(20/06/2026) Aquel sabio consejo de “serlo, pero no parecerlo” que sirvió de guía a los ricos del mundo hasta hace cuatro días para evitar escándalos, lleva tiempo cuestionado. Al fin y al cabo, era algo que estaba en contra de la vieja máxima sobre la moralidad, aquella que defendía que “la mujer del César no solo debía serlo (honrada), sino también parecerlo”.
Hoy los ricos, envalentonados, muestran al mundo sus poderes de la manera más contundente posible. Si lo son, tienen que parecerlo y punto.
Hartos de pasar desapercibidos y que no se les otorguen las reverencias debidas, han optado por hacerse notar y confesar sin tapujos que con su dinero hacen lo que les dé la gana y que, lejos de ocultarlo, hay que gritarlo bien alto ante quienes los miran desde las afueras.
Aquella parábola del camello, el rico y la aguja los trae al pairo y hartos de que el evangélico “reino de los cielos” se les haya puesto tan cuesta arriba, construyen su propio reino aquí en la Tierra, Lo sabemos porque el más rico de todos los ricos se ha comprado miles de hectáreas en Texas para construir su propia ciudad privada. Su reino. Con cientos de puertas por las que puedan entrar todos los potentados que demuestren disponer de posibles para ir a Marte.
En el campeonato mundial de fútbol, en esa gran ventana al mundo que son los mundiales, los multimillonarios de todos los continentes ya lo han anunciado: se dejarán ver pagando un millón de dólares mientras contemplan la final desde la grada más elevada, devorando caviar y degustando las botellas más exclusivas.
Las extravagancias de estos “epulones” ya no sorprenden a nadie, subidos como están en ese “y yo más” que han tejido como lema en su corbata y que les permite subir a lo más alto de los cielos o descender a lo más bajo de los infiernos. Cualquier cosa para que el mundo sepa de una vez que ellos y solo ellos partiendo de su esfuerzo (y ayudados por alguna herencia) han conseguido “llegar a las más altas cotas de la miseria”, en frase que se atribuye a Groucho Marx, aunque ellos se rían de Marx y de su frase.
Destruir coches deportivos de lujo en carreras ilegales, adquirir piezas históricas por sumas millonarias (a veces para destrozarlas), exhibir mascotas con los últimos modelos de teléfonos inteligentes o collares y bolsos de diseño, no están al alcance de cualquiera y los ricos lo saben.
De nada sirve que Borges dijera aquello de que “el lujo es vulgaridad” y que esa frase fuera el lema del rockero El Indio Solari que acaba de fallecer y al que han hecho unos funerales multitudinarios en Argentina. De nada. Subidos en su carro triunfal, en la cuadriga de la ostentación, han arrojado al pie de los caballos al esclavo impertinente que les recordaba ese memento mori (recuerdas que eres mortal) que les aguaba la fiesta cuando mejor se ponía el baile.
Los ultrarricos que según los últimos sondeos son el doble que hace veinte años -unos 26.420, ultrarrico arriba, ultrarrico abajo- ya no saben con qué excentricidad quedarse, aunque algunos como los chinos han optado por “beber vino de más de mil euros con pajita para no mancharse los dientes”.
Los multimillonarios no se interesan por Borges. Tampoco por Ludwig Wittgenstein. De hacerlo sabrían que este filósofo renunció a una herencia millonaria por considerar que la riqueza y el pensamiento eran incompatibles. Ellos no solo no renuncian a su herencia, sino que gritan con descaro su fortuna a los cuatro vientos. Saben que la admiración popular les otorga impunidad y les da licencia para permitirse la crueldad de mostrar tanta riqueza ante tanto pobre.
No leen ni a Borges ni a Wittgenstein. Tampoco a Balzac y su Papá Goriot, la magnífica novela que nos recuerda por boca de su protagonista que “el secreto de todas las grandes fortunas, cuando no hay nada evidente que las explique, siempre es algún crimen olvidado”. Prefieren la huida hacia adelante, la ostentación pura y dura y alejarse de los arrepentimientos sufridos por algunos ricos como el escritor León Tolstói o la austriaca Marlene Engelhorn de quienes les hablé hace dos años en el artículo El camello y la aguja (pueden pinchar para recordarlo). Estos arrepentidos son un mal ejemplo para los potentados, y los libros – salvo Cómo hacerse millonario pensando- no están en su punto de mira.
La ostentación, la jactancia, el lucimiento, la vanidad donde vuelcan todas sus energías llevan su tiempo. Tanto, que no les queda vida para echar una mirada hacia tanto resentido.
-¡Camarero! Pon un par de goldschlager más y que suban a la grada Messi y Cristiano Ronaldo para saludarme, ¡está en el contrato!

