Y, sin embargo, te quiero

biblos

(20/10/2015) Ah! La biblioteca.
Santuario del saber, refugio del lector, nido de buscadores de paz y sosiego. La biblioteca.
Acudes a ella huyendo de los ruidos y ajetreos del vivir y, en el silencio necesario que protegen sus muros, coges un libro de la balda e inicias la sacrosanta liturgia de la lectura.
No importa que, más veces de las que quisieras, los encargados de colocar los libros pasen con sus carros destartalados y ruidosos, -el presupuesto de cultura no da para mantenimientos de maquinaria antigua- y rompan tu sosiego más veces de lo permitido. No importa.
Tú, te entregas a esa lectura lenta y sabrosa en el lugar indicado, en ese rincón en el que reina una calma que sólo pueden superar los muertos en su tumba.
Sí, ya sé que las bibliotecas también son lugar de tertulia para jubilados que, sin saber dónde acudir, tras la visita médica, entran en el edificio para algo más que leer el periódico, y que, también, a veces, sus viejas cañerías atascadas por años de tabaco y alcohol, les hace producir ruidos húmedos y gruesos mientras se suenan o tosen con la brusquedad del trueno. Lo sé.
Tú, sin hacer caso a esa maquinaria humana que tanto se parece el desatascador de un lavabo herrumbroso, te hundes en la lectura de Juan Rulfo, concentrado en masticar cada una de las hermosas palabras de Pedro Páramo.
Puede ocurrir, nadie es perfecto, que una mamá con su tierno retoño, irrumpa en el lugar sacrosanto de la lectura y tengas que levantar la vista y abandonar la concentración que exige el mejicano porque la criatura, chillona y consentida, a punto de derribarte, utiliza la biblioteca como lugar de recreo ante una madre permisiva que busca la última obra de Reyes Monforte.
No pasa nada. Todo el mundo tiene derecho a entrar. Son gajes del oficio y no es de recibo meterse con una mamá lectora que no tiene dónde dejar a su terrorífica criatura.
Tú a lo tuyo, a Pedro Páramo y a su exquisito vocabulario. Monje en la Biblioteca Municipal. Ese lugar donde tantas veces has dicho a los amigos que, si te pierdes algún día, te busquen entre sus muros.
A veces, más de las necesarias, te será difícil encontrar asiento porque todo un tropel de jóvenes universitarios han hecho de ella lugar de estudio y, aunque te parezca que menos estudiar hacen de todo, no seas antiguo y admite que la Biblioteca Pública de la ciudad es de todos y que también los jóvenes tienen derecho a ocupar su recinto aunque lo abandonen de inmediato para irse a hablar con los amigos tras dejar los apuntes sobre la mesa indicándote que ese lugar está ocupado y que tienes que buscarte la vida.
Pero hoy has encontrado sitio -es tu día de suerte- y vuelves a hundirte en el Méjico eterno de Juan Rulfo, en su literatura profunda y sabia ajeno a la discusión que mantiene la encargada con un señor iracundo que culpabiliza a la funcionaria de que alguien haya arrancado las hojas de una revista.
Son pequeños gajes del oficio que hay que sufrir si quieres mantener el vicio que siempre te acompañó: la lectura.
Porque a no ser que seas un Borges que puede alimentarse en la biblioteca paterna -“yo que me figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca” decía el argentino-, tendrás que pagar el peaje de ciertas incomodidades, hermano.
Y no te preocupes si no consigues terminar con la primera página. Al fin y a la postre es un tema de concentración y la tuya es débil, por lo que veo.
De acuerdo que quienes se internan en las salas golpean la puerta, tanto al entrar como al salir, de acuerdo que sacuden con sus pies el entarimado como si de un bailarín de flamenco se tratara, cierto que hay encargados que hablan de mil asuntos entre ellos en un tono lo suficientemente elevado para que todos lo oigan, pero tienes que trabajar más la concentración, hermano.
“El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo; sonreías…”.
-¡¡¡BRUMMM!!!
Puede que tengas que abandonar a Pedro Páramo por algún ruido especial pero admite conmigo que estás en el sancta sanctorum de la cultura, santuario del saber, refugio del lector, nido de buscadores de paz y sosiego. La biblioteca.



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