hace más de cuatro mil años, se presenta como la solución necesaria cuando la tiza se agote o llegue a alcanzar precios desorbitados.
Otra cosa será el olor resultante de este invento (las bacterias de la fermentación no huelen precisamente a colonia) que puede resultar no apto para narices exquisitas. A estos sufridores solo nos quedaría recomendarles una expresión coloquial muy utilizada en Chile y en Perú: “calma y tiza”. Expresión equivalente al “ajo y agua” que utilizamos por estos lares y que es una clara alusión a la paciencia y la tranquilidad exigibles en un profesor que, cuando más aumenta el barullo de la muchachada, mantiene la compostura limpiando la pizarra y tomando la tiza necesaria para seguir con las explicaciones cuando todo se calme.
Ante el calor sofocante, “calma y tiza”. No nos queda otra.
