Corazón tan blanco

javier

(20/09/2022) Leer los libros de un escritor que acaba de morir es el mejor homenaje que se le puede hacer, dicen todos. Y es cierto. Pero cuando el escritor que ha muerto ha sido tu lectura favorita durante años, hasta el punto de haber leído muchos de sus libros, quizá los mejores, solo te queda la relectura.

 La relectura o el plagio. Así que con el permiso de Javier Marías me permito decir a mis lectores plagiando el inicio de su Corazón tan blanco que no he querido saber pero he sabido que uno de los escritores más señeros, cuando aún no había ganado el Nobel, y no hacía mucho que había publicado Tomás Nevinson -profunda reflexión sobre los límites de lo que se puede hacer- entró en un hospital y le buscaron el corazón con la punta de la pistola de la existencia.

 Decir algo nuevo sobre Javier Marías el escritor recientemente fallecido,  cuando tantas cosas se están diciendo, resulta difícil. Solo quiero resaltar -aunque es probable que ya se haya hecho- su capacidad estratosférica para analizar el alma humana. Para escrutar situaciones con el telescopio de la palabra. Para llegar a lo más hondo. Su enorme capacidad para ver los muchos grises que encierra la existencia y que algunos se empeñan en reducir al blanco y negro. Su habilidad para dibujar un mapa del comportamiento humano aun sabiendo que te perderás en él. Su inteligencia para, lejos de dar respuestas, dejar cuestiones flotando en la atmósfera de las incertidumbres.

 “Todo es incompleto, todo es inexacto, todo es parcial. No llegamos a conocer nunca nada a ciencia cierta ni siquiera nuestras propias vidas. Tampoco somos capaces de contar nunca nada de manera cabal, completa e irrefutable. Siempre puede ser refutado. De lo acaecido, insisto” -le oí decir en una entrevista.

“Es una enorme injusticia que Javier Marías haya muerto sin el Nobel” se queja el escritor Pérez Reverte, pero la mayor injusticia está en esa Parca que ha querido llevárselo tan pronto, apenas iniciado el merecido envejecimiento. Porque como dijo el padre del escritor, el filósofo Julián Marías, el envejecimiento no es solo deterioro sino recapitulación de la vida. Y las etapas de la vida no son excluyentes sino sucesivas.

 Ha muerto Javier Marías el autor obsesionado con el secreto, con el engaño, con la ausencia, con las consecuencias de cualquier acto. Pero sobre todo con el amor y con la muerte.

 Sí. Con la muerte. Lean el cuento Cuando fui mortal, -ahora Javier, podrás decir la frase con toda propiedad- y sabrán por qué Marías está descubriendo ahora la magnitud de todo lo que intuyó a medida que vivió, “cada vez más cuanto se es más adulto, no puedo decir más viejo porque no llegué a serlo”. Y sí. No llegaste a viejo Javier Marías. Te has ido joven como los héroes antiguos. Como los héroes de ese cine que tanto te gustaba.

 Hay muchas cosas por las que admirarte, querido “rey de redonda”, pero quizá la más notable sea ese obstinado rechazo a los premios. Tú que podías haber ganado todos los premios, esos que tantos escritores anhelamos, los rechazabas de inmediato; “no recibiré ningún premio institucional” repetiste hasta la saciedad. Y lo cumpliste.

  Por rechazar, rechazaste, en un primer momento, la entrada en la RAE por la sencilla razón de que aún vivía tu padre al que considerabas merecedor de un sillón en la Academia.

Como rechazaste el Premio Nacional de Narrativa esgrimiendo el mismo motivo “si mi padre no ha merecido un Premio Nacional, yo tampoco”.

 Dicen que has sido virtuoso en tu escritura, polémico en tus opiniones y desdeñoso con el poder. Pero pocos dicen que has sido un hombre de una pieza. Fiel a tus convicciones. Un carácter indómito. Un corazón bravo.

 Decía Mario Benedetti que todos los hombres somos héroes porque tenemos que pasar por la muerte, pero no estoy seguro de que tu escepticismo aprobase tal afirmación. Seguramente añadirías que la verdadera muerte es desertar de los principios y que el morir es una solución compasiva si se consideran las torturas que trae el vivir.

 Pero basta de elucubraciones. Te doy la palabra. Tus palabras de Cuando fui(ste) mortal, ahora que ya estás al otro lado:

“Yo no puedo hablar ahora de noches o días, todo está nivelado sin necesidad de esfuerzo ni de rutinas, en las que puedo decir que conocí sobre todo la tranquilidad y el contento: cuando fui mortal, hace ya tanto tiempo, allí donde todavía hay tiempo”.



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