Violencia invertida

 

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(20/7/2011) Da escalofríos sólo de pensarlo. Existen hijos tiranos, violentos e incluso torturadores y asesinos de sus progenitores. De ello trata el libro “Violencia invertida” de Domingo Barbolla, Esther Masa y Guadalupe Díaz que es, para el lector, como un golpe seco en la nuca, como el descabello de uno de los principios básicos con los que se han nutrido la evolución humana desde Atapuerca. Algo contra natura y tabú, como el incesto. El aumento de la agresividad en el ámbito familiar es un hecho constatado por organismos como la Fiscalía general del Estado o el Instituto de la Juventud. También por cualquiera de nosotros. Los medios de comunicación dejan constancia de ello con demasiada frecuencia. Triste.
Al parecer, algunos miembros de la generación ni-ni -esos jóvenes que ni trabajan, ni estudian, ni lo intentan- alimentados en el sofá familiar por la apatía, la frustración y la necesidad de “pasta”, se transforman en crueles y brutales tiranos que tras golpear la puerta de su habitación y romper todo el mobiliario que se les pone a mano, terminan agrediendo a quienes les han dado la vida.
Uno, que ha escrito un libro de cuando la niñez era salvajemente golpeada y maltratada tanto en la institución familiar como en la escolar -“Niñez y castigo. Historia del castigo escolar”- se hace cruces al pensar que se haya producido tamaña revolución en el siglo XX. Siglo en el que los niños caprichosos, groseros y maleducados han crecido como crecen, dicen,las malas hierbas.
Pero el comportamiento de estas “criaturas” no se gesta de la noche a la mañana. No. Desde la más tierna infancia, desde los años que los psicólogos llaman “la edad de la gracia”, esa etapa evolutiva en la que los angelotes enternecen con sus “monerías” a todo el vecindario, comienzan a marcar un territorio que, de no ponerles límites, terminan desbordando la prohibición más atávica de la especie: no matarás a quien te ha dado la vida, te ha criado y te ha amparado.
Según el estudio de los autores arriba indicados el caldo de cultivo de estos muchachos -y muchachas, pues no hay diferencias significativas en cuanto al sexo- no es como alguien podría pensar la falta de recursos económicos o las familias desestructuradas, sino el exceso de permisividad en la educación familiar.
A lo anterior añadiría, si los autores me lo permiten, otro factor: el no tomar las riendas disciplinarias y educativas que como a padres les competen, delegando en otros responsabilidades que les son propias.
Hace unos días tomé el urbano para desplazarme por la ciudad. Entre los escasos viajeros una madre con una niña de unos tres años. La criatura que, como es de suponer, no tardó nada en hacerse con las simpatías de todos los viajeros, se escapó de la mano materna y se puso de pie en uno de los asientos que quedaban libres. La madre temiendo que un frenazo terminara con la criatura por el suelo -o con la columna destrozada por la barra que había a sus espaldas- le suplicó varias veces que bajara. Como la pequeña, desafiante, no se daba por aludida, la madre señalando al conductor exclamó:
- Si no bajas, el conductor te regañará.
Ni que decir tiene que la niña no le hizo ningún caso, sino que con sus “monerías” siguió mirando a su madre y al resto con el gesto retador de quien dice aquí estoy yo, que soy el centro del mundo. La madre, impotente, volvió a la carga:
- Si no bajas, el médico te pinchará…
… … … … … … … …
Como les digo.
El ejemplo es tan elocuente, que no habría más que añadir. Ese “echar balones fuera” de algo que debería ser asumido por la familia -primera y fundamental instancia educadora que ha de marcar las reglas de convivencia en el hogar y fuera de él- es práctica cada vez más frecuente entre quienes deberían ser los educadores por antonomasia: los propios padres.
Las “niñas princesas” y los “niños emperadores”, que dicen los pedagogos, criados sin límites, normas o pautas de conducta, son un excelente caldo de cultivo para generar adolescentes violentos y maltratadotes de los propios padres.
Para terminar un dato que conlleva un especial dramatismo. Según los autores de “Violencia invertida”, los niños adoptados se hallan bastante por encima de los valores medios en actos violentos e inadaptados ante su familia adoptiva.
Impresiona pensar que algunos padres no biológicos, con valores altruistas y generosos como pocos, que tanto han luchado por adoptar un niño, reciban, como paga a sus desvelos, violencia y maltrato.



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