(30/08/2026) Presentar un libro en los tiempos que corren se está convirtiendo en un acto heroico. El interés del público lector está en decadencia, a pesar de lo que cuentan los más optimistas, y llenar un salón “hablando de tu libro”, resulta muchas veces una misión imposible
Pero hay ocasiones en las que las excepciones que confirman la regla aparecen para desmentir las expectativas más pesimistas. Gracias sean dadas a los cielos.
Luis Miguel de Dios, periodista y escritor nacido en Guarrate, llenó el salón del ayuntamiento de Cañizal en la presentación de su libro El cielo nos pilla muy lejos y los peores augurios abandonaron el ruedo.
El libro, un tributo sincero a la sabiduría de los hombres y mujeres de nuestros pueblos y a los que el periodista denomina “catedráticos de la vida en el campo” se agotó tras la presentación y habrá que buscarlo en otras librerías.
Desde el año 2004 la Asociación Cultural Pro-Cañizal, ofrece a sus vecinos una Semana Cultural con actividades de todo tipo que incluyen presentaciones de libros, excursiones, conferencias, actividades para niños… Como ven un auténtico milagro en el panorama cultural de nuestro tiempo.
El 30 de julio de un ya lejano 2007 escribí en este mismo cuaderno (que algunos llaman blog) un artículo que titulé La Semana Cultural: un hontanar en el secano. Ahí les dejo el enlace (solo tienen que clicar) por si quieren echar una ojeada a lo que señalé entonces y que aún suscribo: las semanas culturales son un oasis de esperanza en el yermo cultural de nuestros pueblos tan olvidados por unos y por otros. Son un grano de arena de diversión y cultura para que la feroz despoblación, el inevitable envejecimiento y la desatención de los políticos, sean más llevaderos.
Dos años después (en el 2009) volví sobre el asunto con el artículo Cultura y mundo rural destacando la enorme labor que desarrollan los promotores de estas semanas culturales que tienen que luchar contra viento y madera cual Quijotes en pelea contra los molinos de viento de la incomprensión y la desidia.
Un pueblo sin cultura es carne de cañón para todo tipo de abusos. Es bueno saberlo y es mejor aún luchar contra ello. Porque quejarse está bien y hay que hacerlo, pero quedarse en la mera protesta sin hacer nada para arreglar el estropicio es como querer sembrar sin arrojar semillas.
Son pueblos castigados por planes de industrialización que se llevaron a cabo lejos del campo y que obligaron a familias enteras a cerrar sus casas y a buscarse la vida en otros lugares, en una emigración que es endémica desde la segunda mitad el siglo XIX. Oír a un argentino, Javier Martín Casuccio, hablando de su abuelo Florián que con 14 años (han leído bien, con 14 años) emigró desde Cañizal a la Argentina en el año 1906, se convirtió en un acto instructivo y emotivo como pocos.
Pero sí, a principios del siglo XX muchos vecinos de estos pueblos emigraron a Argentina y a otros lugares de Hispanoamérica (ocurría desde el siglo anterior) huyendo del hambre o de las guerras (primero la de Cuba, después la de África). Y muchos lo hicieron con 14, 15, 16 años.
Luego vinieron los planes de desarrollo de los años 60 y con ellos la emigración a Madrid, a Cataluña, al País Vasco, porque el desarrollo crecía en otras zonas y aquí ni estaba ni se le esperaba. Y en los 70 y 80 nos sacudió la emigración a Alemania, Suiza, Bélgica, … un “¡vente a Alemania, Pepe!” que desangró aún más nuestros pueblos.
Ahora, en el agosto, retornan los nietos de aquellos que se fueron, como Javier Martín que nos confiesa: “siempre quise volver y hacer algo por Cañizal, soy un agradecido de todo lo que he recibido de mis padres y de mis abuelos, de todos esos valores culturales, sociales y humanos que ellos aprendieron en su pueblo y me legaron. Quiero devolver al pueblo un poco de lo que soy”.
Y se emociona y nos emociona Javier. Y más cuando repite el grito de su abuelo cuando se enteró de que a España, allá por los años 40, le faltaba el pan. “¡España no va a pasar hambre!”. Y nos llegó el trigo de Florian Martín Martín, y de tantos otros que no podían permitir que el hambre que los suyos habían sufrido volviera una vez más a sus pueblos.
Gracias Luis Miguel por tu ardiente defensa de los más débiles, gracias, Javier, por recordarnos de donde venimos y la importancia de no olvidar nuestro pasado. Porque el pasado es una dimensión del presente que contiene un futuro con el que aún no contamos.
Gracias a la Asociación Cultural Pro-Cañizal por seguir alimentando nuestros sueños y nuestras ganas de saber, por ser una fuente de frescura cuando llega el calor. Un hontanar en el secano.

