Zapatero a tus…guitarras

óperas

(20/04/2020) ¡Quién lo iba a decir! Resulta que el confinamiento obligado por el coronavirus está sacando a la luz, cual perlas escondidas en nuestro trastero más íntimo, intereses y aficiones que desconocíamos, vocaciones frustradas, de las que ni siquiera sospechábamos su existencia. Porque si lo piensan bien, todos nos hemos planteado alguna vez aquello de “si volviera a empezar”, todos hemos dudado en algunos momentos sobre si hicimos lo correcto cuando decidimos ser comerciantes, profesores, policías, conductores, ganaderos…

 Durante estos días de encierro obligado son muchos los que están descubriendo capacidades que ignoraban hasta hace tan solo un mes: aptitudes para el maratón o la alta montaña que han descubierto caminando, pasillo arriba, pasillo abajo, en su casa,  o sus dotes para el dibujo artístico mientras copian el afilado perfil de su mascota, o sus habilidades para los pentagramas componiendo canciones de amor, con aquella guitarra que compraron cuando los Beatles, para luego colgarlas en internet o lanzarlas a la calle desierta mientras los demás aplauden.

 “Me voy a la ópera” le digo a mi mujer mientras abandono en el sofá Mujer de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes.

 Ante los ojos como platos que pone ella y su “¿cómo que vas a la ópera” le confieso que llevo días yendo a la ópera. Que yo también he descubierto una afición por el bel canto que desconocía antes de que llegara el “corona”.

 Una tarde asistí a La flauta Mágica de Mozart, otra al barbero de Sevilla de Gioachino Rossini, otra el Fidelio de Beethoven. Y así… Que cuarenta tardes dan para mucho. Y lo que queda.

 Hoy tocaba Wagner y puestos a elegir he optado por su Lohengrin en la Ópera Estatal de Viena.

Pero, ¿por qué te vas tan lejos? me preguntarán ustedes. La respuesta es sencilla: porque es el único lugar donde puedo escucharla con subtítulos en español. Porque oír una ópera sin entender el idioma en el que está escrita (normalmente italiano, francés o alemán) es como asistir al concierto de una caja de grillos.

 Enciendo el ordenador. Me acomodo en la butaca. Escribo “Lohengrin ópera subtítulos español” en el buscador y…¡milagro! Allí está, el teatro vienés y el gran Claudio Abbado iniciando la apertura. Luego se inicia la trama y, cuando el rey Enrique I acaba de llegar al Condado de Bravante a impartir justicia, la pantalla se divide en un damero con caras desconocidas que me atosigan hasta el mareo: “por favor, ¡quédate en casa!, ¡lávate las manos!, ¡cuidate!, ¡cuídate!”.

 Asustado, vuelvo a la ópera. Aparecen entonces el malvado conde de Telramund y la no menos malvada Ortrud y cuando se disponen a declarar al rey sus quejas, otro anuncio, esta vez de compresas, rompe la magia: “¿Estás guerrera?: tienes la regla; ¿lloras por nada?: tienes la regla; ¿te da por el chocolate?: tienes la regla…”. Y así hasta quince anuncios que los dioses de la mercadotecnia tenían reservados para mí tras las cortinas del teatro vienés. ¡Maldita sea!

 Decía Woody Allen que cuando oía la música de Wagner le daban ganas de invadir Polonia. Como a él, cuando oigo a Wagner machacado con tanto anuncio, me asaltan oscuros deseos de abandonar el piso e invadir el del vecino…

 Entre anuncio y anuncio aparece, por fin, el Caballero del Cisne encarnado en un joven y potente Plácido Domingo enamorando a la joven Elsa y retando a duelo al malvado conde de Telramund.

 Pero cuando va a iniciarse el duelo, termina el primer acto.  Y el vídeo.

 Busco, desesperado, el segundo y tercer acto con subtítulos en español. Inútil intento.

Cuando empiezo a dar por imposible seguir la aventura wagneriana, aparece otro vídeo con los actos 1º y 2º de la misma ópera (Abbado, Ópera Estatal de Viena, Plácido Domingo) traducidos a cuatro idiomas: francés, italiano, alemán e inglés. Menos da una piedra, me digo. Elijo el francés mientras me pregunto sobre las causas que hacen que nuestro idioma sea ninguneado.

 Tras la audición del segundo acto, el vídeo termina. Me falta el desenlace.

 Desde entonces estoy buscando en todas las páginas que encuentro un tercer acto en francés para saber cómo acaba todo.

 Hasta que ese momento llegue, para abrir boca, asisto al preludio del tercer acto (sólo música, pero ¡qué música!) y disfruto con la marcha nupcial en la boda entre el Caballero del Cisne y Elsa.

 Esa marcha que todos hemos cantado alguna vez en las bodas sin saber que estábamos poniendo letra a Richard Wagner: “¡ya se han “casao”!, “¡ya se han “casao”!, la, la, lalala, lalá, la, lalá.”



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