(10/09/2026) “Algo tendrá el agua cuando la bendicen”, dice el saber popular y algo tendrá el agua del mar cuando tantos se pelean por ella y cuando hasta las monjas han iniciado una “guerra santa” por seguir con la playa que han gozado y gozan en la ciudad de Spotorno en la Liguria italiana.
La playa de las monjas, un tramo de cincuenta metros que desde 1946 hasta hace pocos días han administrado las monjas de la orden Suore di Carità di Santa Maria, ha sido designada para licitación pública. Lo ha dicho el alcalde: “la concesión será reclasificada como “playa equipada gratuita” y si las monjas quieren gestionarla tendrán que competir con una licitación pública.
“Con la “ley” hemos topado, amigo Sancho”, claman las monjas que al ser ellas mismas “iglesia” han tenido que adecuar el dicho antiguo a los nuevos tiempos.
“¡La playa es nuestra!”, asegura Sor Miranda, una hermana de ochenta años que no entiende por qué a estas alturas de su vida cualquiera puede adueñarse del “agua bendita” de la costa con la que han mantenido escuelas, campamentos de verano y otras obras caritativas.
“Sous les pavés, la plage!” (¡bajo los adoquines, la playa!), gritaban los manifestantes de mayo del 68 identificando la playa con la libertad, pero ese eslogan que Sor Miranda oiría a sus “veintipocos” años se ha puesto del revés en esta Europa nuestra, porque bajo los adoquines no están ni la playa ni la libertad, sino un negocio rentable que muchos quieren administrar.
Se acabó el alquiler de tumbonas y de sombrillas como si fuera una concesión privada y por muy caritativos que sean los fines. Las hermanas tendrán que ponerse en la cola del ayuntamiento y competir con otras empresas en una licitación pública.
De vivir Carlos Cano, el cantautor que cultivó la copla y nos cautivó con aquella Alacena de las monjas seguro que se pasaría por Spotorno y haría una canción “a la playa de las monjas”, a ese pedacito de mar que desde el 46 les ha dado “gloria bendita, pastelillos de toronja y dulce de leche frita”, y tan solo invirtiendo tres salves, un padrenuestro y la gracia de sus manos … más el alquiler de tumbonas, que todo hay que decirlo.
Ahora, cuando el disfrute de las franjas costeras está en el punto de mira de concesiones comerciales, hoteles y empresas privadas, a las monjas de Spotorno les están saliendo competidores hasta en la sopa, porque en Italia, donde hasta para contemplar la Fontana de Trevi hay que pagar, el buscar una “playa libre”, sin muros, puertas, vallas, ni setos que la acoten, se está convirtiendo en una misión imposible.
Italia lucha contra la ocupación ilegal de la costa donde tantas empresas hacen o pretenden hacer su agosto. No extraña que estén surgiendo activistas cuyo único propósito no es buscar la libertad bajo los adoquines de París, sino liberar las playas italianas. El estado, que desde principios del siglo XX alquiló parcelas rectangulares de arena a empresas que vendían café y licores o alquilaban tumbonas, les recuerda que la concesión expira en 2027. Y las monjas que estuvieron entre aquellos beneficiados tendrán que competir con otras empresas esgrimiendo el arma de las actividades sociales que desarrollan.
Lo de “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” habrá que adaptarlo si la caridad anda por medio, piensan las muy santas, pero los “baños de beneficencia” no están contemplados en la normativa vigente.
“¡A concursar, hermanas!” les apremia el alcalde que busca la transparencia y la imparcialidad entre sus ciudadanos y quiere aumentar el número de “playas libres” de un miserable 3,5% actual a un 40% que ya es otro cantar.
Y si pierden las religiosas y no logran la concesión -porque todo es posible en la viña (playa) del Señor- habrá que reinventarse reconvirtiendo el negocio y la caridad tradicionales en los llamados colivings monásticos: alquilar el espacio conventual a nómadas digitales, teletrabajadores mileuristas y demás adultos que no encuentran vivienda.
Está iniciativa que está cobrando mucha fuerza en España puede servir a las monjas de Spotorno si se quedan sin playa. Porque Dios aprieta, pero no ahoga y siempre fue partidario del ora et labora de los benedictinos.
Los alojamientos con espacios comunes complementarios (que los muy finos llaman colivings) son un modelo residencial que está ganando fuerza en los conventos. Ofrecen silencio, respeto, arte, historia y una alacena de las monjas para chuparse los dedos.

