Evolución y estupidez

estupidez

(20/9/2014) A estas alturas de la película y con la que está cayendo en Europa por no ir más lejos, estarán conmigo en que los hilos del drama de la historia lo manejan los estúpidos.
Contra lo que pensábamos los más ingenuos -que somos mayoría- el devenir de los acontecimientos, las grandes gestas, los hechos reseñables, no dependen de los grandes personajes, destacables por su bonhomía, en unos casos o por su maldad, en otros. No.
Desde los tiempos de la sabana africana, cuando descendimos del árbol, hasta el momento en que leen este artículo los hechos narrados en enciclopedias y grandes documentales han sido, por lo general, obra de los necios.
Por eso permítanme que corrija a Ian Morrison que en su reciente publicación “¿Por qué manda Occidente…por ahora?” dice que la historia la hace “la gente perezosa cobarde y codiciosa que busca maneras más fáciles rentables y seguras de hacer las cosas”. Sí, pero no.
Me reafirmo, señor Morrison, en lo dicho: la charca podre que es la historia la hacen los estúpidos que seguramente añaden a su necia condición la de perezosos, cobardes y codiciosos.
Hace tiempo defendí, en un artículo publicado en este cuaderno de bitácora, que los más cobardes del poblado, tras la refriega en el campo de batalla, fueron quienes volvieron a la tribu para legarnos sus genes. Esos cobardes y perezosos que se unieron con las viudas que dejaron los más valientes, se pusieron a gobernar aquel cotarro y degeneraron con el tiempo en los múltiples estúpidos que pueblan oriente y occidente.
Albert Einstein poseedor de la mente más clarividente de su tiempo no dudó en afirmar:
Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro”.
Como indica el Teorema de Morris, autor aludido más arriba, los grandes hombres están sobrevalorados y de los estúpidos casi nadie habla ignorando lo que dijo con firmeza y sin rubor el bioquímico estadounidense James Watson “la principal fuerza que mueve el mundo es la estupidez…enfermedad genética que debería curarse”.
Por eso, amable lector, no subestime usted a los estúpidos cada vez más numerosos en la selva humana y entienda que, como decía don Francisco de Quevedo y Villegas, “todos los que parecen estúpidos lo son y además también lo son la mitad de los que no lo parecen”. Constatación que nos impide tirar la primera piedra al vecino estúpido, por si acaso. Puede que pertenezcamos a su cofradía y no nos hayamos enterado.
Y cuando le vendan la película de que los grandes acontecimientos se explican por conspiraciones realizadas por hombres sagaces en su valentía o en su maldad, no se deje embaucar por cantos de sirena. Simplemente el nivel de estupidez de esos fulanos alcanzaba cotas equiparables a su soberbia porque la soberbia es, como dijo Ricardo Combariza, “una de las formas de expresión más refinadas que tiene la estupidez”.
Está comprobado. Cuando un pueblo, país, nación, comunidad o como quiera usted llamarlo funciona razonablemente, viene algún iluminado y esgrimiendo el arma de su arrogante estupidez hace que todo se vaya al garete. Por eso aniquilar la estupidez es algo que debería incluirse en el curriculum de la enseñanza primaria por concernirnos a todos, sobre todo si pensamos que la estupidez vuelve estúpidos a quienes se encuentran con ella. Lo dijo un tal Bertolt Brecht en “Historias del señor Keuner”.
Y como la mejor defensa es el ataque, según dijo algún estúpido, les emplazo a salir a la calle e ir a la caza del estúpido, algo tan sencillo como encontrar una paja en un pajar. Cuando agotado y derrotado vuelva a casa mírese en el espejo y pregúntese si usted también se halla entre tan abundante fauna.
Y por favor no se responda, porque “responder a lo obvio es alimentar la estupidez del que pregunta” que dijo un tal Carbayobski que no se sabe muy bien quien es pero al que muchos citamos para reafirmar nuestra estupidez.
Yo, por si acaso voy a coger el coche para ir al gimnasio a sudar en la cinta. Seguro que allí me encuentro con algún estúpido. Son legión.



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