(20/10/2026) “Me voy a clavar una pica en Flandes” decían nuestros abuelos antes de alistarse en los Viejos Tercios, pero hoy sus descendientes se van de turistas a las lejanas tierras del norte y lejos de clavar pica alguna vuelven con el manillar de una bicicleta clavado en la retina.
Los Países Bajos, que viven de la opulencia de sus canales y de las tasas de sus puertos, pueden morir de estrés ante tanto ciclista como galopa por sus calles a velocidades supersónicas, cuentan los supervivientes que llegan para contarlo.
Los Países Bajos no es país para viejos y los jubilados que los visitan deberían saberlo. Saber que para poder cruzar cualquier calle necesitarán tener la forma física de un veinteañero y la destreza visual y auditiva de un lince, y convencerse además de que tendrán que hacer un curso en movilidad ciudadana antes de visitar la casa de Ana Frank en Ámsterdam o la casa de la Paz en la Haya o las casas Cúbicas en Rotterdam.
Hay tantos ciclistas en las ciudades de Flandes, tantas bicicletas aparcadas en cualquier sitio, que el excedente se arroja a sus canales -entre 12.000 y 15.000 mil bicicletas son sacadas del agua cada año en Ámsterdam- según datos que pueden consultarse en Internet.
La Fretsersbond (Unión de ciclistas de los Países Bajos) ha conseguido que toda la ciudad sea un gigantesco carril bici, que tengan preferencia sobre automovilistas y peatones y que sus velocípedos no tengan por qué detenerse ante nada ni ante nadie.
Vivimos en una sociedad marcada por la velocidad que es una forma de desaparecer, y el “holandés errante” que lo sabe, sabe también que la bicicleta es una buena manera de desaparecer de uno mismo, pues como diría el escritor Milan Kundera “hay un vínculo entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido”.
Pero ¿de qué demonios huyen esos ricos del norte? ¿Qué olvido pretenden alcanzar cruzando las hermosas Grote Markten (Plazas del Mercado) de sus ciudades pedaleando como locos? ¿Y de qué rayos huyen tantos turistas que se mueven incansables para verlo todo sin ver nada, siempre temerosos de perderse algo que contar a sus paisanos cuando ya estén de vuelta?
Las milicias de la “Ronda nocturna” de Rembrandt que duermen su gloria en el Rijksmuseum de Ámsterdam, hace tiempo que no patrullan las calles de la ciudad para ordenar tanto barullo, tanto ajetreo. Y el fantasma de Johannes Vermeer se esconde tras la cámara oscura y la luz silenciosa en algún lugar de Delft, ajeno a turistas y ciclistas.
“Demasiadas bicicletas y mucho estrés por las calles” lanza un jubilado que acaba de aterrizar en el aeropuerto y que rápidamente recibe la confirmación de otros muchos.
“Pero allí los pueblos están llenos de gente y no como aquí, que somos cuatro gatos” arroja un disidente que reside en un pueblo de la España vaciada mientras recoge sus maletas.
Luego cada cual se dispersa en pequeños grupos comentando que allí hay más bicicletas que personas, que nadie lleva casco y que el número de víctimas mortales y lesionados alcanza cifras escandalosas.
Cuando la mayoría de los viajeros han desaparecido camino del autocar que les llevará a su destino me vuelvo a encontrar con el disidente: “en mi pueblo somos tan pocos que no nos molestan ni para mirar al cielo por lo que están surgiendo empresas de astroturismo” y luego remata “sí, allí hay exceso de turistas y de bicicletas, pero se ven muchos niños, y aquí donde tenemos espacio para linces, lobos y osos pardos, los niños son una especie en extinción desde hace tiempo y nadie lo grita”.
Y uno entonces entiende que el mundo está lleno de contrastes y que solo hay que asomarse al balcón de este planeta azul para comprobarlo. Asomarse, no más, como hacen los usuarios del Imserso o del Club de los sesenta. Como hace cualquier turista.
Quizá la solución estaría en poder ensartar estos dos mundos, en coser estos extremos irreconciliables para lograr algo con dimensiones más humanas, aunque para unirlo haya que utilizar el Totem de Jan Fabre, esa aguja de 23 metros situada en plena plaza Ladeuzeplein de Lovaina, también en Flandes, que ensarta a un escarabajo joya gigante contra el cielo.
Escarabajo que simboliza la supervivencia y la metamorfosis, pero también la memoria de la naturaleza. Esa memoria vinculada a la lentitud, como se dijo más arriba, y que pretende superar el olvido al que lleva la velocidad de nuestro tiempo que acota hasta la posibilidad de disfrutar.

