Ratas de dos patas

(20/09/2026) La crisis de la vivienda da para muchas tertulias en la tele, para muchas novelas sociales y para mucho tratado de sociología, pero lo que no sabíamos es que también da para que existan los hobosexuales, esas personas que no son los que ustedes piensan sino aquellas que se meten en relaciones con otras para tener un lugar donde vivir tal como les define el Urban Dictionary que intenta aportar luz sobre un fenómeno que ocurre desde los años setenta del pasado siglo.

El hobosexual (del inglés hobo (persona sin hogar) y el sufijo sexual) suele acercarse con aire lastimoso a sus víctimas en bares y discotecas para enamorarlas primero y explicarles después que no tiene donde caerse muerto por si la pareja pica y acongojada por tanta carencia le lleva al huerto que suele ser un piso ya amueblado.

Esta solución al problema de la vivienda, así por las bravas y pasando de todo compromiso emocional, está llevando a muchos propietarios (de piso) al psiquiatra.

-¡Decía que me quería, pero solo quería mi piso! – se queja el afectado/a que no sabe cómo expulsar al okupa que lo ha enamorado.

Aquello de “por el interés te quiero, Andrés” lo están llevando a la práctica los hobosexuales de todo el mundo que sueñan con lo imposible: acceder a una vivienda sin pasar por caja ni endeudarse de por vida con su banco.

Tras el engaño y el trauma emocional resultante los propietarios estafados acuden al psiquiatra, como les dije, y este les recomienda poner en práctica el ho´oponopono, palabreja que se refiere a un ritual ancestral hawaiano que busca la reconciliación, el perdón y la armonía, y que ayuda a liberar la energía negativa que anida en cualquier casa.

Pero decir al hobosexual que lo sientes, que le perdonas, que le quieres y que se vaya, tal como sugiere el ho´oponopono, es inútil. Entre amar al piso o amar a su propietario, el hobosexual lo tiene claro, prefiere amar los treinta y siete metros cuadrados y no se va del pisito ni aunque le ahorquen.

-Yo pensaba que estaba interesado por mí, pero solo buscaba el alojamiento y se ha convertido en un okupa- gimotea la víctima que no entiende que alguien tan educado y tan amoroso fuera un impostor que vive del cuento y no paga la luz ni el agua.

Abogados y notarios sugieren que antes de llevar a alguien a casa se haga una investigación exhaustiva de sus antecedentes y de sus posibles para evitar a estos buscavidas por muy encantadores que sean. Porque su táctica es impecable y muy eficaz: te llenan de amor y te bombardean con sus lágrimas hasta que te derrumban y les metes en tu casa.

Estos cazafortunas (caza-pisos) siempre estuvieron aquí, aunque parezca que los hayamos descubierto de repente. Se llamaban vividores, jetas, zánganos, mantenidos, gorrones, sanguijuelas, chulos, garrapatas y otras lindezas por el estilo. El diccionario, que siempre fue tan generoso en dar nombres a la inmundicia, cruzó también los mares y en la América hispana se alimentó con otros sinónimos: “cafiches” en Chile, “arrimados” o “gorreros” en Colombia, y “parásitos” en la mayoría de las naciones. Incluso lo hizo con frases hechas como: “pensión Soto: casa, comida y poto”, donde “poto” según el Diccionario Panhispánico de Dudas es un término chileno que procede del quechua y que significa en el lenguaje coloquial el “trasero” de una persona. Por si a alguien le quedaba la menor duda.

Estos parásitos emocionales dejan muchas víctimas cuando dan el “braguetazo” (otro término tan antiguo como el pecado) y muchas de ellas buscan terapias novedosas, además de las tradicionales, para salir del agujero: escribir novelas de autoayuda o hacer canciones sobre el asunto, por ejemplo.

Si hay una canción que se ha convertido en un himno universal contra el desamor, la traición, la infidelidad y lo comentando más arriba, esa es Rata de dos patas de la cantante Paquita la del Barrio.

Los sufridores de las tácticas rapiñeras de los hobosexuales tendrán que elegir entre dos extremos, repetir machaconamente el mantra: lo siento, perdóname, te amo y gracias, tal como indica el ho´oponopono o, si ven que sus palabras caen en saco roto, poner a todo volumen el Rata de dos patas de Paquita la del Barrio: “¡maldita cucaracha/ que infectas donde paras/ que hieres y que matas/ alimaña, culebra ponzoñosa/ deshecho de la vida/, te odio y te desprecio!”.

Y esperar. Esperar a que la “rata de dos patas”, ese bicho rastrero que se desparrama en el sofá, apague el televisor, se levante, haga las maletas y abandone el piso en busca de otras víctimas.

Autor: Luis Torrecilla Hernández

Deja una respuesta