Un lobito bueno

relatos

(20/06/2017) Hay una tendencia, cada vez más visible en esta sociedad pacata y enfermiza, a evitar que los niños se enfrenten a los temas más duros de la existencia, a aislarlos de los temas más crudos de la realidad por miedo a que se traumaticen, según aleccionan los manuales de una falsa pedagogía.

 Apoyado en estas premisas hay quien ha abogado por evitar todo aquello que representa el mal, tomando como primera medida suprimir a los malvados de los cuentos y mandar al paro literario a ogros, brujas, madrastas y lobos.

 Y sobre la enfermedad y la muerte, lo mismo. Nada de pronunciar palabras como dolor, muerte, cáncer, demencia; nada de ver al abuelo en el hospital, o hablar sobre los asesinatos en Londres o de la emboscada de fuego en Portugal. Disneyland es su mundo y en él debe vivir la criatura hasta que se independice.

Pero resulta que luego los “angelicos” tienen que enfrentarse a un mundo lleno de personajes detestables, desde matones de colegio a jefes acosadores, desde navajeros de barrio a violadores del ascensor, sin que encuentren en las alforjas de sus recursos, el modo de enfrentarse a aquello para lo que nadie les preparó, pues vivieron inmersos en una permanente película Disney donde los tiburones eran animales entrañables necesitados del abrazo y del cariño y donde los leones se alimentaban de flores silvestres.

“Al jardín de la alegría, quiere mi madre que vaya” decía aquella canción que cantábamos en la escuela, pero el jardín no lo veíamos por ninguna parte: la abuela se moría ante nuestros ojos, el bastardo devoraba a la paloma y la araña atrapaba a la mosca. Eran otros tiempos.

 Ahora, Disney y los cuentos han retirado al villano de sus relatos y los muchachos ya no saben diferenciar el bien del mal y a falta de personajes polarizados -de esos que pueblan la existencia y nos tropezamos en la calle- han olvidado ser críticos con los avatares que trae el vivir, un vivir que, a veces, presenta su cara más amarga en los años de infancia.

 Toda noticia lleva grabada en su solapa la fecha del olvido. Por eso ya casi nadie se acuerda del caso del pequeño Cody, obligado a pegar a su hermana Emma (once años) y maltratado hasta el sadismo por un padre y una madrastra que disfrutaban de lo lindo colgando el sufrimiento del pequeño en las ventanas de internet.

Y es que aunque retiremos a los villanos de los cuentos, a veces los perversos están en el propio hogar y es bueno que los niños aprendan a distinguirlos para salvarse. Si pueden.

“Sin los malos los niños no aprenden competencias emocionales y tardan más en alcanzar su autonomía moral” afirma la psicóloga Silvia Álava que lucha para que los malos no desaparezcan de los relatos infantiles.

 La literatura sin malos es una peligrosa idea, aseguran los filósofos, porque una de las funciones de la literatura es reflejar la condición humana y describir la eterna lucha entre el bien y el mal. A todo Harry Potter debe acompañarle su Lord Voldemort, a cada Caperucita su lobo y a cada jardín su bosque tenebroso.

Los malos de los cuentos han servido desde los tiempos de Atapuerca para que los niños resuelvan sus problemas emocionales, sus impulsos relacionados con la envidia, la avaricia, la vanidad, la codicia, la mentira y otros sentimientos indeseables.

Aislarlos de la realidad (en la que el mal juega sus cartas) y elogiarlos de continuo y sin medida, genera niños dependientes, inseguros y ansiosos ante una realidad siempre llena de aristas.

 El personaje de la madrastra de Blancanieves, ejemplo de envidia, y el ogro de Las habichuelas mágicas, ejemplo de codicia, ayudan al pequeño a gestionar sus emociones cuando, en un futuro, se encuentre con personajes codiciosos, corruptos y malvados.

-Y la bruja fue arrojada al interior del horno por Hansel y Gretel…

-¡Matilde -clama el papá- no le leas esas cosas al niño. Le producen insomnio y le traumatizan!

Pero Matilde dice que no, que la bruja debe perecer de forma contundente para que la criatura no fantasee con la posibilidad de que reaparezca. Que el niño debe saber que los buenos ganan siempre.

-Pero eso no es verdad, Matilde, los malos ganan muchas veces…en mi empresa, sin ir más lejos…

Y entonces Matilde le dice que sí, pero que ese aprendizaje será posterior, cuando su sentido crítico y su aprendizaje moral hayan crecido y pueda comprenderlo.

 Matilde ha leído, en su club de lectura, (¡ay, Mariano, por qué no vienes al club!) que el héroe y el malvado tienen una función terapéutica en el desarrollo infantil, que suprimir los miedos, las dificultades y los conflictos en los cuentos embota sus emociones y que no es bueno para las caperucitas de cualquier tiempo y lugar trasgredir la orden de la madre y olvidarse de la posible amenaza de los desconocidos (el lobo).

 Y es que, querámoslo o no, el mundo está lleno de lobos y no “to er mundo e gueno” como decía aquella película de Summer.



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