Una historia de amor y oscuridad

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(20/6/2010) Sorprendente Amos Oz. El escritor hebreo, premio Israel de Literatura en 1988 y premio Príncipe de Asturias en el año 2007, maneja la pluma con oficio y con pasión, no hay duda. Estoy leyendo su novela autobiográfica “una historia de amor y oscuridad”, sorprendido por su capacidad narrativa para contar lo que cuenta. No es fácil. No ha tenido que ser nada fácil tejer el lienzo de vivencias familiares -alguna muy dolorosa- que se remontan al siglo XIX (en algún caso mucho más atrás) y reflejar en un tapiz literario inigualable la historia de la creación del estado sionista o Eretz Isarael, como dice el autor.

Sorprende Amos Oz, el escritor que de pequeño tenía un sueño: convertirse en libro. Por su autobiografía desfila toda una pléyade de personajes más o menos relacionados con la cultura hebrea; hombres y mujeres llegados desde la diáspora a Jerusalén -aún bajo dominio británico- desde distintas naciones de Europa. Como sus padres que emigraron en 1917 de Odesa a Vilna y de allí al Mandato Británico de Palestina, donde arribaron en 1933, seis años antes del nacimiento de Amos.
Pero son los personajes femeninos quienes dan cuerpo y consistencia a la urdimbre de esa gran alfombra familiar que con tanta precisión y tanto coraje retrata Amos.
Como la tía Tzipora mujer de Yosef Klausner profesor de literatura hebrea en la Universidad de Jerusalén y representante de los estudiantes judíos en el primer congreso sionista de Basilea, quien en las conversaciones de sobremesa con sus invitados mientras él “se sentaba a la cabecera de la mesa rebosante de elocuencia, ella estaba a sus pies con su delantal blanco, sirviendo o esperando a que la necesitasen”. Y lo que necesitaban era además de las ardientes sesiones literarias de su marido algo tan prosaico como té, pasteles bizcochos y mermelada casera.
La tía Tzipora era para su marido en palabras de Oz “madre, esposa, hija pequeña y escudera”.
O como la señora Agnon, mujer de Shmuel Yosef Agnon primer escritor en lengua hebrea galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1966, a cuya casa asistían sus padres tras dejar la de su tío Yosef. En una ocasión el futuro nobel tuvo que cortar las inoportunas intervenciones de su mujer con un “por favor, permíteme ser el señor de la casa mientras estén aquí los invitados. Cuando se vayan serás tú la patrona”.
O la abuela paterna Shlomit “dama amante de los libros y conocedora del alma de los escritores”, obsesionada por las infecciones y los microbios que “murió de tanta limpieza…” y que le recomendaba “si ya no te quedan más lágrimas, no llores. Ríe.” Frases proverbiales las de aquella abuela como cuando le dijo: “ese intelectual se ha vuelto tan intelectual que ya no comprende nada” o “duele tanto, tanto, que hasta empieza a ser gracioso”.
También la tía Sonia que le narra la historia de sus ancestros maternos en Rovno la ciudad que pasaría de Rusia a Polonia y de Polonia a Rusia en las anexiones sin fin de aquella Europa de entreguerras y que les obligaba a hablar tanto a ella como a sus hermanas en polaco o en ruso según las circunstancias. O en el hebreo aprendido en el Instituto para que sus padres no las entendiesen (sus padres hablaban entre ellos en yiddish con el mismo fin). Aquel babel lingüístico hacía que la tía Sonia fuese llamada Sonitshka por su madre, Shurele por su padre y Sara por sus profesores de hebreo.
O como su madre Fania Mussman, que había estudiado en Praga historia y filosofía, y que le contaba extrañas, asombrosas y escalofriantes historias hasta que un día, cuando Amos tenía 12 años, decidió marcharse con la muerte sin “un abrazo, sin una explicación”.
La mezcla de las vivencias familiares y políticas alcanzan su cenit cuando recuerda que en la casa de su tía Haya (hermana de Sonia y de Fania), lugar de alojamiento del general Yigal Yadin, responsable de operaciones durante la guerra de la independencia y espacio de reuniones nocturnas de los dirigentes de la Haganá, “tres años más tarde mi madre puso fin a su vida”.
El hombre que de pequeño quería crecer y ser libro, Amos Oz, dijo en una entrevista que si tuviera que resumir en una sola palabra de qué trataba su trabajo diría que de “familias”, en dos de “familias desgraciadas” y en tres “lee mis libros”.
A eso voy.



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