Vejer

 

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(20/4/2009) Dicen que la buena esencia se guarda siempre en frasco pequeño. Eso dicen. Lo que pocos dicen es que los parajes más hermosos, los rincones más atractivos, las plazas más bellas suelen esconderse en poblaciones pequeñas y sin apenas resonancia mediática. Esos pueblos que nunca salen en los telediarios a no ser que hayan convocado una “caravana de mujeres” o que algún desalmado haya cometido un crimen de los que dejan aterradas a varias generaciones.
Uno de esos lugares con encanto y embrujo es Vejer, pueblo blanco andaluz tocado por la gracia de los siglos y que atesora un patrimonio histórico y artístico como para chuparse los dedos y dejar boquiabierto a quienes lo contemplan.
Codiciado por moros y cristianos -que lo bueno todo el mundo lo desea- Vejer de la Frontera tiene un riqueza paisajística y cultural que lo convierten en uno de los pueblos más hermosos de España a la altura -si me lo permiten- de La Alberca, Zafra, Ronda, Orbaneja del Castillo, Plasencia, Miranda del Castañar, Toro, Sepúlveda, Urueña, Candelario… y un largo, muy largo etcétera. Declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1976 y ganador del I Concurso de Embellecimiento de pueblos, sus habitantes no se duermen en los laureles de la complacencia narcisista ni esperan con los brazos cruzados que les lluevan turistas del cielo. No.
Un grupo de vecinos se ocupa de entretener a los visitantes con una parodia musical en el Castillo que hace las delicias de quienes les escuchan, sean éstos grandes o pequeños. Tras la chanza llevada a cabo por unos imitadores de “Mozart”  otro grupo de vecinos recrea una danza cortesana y palaciega -como pueden comprobar en la foto que encabeza este artículo- a la que invitan a sumarse a los muchos turistas que, fieles a su condición de mirones, les contemplan embobados.
No es nada del otro mundo. Incluso alguien podría argumentar que el espectáculo está lejos de tener calidad artística. Es posible. Pero tampoco se trata, ni ellos se lo han propuesto, de hacer un espectáculo digno de un Liceo. No.  Hacen lo que pueden y lo que saben. Lo hacen bien y divierten al personal. Nada más y nada menos. Todo un ejemplo de cómo hay que tratar al forastero que se acerca a cualquier lugar y que muchas veces sólo encuentra lugareños que le miran de soslayo – ¡otro maldito guiri!, parecen masticar- dispuestos, eso sí, a vaciar su cartera a la primera de turno para que luego se vaya con la música a otra parte y si te he visto no me acuerdo.
En Vejer no.
Por eso, si quieren ver a los pájaros volando por debajo de su cabeza -como dicen los vecinos en clara alusión a la altura de su blanco caserío-, si quiere contemplar alguna de las más hermosas vistas de la comarca gaditana y  conocer de propia mano la villa que tuvo por alcalde nada menos que a Guzmán “El Bueno” antes de su partida para defender la plaza de Tarifa -y recordar de paso lo que nos enseñaban en la escuela sobre lo ocurrido con su hijo en aquella plaza- vayan a Vejer. No se arrepentirán.



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