El viejo y la luz

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(20/01/2024) Como si tuviéramos poco con lo del machismo, el racismo, el clasismo y otros “ismos”, nos llega ahora el “edadismo”, esa discriminación debida a la edad que se está extendiendo como el cáncer por nuestra sociedad. Porque el “edadismo”, aunque se encubra como un estereotipo y un prejuicio relacionado con la edad (que suena muy psicológico) se materializa, seamos claros, en una agresividad hacia los viejos que puede desembocar en actitudes de odio.

 “Los expertos consideran que, si no se fortalece la solidaridad intergeneracional, habrá una lucha entre jóvenes y viejos por los recursos disponibles” se dice en la obra Moríos, montada por Anna María Ricart en el teatro madrileño de La Abadía y que trata sobre este asunto.

 Y es que el “edadismo” se ha convertido en la tercera forma de discriminación después del racismo y el machismo. Discriminación que se traduce en desempleo cuando llegas a cierta edad y en una infantilización ante los demás a medida que vas sumando años.

 “¿Por qué la médica se dirige a los hijos en vez de a mí, que soy el paciente?” “¿Por qué me habla en un tono infantil lleno de diminutivos – “¿a ver esos ojitos?” … “¿cómo va la caderita? … – se preguntan y con razón los viejos.

La tragedia de la vejez no es la progresiva pérdida de autonomía, que lo es, sino que se la nieguen las posibilidades que aún ofrece la vida.

 Por eso tantos jubilados que se hallan en la peligrosa edad de cuando te dicen que “tienes un aspecto extraordinariamente saludable” se han lanzado, tras la pandemia, a traspasar como locos todos los confines, todas las fronteras (de la vida y del mundo).

 Aquellos entrañables abuelos que desdentados, tullidos y medio ciegos se sentaban en plena calle a la sombra de los acontecimientos para ver pasar la vida, se han convertido en trotamundos incansables que, bendecidos por todas las prótesis -dentales, oculares, auditivas, óseas…-, se han puesto el mundo por montera sin que nada ni nadie se les ponga por delante. Aquellos benditos viejetes sentados a la sombra de la higuera, esperando al nieto, para depositar en él su sabiduría ancestral, se ha marchado a la escuela de idiomas para aprender la lengua de Shakespeare y correr, luego, al aeropuerto para calzarse el mundo.

 Los viejos son peligrosos, dicen: tienen todo el tiempo del mundo y además quieren gastarlo.

 Si el Papa y el señor Biden, han llegado a lo más alto, pese a su edad provecta, ¿por qué no van a llegar ellos al Everest? Si los Rolling Stones siguen componiendo maravillas como Hackney Diamonds ¿por qué ellos no van a ser realista y perseguir lo imposible como en el 68? Si Nuria Espert sigue incendiando los escenarios ¿por qué no pueden ellos quemar su vida en ese gran escenario que es el mundo?

 Y entonces, se van a un curso de escritura creativa para aprender a componer haikus y, ya puestos, recitarlos en un viaje a Japón. O se meten en su taller y hacen como Horst Bendix, un alemán de Leipzig que a sus 92 años ha patentado un aerogenerador eólico que produce tres veces más de electricidad que uno normal.

 Total, sus experiencias y su ocio ¿a quién sirven? Sus hijos, víctimas de otro “ismo”, el “adanismo” -como Adán, creen ser los primeros en el mundo que hacen cualquier actividad-, no admiten injerencias educativas, ni consejos de abuelo cebolleta: “mamá eso se hacía antes”, “papá, ahora se educa de otra manera” “al niño no se le reprende, se le lleva a otra habitación y se le explica por qué no se debe pegar a un papá”, “al niño no se le dice “no”, se le habla en positivo” …

 Aunque parezca un juego de palabras el “adanismo” imperante no se lleva bien con el “edadismo” y viceversa.

 Pero no nos dispersemos. Estábamos hablando del “edadismo”, esa tercera causa de discriminación que acuñó el gerontólogo Robert Butler en los años 60 cuando cantábamos aquello de “éramos tan jóvenes” y nos creíamos, como en el tango de Gardel, que veinte años no eran nada; hablábamos del “edadismo” que discrimina y agrede en aras de un mundo que busca la eterna juventud sin saber que se busca la utopía y que la juventud, como dijo alguien, es una enfermedad que se cura con los años.

 Porque si la edad es importante más importante es que cuando llegue la parca -que no entiende de años- nos pille con las botas puestas, bailando en el escenario de la vida o, como a ese alemán de Leipzig, patentando un aerogenerador para iluminar el mundo, por ejemplo.



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