Y tú, ¿qué hacías?

joaquin

(20/9/2011) Pues resulta que ahora tienes que acordarte de lo que hacías el 11-S. Y también el 11-M, y cuando se inició la Guerra de Irak, y el 23-F, y cuando España fue campeona del mundo, y…
Es como si la memoria o el olvido de aquellos días fuera un test para poner a prueba el grado de preocupación social de cada cual. El nivel de indolencia o apatía sobre lo que ocurre en el mundo. Eso que alguien, en tono grandilocuente, llama el compromiso vital con la existencia.
Y pobre de ti, si no respondes a la pregunta de marras que, como cualquier pregunta, es todo, menos inocente: ¡Y tú!, ¿dónde estabas?, ¿qué hacías?
Y aún peor si te encoges de hombros y muestras además de ignorancia, desinterés o “pasotismo”. Algo así como “qué narices importa lo que hiciera yo aquel día”. Alguien podría señalarte con el dedo de la ira y decir a los demás: ¡mirad! ¡¡No sabe ni lo que hizo, ni donde estaba el 11-S!! El muy…
Por eso, que yo sepa, todo el mundo sabe donde se encontraba y lo que hacía en dicho día. Menos mal. Me refiero al 11-S, que acaba de cumplir 10 años de telediarios y tertulias. Hasta yo me acuerdo. Yo, que tengo muy mala memoria y me veo obligado a preguntar a mis allegados dónde estuve y qué hice en cualquier tiempo pasado que fue peor.
Además de recordar el currículm vitae de cada cual en tan aciaga fecha, el desgraciado evento te alecciona, de paso, sobre la insignificancia de las tarea y actividades que hacíamos entonces. Al fin y a la postre lo que hacíamos aquel día era lo que hacemos todos los días. O sea, nada.
El recuerdo de donde estuvimos el 11-S pone a prueba la parquedad de nuestras aspiraciones, el menudeo de nuestra existencia, la insignificancia de nuestras rutinas diarias y de nuestras vidas que van a la mar que es el morir. “Estaba viendo la televisión cuando impactó el segundo avión” -te dice uno como si estar viendo la tele fuese digno de figurar en el libro Guinness-; “estaba al volante de mi coche cruzando la avenida cuando el primer avión…” -te dice otro, como si conducir por ciudad fuera un objetivo vital, por fin cumplido-; “había quedado con mi novia cuando…” -te espeta un tercero como si el quedar con su novia, a estas alturas de la película y con lo que ha llovido, pudiera aún interesar a alguien-.
Como ven respuestas todas ellas anodinas, clara evidencia de la futilidad de nuestra vida, de la inutilidad de nuestros quehaceres, que no recordaríamos si no existiera un aldabonazo exterior, un puñetazo mediático que nos despertara de tanto sueño. La vida es sueño, que dijo Calderón.
Los hay, y este es mi caso, que para hacer soportable la rutina diaria de aquel día que es la de todos los días, prolonga el recuerdo hasta alcanzar cotas más elevadas y dignas de mención. Como si uno buscara el desmarque, como si quisiera despertar de la pesadilla y autoengañarse diciéndose aquello de ¡no puede ser que yo estuviera haciendo lo mismo que hago hoy y que haré mañana!
Y entonces buscamos algo distinto. Un remedio. Un subterfugio.
A mí, que me pilló la catástrofe en algo tan “espectacular” como el ir del trabajo a casa, cuando me preguntan dónde demonios estaba aquel aciago día respondo imperturbable:
-Con Joaquín Díaz en la Casona de Urueña…
Aunque mi encuentro con el “sabio de Urueña” fue por la tarde, cuando ya las Torres Gemelas habían sepultado a 2.977 víctimas de 89 países, me redimo con esa respuesta no del todo veraz.
Pero es que hablar de libros con quien tanto sabe, no me pasa todos los días.



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