Con vistas al corral

fomos

(10/04/2026) Pues no, No sabía que existía el Síndrome de Fortunata. A mis años y con estos pelos. Pero, en fin, con la edad uno se da cuenta de que la ignorancia se acumula más que el saber y que es mucho más lo que se desconoce que lo que se cree conocer.

 Los manuales de psicología dicen que el Síndrome de Fortunata es una motivación oculta en el ser humano que provoca que a alguien le atraigan personas casadas o en pareja. Una fascinación que hace que, ante la imposibilidad de iniciar relación alguna, permanezcan en el rol de amantes y tan contentos. El término procede de la novela Fortunata y Jacinta (1887) de Benito Pérez Galdós donde la protagonista -Fortunata- vive como amante, esperando ilusionada que él abandone a su esposa.

 En los tiempos del “poliamor” compartir es lo que se lleva y los nuevos “fortunatos” siguen la moda, cada vez más aceptada, de crear vínculos emocionales cuando sea y con quien sea, pero como lo de compartir la cama con alguien se hace muy cuesta arriba y lleva a compromisos y lealtades inasumibles, ya son muchos los que comparten almohada con sus mascotas que son más sumisas y no exigen nada.

 “Cada vez más personas comparten su cama con mascotas”, resalta la prensa, por lo que uno piensa que no habrá que lanzar piedras contra los “fortunatos”. Ellos, al fin y al cabo, también sueñan con compartir cama con animales, aunque sean de dos patas y ya tengan pareja.

 Escandalizarse a estas alturas no sirve de nada y menos cuando acabamos de enterarnos de que por primera vez hay evidencia científica que respalda la teoría de que somos parte de un gran diseño digital. Según Melvin M. Vopson, de la Universidad de Portsmonth, la segunda ley de la infodinámica parece ser una necesidad cronológica y de ser cierta evidenciaría lo dicho: que somos parte de un diseño digital hecho a base de “ceros” y de “unos” y que vivimos en una simulación de computadora.

 Computadora que explicaría por fin nuestro comportamiento. También el Síndrome de Fortunata al que hemos aludido, o al hecho de que proliferen cada vez más los “matrimonios lavanda”, esos matrimonios de conveniencia y sin componente erótico donde ambos se benefician del acuerdo alcanzado. Matrimonios que se dieron con mucha frecuencia en el antiguo régimen entre las clases altas de la sociedad y que al parecer han vuelto con la generación Z.

 A Byung-Chul Han, el filósofo que ha afirmado que ya no habitamos la Tierra y el Cielo, sino Google Earth y la Nube habrá que decirle que es cierto, y que esto nos pasa porque vivimos dentro de una computadora que alguien diseñó sin nuestro permiso y donde, para más “inri”, nos dio la nota más baja de la clase: ceros y unos. Dígitos que evidencian que somos seres con calificaciones muy deficientes, merecedores de un suspenso existencial y de todos los síndromes habidos y por haber.

 Son tantos los síndromes que nos acompañan, tantos los comportamientos extraños que se cuecen a diario, tan extravagantes los titulares que suelta la prensa cada mañana, que uno, que no es de piedra, acaba teniendo el Síndrome Fomo (fear of missing out), esa sensación sintomática de estarse perdiendo algo, esa ansiedad social causada por la necesidad de estar conectado y enterarse de todo lo que se cuece.

 “¡Lo que te has perdido por no haber ido a la plaza!.” nos regañaban los amigos cuando de muchachos y en un mundo reducido a cuatro calles, nos perdíamos algo por no ir al centro. Pero ahora el mundo se ha vuelto tan ancho que no da tiempo a enterarse de tanta novedad, de tanto cambio, de tanto titular como nos inunda cada mañana.

 Cómo perderse por ejemplo noticias como que los rompecabezas sean una nueva pasión entre los jóvenes “una forma agresiva de perder el tiempo”, o que una tortuga llamada Jonathan sea dueña de un récord Guiness por haber vivido 193 años, o que una señora organice una “fiesta de esperma” para que sus amigos la ayuden a elegir al donante.

 “Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras” y escandalizarse o sorprenderse, como dije, cada vez resulta más difícil viendo los tumbos que da el mundo.

 Solo nos queda hacer lo que hizo aquel hidalgo que cambió su despacho que daba a la calle y con hermosas vistas, por otro que daba al corral. Cuando le preguntaron por qué hacía aquello respondió que, tras hablar con la gente, leer los periódicos y ver y oír noticias necesitaba ver a sus gallinas “porque así veo que tienen algo en la cabeza”. Lo cuenta el Premio Cervantes, José Jiménez Lozano. Pues eso.



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