(30/07/2026) Sucedió en los últimos sanfermines y la noticia corrió de inmediato por redes y redacciones: durante el encierro, M.H., varón de 86 años, procedente de Halesowen (Reino Unido) sufrió heridas en la mano derecha, la ceja y el codo izquierdos. Traumatismos todos ellos calificados de pronóstico reservado por los responsables sanitarios.
El miedo al envejecimiento que lleva a algunos a visitar los laboratorios de medio mundo para evitar lo inevitable, lleva a otros a la calle de la Estafeta, en Pamplona, para que un miura les obligue a correr. Una opción que como todo el mundo sabe tiene sus riesgos, pero hablar de riesgos cuando se tienen muchos años no deja de ser un chiste malo.
Entre una buena y una mala vejez la diferencia es más clara de lo que muchos creíamos: poder o no correr ante un astado para contárselo a los amigos que se quedaron echando la partida.
“Yo me digo, cuanto más viejo más libre, y cuanto más libre, más radical” palabras de José Saramago que hacen realidad aquellos que, con muchas primaveras cumplidas, corren en los encierros o suben al Everest.
Si según dicen los libros, entre los años 1600 y 1700 los mayores de 65 años eran venerados por sus retoños dada su sabiduría ancestral, luego, cuando llegó la revolución industrial y su necesidad de eficiencia y productividad, cambiaron las tornas como todos sabemos. Porque alrededor de 1880, año arriba, año abajo, alguien cambió los términos de “venerable anciano” por los de “viejo inútil” y así llevamos casi unos doscientos años.
La política del antienvejecimiento que se extiende por Oriente y Occidente obligando a todo quisque a ser joven y parecerlo, ha cambiado la percepción que teníamos de los abuelos.
Hay que reprogramar las células para que vuelvan a ser jóvenes, hay que revertir la decrepitud yendo a los laboratorios de Harvard. Y si uno no tiene dinero, como suele suceder, hay que ir a los encierros de San Fermín para correr ante los toros y luego contarlo.
No obstante, dicho lo dicho y dinero aparte, la opción menos temeraria, la que recomiendan los nietos, es la otra, la de meterse en una clínica y dejar que experimenten con tus arrugas y flacideces.
Allí, los alquimistas de la eterna juventud hacen su agosto logrando que la muerte, lejos de ser el último destino, termine siendo la última opción:
-¿Ha muerto?
-Sí
-¡Algo habrá hecho! -grita el jefe del laboratorio que está consiguiendo que todos los muertos se vayan al otro barrio con certificado de culpabilidad. Porque del “murió por causas naturales” hemos pasado al “murió por no cuidarse”, y cada muerto es culpable de su derrota.
La discriminación por la edad, el edadismo, lleva hoy bata de laboratorio, con hechiceros y gurús que luchan para combatir el cumplir años, cualidad de la que hasta hace poco presumían los viejos.
Eso de que la arruga es bella no se lo cree nadie y tener bolsas en los ojos, nalgas en derrumbe y una dentadura incompleta, pueden llevarte al ostracismo social. Y eso en el mejor de los casos.
“No hay mejor espejo que la carne sobre el hueso”, nos decían las abuelas que nos querían gorditos y rellenos las muy sabias, pero ahora sabemos que el envejecimiento consiste más en quitar que en poner, empezando por quitarse años y terminando por quitarse kilos y complejos. Vivir para gustar y que se mueran los feos (perdón, los viejos). Y que no quede ninguno, ninguno, ninguno de viejo
Salir a la calle ostentando dolor en la rodilla o en la espalda, problemas de tripa o de próstata y los consiguientes desajustes respiratorios que acompañan a los años, puede ser considerado como una provocación por tantos jóvenes que se lo trabajan a diario en la cinta ergométrica del gimnasio.
Por eso hay que correr en los encierros o, en el peor de los casos y si lo de correr ha dejado de ser una opción, convertirse en una estrella de TikTok para demostrar que no caben arrugas en la lengua ni flacideces en el carácter. Eso es lo que hace Lilliam Droniak, estrella de TikTok de tan solo 96 años que cuenta con más de quince millones de seguidores. Conocida en las redes como “Grandma Droniak” vive en una residencia de Connecticut desde donde recibe millones de visitas (virtuales).
Si eres viejo, pero lo de envejecer nunca aparcó en tu cabeza, puedes elegir entre las dos opciones que incluyen este artículo: correr en los sanfermines o hacerte yutubero para reventar las redes.
Ya lo dijo aquel filósofo que tanto sabía, don Eugenio D´Ors: “No se trata de ser joven o viejo, sino de convertirse en mineral o ángel”. No nos queda otra.

