Valladolid y Francisco Umbral

Umbral pasea Valladolid

(30/9/2007) La reciente muerte de Francisco Umbral ha vuelto a poner sobre el tapete del mundo literario, además de cuestiones sobre bibliografía y estilo, sus andanzas de infancia, adolescencia y juventud por la ciudad de Valladolid, en una biografía que parece estar siempre por hacer y a lo que contribuyó, conscientemente, el mismo escritor, que oculta o “convierte en literatura” muchos de sus lugares o vivencias.
Algo que no debería extrañar, viniendo de un autor que llegaría a confesar haber convertido en literatura a la propia madre: “qué hacer cuando la propia madre se convierte en literatura” (página 14 de los Cuadernos de Luis Vives, Planeta”).
A pesar de este meditado ocultamiento de muchos de sus datos biográficos  – hay quien cuestiona su misma fecha de nacimiento en unas memorias no autorizadas por el escritor- , la ciudad del Pisuerga es una referencia constante en sus escritos y muchos de sus lugares aparecen a lo largo de las distintas memorias como muy bien sabemos los que nos movemos por Valladolid.
Memorias , así, en plural pues el escritor , a través de su dilatada obra, vuelve una y otra vez a los paisajes y personajes de sus años de infancia y mocedad, de un modo que llega a resultar casi obsesivo, antes de que decidiera dar el salto a la capital de la nación, a Madrid…
Uno de los aspectos que más llama la atención a poco que se haga un breve barrido biográfico por alguna de sus obras – Las Ninfas, Los Cuadernos de Luis Vives, el hijo de Greta Garbo, Memorias de un niño de derechas..- es la denominación misma de los distintos lugares que aparecen en ellas y que se muestran, en unos casos, con la nomenclatura que siempre tuvieron  – La Maruquesa, Fuente el Sol, Plaza de San Miguel- y, en otros, escondidos en una denominación distinta – El Frondor (por el Campo Grande); la ciudad plateresca, el galeón imperial (por Valladolid) etc,…- .
No es mi intención entrar en el debate de por qué este ocultamiento en unos casos y la clarificación conceptual en otros. Las palabras no son inocentes y menos cuando son utilizadas por un escritor de la talla de Francisco Umbral. Sus motivos tendría y no es la función de este artículo desentrañarlos.
En un libro de adolescencia como es el titulado “Los cuadernos de Luis Vives”, Umbral nunca menciona a Valladolid por su nombre, sin embargo en una sola página – la que hace el número 175 – menciona 22 veces a Madrid. Lo que, por supuesto, da que pensar.
Valladolid es la “ciudad de procesiones y de culpas”, en unas líneas, “ciudad levítica” en otras; “ciudad del plateresco” también; pero nunca es nombrada como Valladolid…; tampoco la provincia a la que bautiza como “provincia de tedio o plateresco”.
Un hombre que tanto paseó Valladolid  y que , según confesión propia, se “insertaba en la vagina enferma de la ciudad, que eran sus barrios judios, moros, cristianoviejos, prostibularios, enfermos y luminosos”, ¿cómo es que en sus obras nunca llama por su nombre a la ciudad?. A Valladolid.
Hay quien incluso llega a hablar de un “odio umbraliano” a Valladolid y hurga para justificarlo en la dura infancia del escritor hijo natural de la secretaria del ayuntamiento Ana Pérez Martínez a cuya muerte asiste con 18 años.
¿Serían esa “infancia cruel” y esa “adolescencia atroz” los motivos de dicho desamor? Se ha preguntado más de un biógrafo.
Otros, sin embargo, cuestionan que hubiera algún tipo de desafecto entre Umbral y Valladolid. Y exponen para argumentarlo el pregón que dio en 1970 al ser invitado por el ayuntamiento de entonces.
Basta con releer dicho pregón, afirman, para que se desmonten y esfumen de inmediato los argumentos falaces y poco consistentes sobre dicho desamor.
Releamos parte de dicho pregón:
“..Una ciudad muy vivida, bien vivida, dolorosamente vivida, como yo he vivido Valladolid, es poema en la memoria, lirismo, temor y temblor.  Nada más. Vengo aquí con el poema en prosa de mi Valladolid de entonces”.
Y más adelante:
“Todo el dolor y todo el amor que esta ciudad me dio, os lo devuelvo a vosotros…Valladolid es la ciudad de la infancia cruel y de la adolescencia atroz. Es mi autobiografía….Debéis hacer conmigo unos ejercicios espirituales de vallisoletanismo…”.
Y termino:
“Valladolid, madre madrastra, me enseñó a hablar bien y a escribir regular. Me enseñó sobre todo, esa asignatura que todos cursamos en esta ciudad de melancólicos: la melancolía, el dolorido sentir, la desesperación cortés que no levanta el grito…Valladolid debe ser ni más ni menos que el sitio por donde se puede empezar a conocer Castilla”.
Amor, desamor….Que cada cual saque sus conclusiones.



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