La buena sombra

sombra

(10/08/2018) Ahora que el calor arrecia y agosto muestra su cara más sañuda, recuerdo la Guía de sombras, aquel manual que hizo Valerio de Sandoval, prefecto de liturgia en la catedral de Sevilla, para acudir desde su casa a la catedral aprovechando los espacios de sombra.

 Era, según nos narra magistralmente José Antonio Ramírez Lozano en su libro Las manzanas de Erasmo, todo un callejero de sombras  pues “a más de un pobre se le habían derretido los sesos por falta de cobijo o posada”.

Por eso, yo también,  en estos días de alerta por canícula, tengo mi propia guía de sombras, mi particular itinerario hacia el centro de la villa, disfrutando de la umbría cuando caen cuarenta grados y el asfalto recalentado parece sartén a punto de freír un huevo.

 Tras hacer un rápido estudio de las aceras, campo de operaciones de la batalla a librar, me dirijo hacia aquella que más transita el personal y que es, como es lógico, la que muestra su lado más amable, ocultando a un sol despiadado que achicharra cuanto toca al otro lado de las fachadas.

 Luego, en aquellos tramos en los que el caserío no protege (por inexistente o por falta de altura) me refugio bajo la generosa hospitalidad de los plátanos de sombra que inundan el paseo.

 En estos casos, pienso, la ciudad vuelve a mostrarse acogedora, como en la alta Edad Media cuando se convirtió en refugio salvador de quienes huían de las hordas que asolaban el campo.

 Y en ese “de oca a oca” que son los pensamientos, en ese toma y daca, me voy de la ciudad al campo y recuerdo las tierras de mi infancia salpicadas de árboles que aliviaban a los segadores cuando paraban un momento -solo un momento, ¡pobres!-, para echar un trago de agua o para afilar las hoces.

 Aquellos árboles que humanizaban el campo y aliviaban el agosto, desaparecieron, fueron barridos del mapa cuando al llegar la concentración parcelaria su bendita sombra se convirtió en un obstáculo para las modernas máquinas: tractores y cosechadoras gigantescas, hambrientos de campo abierto, que no entendían de descansos ni de sombras.

“Vete por la sombra” recuerdo haber oído a mi madre cuando me mandaba a los recados en días como estos.

“Veritas in umbra” (la verdad está en la sombra) decían los antiguos que de seguro habrían delegado su sabiduría en mi madre para que me aconsejara su protección: “Vete por la sombra”.

 Por eso no entendí nunca la expresión “tiene mala sombra” que se atribuye a las malas personas. Tampoco que haya una zarzuela que lleva el título de  La mala sombra, basada en un sainete de los hermanos Quintero al que puso música el maestro Serrano. ¡Cómo puede ser mala la sombra!

 Hay un lado oscuro en la sombra que hace que consideremos sombrío a aquello que es siniestro o proclive a ser malvado, aciago y funesto.

“Sol me, vos umbra regit” (el sol me rige, a vosotros la sombra) leí hace tiempo en un reloj de sol en el que como digo la sombra quedaba mal parada, lejos de aquella veritas in umbra que dije más arriba.

 Pienso esto, en la ambivalencia de la sombra, mientras camino bajo los soportales de la plaza, protegido bajo su sombra, esa sombra que las plazas castellanas ofrecían a mercaderes y compradores cuando trajinaban de sol a sol.

“Sobrevivo porque leo” dice Noah Gordon a sus noventa y tantos años al periodista de turno que le pregunta sobre el éxito de El médico, su obra más famosa. Sobrevivimos gracias a la lectura, sí, pero también gracias a la sombra, señor Gordon y si quiere comprobarlo deje la lujosa residencia de ancianos donde vive y venga a soportar esta ola de calor que nos ataca y dígame si puede sobrevivir a este calor africano sin la bendita sombra.

 De vuelta a casa, dejo aceras y plátanos de sombra y me refugio en la frescura del Campo Grande, ese jardín histórico que atesora la ciudad y que no pretende hacerles sombra (otra vez la palabra) a otros parques de la villa (Parque de las Moreras, Parque Ribera de Castilla, Parque de la Paz…) sabedor de su incomparable importancia.

 El Campo Grande me ofrece hospitalario una de sus sombras desde la que contemplo la Fuente de la Fama y la Pajarera. Y en la frescura olorosa del parque recuerdo a Calderón tan apto para meditar en este mundo de prisas: “¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción…”.

 La vida: una sombra… Una sombra en el Campo Grande…, con un libro. Para sobrevivir.



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