¡Vente “pa” Boston Pepe!

 

Goya

(3/2/2008) No es la primera vez que ocurre. Diría más, sucede tan a menudo que uno acaba sacando generalizaciones que le introducen en el peligroso camino de las conclusiones precipitadas o casi. Me arriesgo.
Lo habrán leído ustedes, Javier Bardem, un tipo que hace cine, que apenas destacó en España más allá de lo que la envidia nacional considera razonable; un tipejo que a más de uno le produce un desdén y antipatía naturales -los tipos achulados y arrogantes nunca gozaron del pláceme de la plebe -, alguien que no le cae bien a casi nadie en su propio país; pues este señor va, cruza el charco y llegando al  país de las oportunidades  donde se mide a las personas por lo que hacen y no por las apariencias ni la recomendación, pues se come el mundo en un par de meses. Así de sencillo.
Que no lo digo yo. Lean: “Bardem ya se ha hecho con tres reconocimientos en EE UU: el de los críticos de Nueva Cork, de Phoenix y de Boston”.
Quien aquí no “se jalaba una rosca” como vulgarmente se dice a pesar de contar con Concha de Plata, Copa Volpi y cuatro Goyas, -o precisamente por eso-, llega a Estados Unidos y se merienda de repente un Globo de Oro y el premio como Mejor Actor Secundario por su papel en la película de los hermanos Coen. Y dicen que el Oscar está al caer.
Acostumbrados como estamos a que los reconocimientos se den  después de muerto el protagonista -pues qué se habría creído-, donde el cine siempre careció de galanes importantes porque medir más de uno ochenta y ser guapo era y es un insulto para la parroquia más mediocre  -el cine está lleno de geniales bajitos ¿o no?- , un tipo como Bardem, con buena planta, mirada desafiante y la arrogancia que le dio el cielo -que hay cosas con las que se nace y que no se fomentan aunque alguno así lo piense- tenía que marcharse a otros pagos para que se le reconociese y valorase en su justa medida.
No es la primera vez que ocurre. Ni el cine es el único campo profesional donde sucede. Arquitectos, escritores, empresarios, profesores…cuentan en su brillante currículo y posterior éxito profesional con el paso obligado por el país del Tío Tom, donde alguien reconoció su valía profesional sin medirle con la vara verde de la envidia.
Los mejores se nos van, dice con voz llorona el ministro de turno ante tanta mediocridad investigadora. No señor, no, los mejores tienen que irse, deben irse para llegar a saber que verdaderamente lo son sin que ninguna zancadilla se cruce en su camino como tantas veces sucede.
Siempre me llamó la atención lo bien vistos que son en algunos ámbitos laborales los humildes y los sencillos en la acepción más evangélica de ambos términos. Lo malo y lo triste es que muchos confunden sencillez con estulticia y humildad con sinsustancia. Jefes ya mediocres de por sí, que se rodean de gente aún más mediocre y encubre su elección bajo el paraguas de la bondad y la sencillez del elegido. O con el eufemismo tan utilizado ahora de la inteligencia emocional. Como si la inteligencia necesitara de adjetivos.
Ya se lo dice, y bien clarito, la madre al hijo que se presenta a la entrevista laboral:
-Hijo, procura caerles bien.
Mensaje tan escueto como triste y que demuestra a las claras que lo de menos es que el muchacho se halle preparado adecuadamente y lo de más el “caerles bien” o sea no levantar la voz, mostrarse sumiso, inferior, como manda la ley de la manada humana.
Así no es raro encontrarse con empresas que rechazan currículos por ser excesivamente brillantes y hasta con universidades, tan endogámicas ellas, que devuelven los méritos de aquellos candidatos que aportan, a más de otros títulos, cinco doctorados y diez idiomas. Imposible competir con la hermana, la prima, o la señora del señor catedrático.
En este ambiente Javier Bardem no hubiera llegado al éxito que ya alcanzó, le den o no le den el Oscar. Le sobraba estatura, inteligencia y profesionalidad. Le faltaba mediocridad.
Así nos va.



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