Tocata literaria a cuatro manos

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(21/8/2013) Acaba de aparecer en España la biografía Patrick Leigh Fermor, una aventura, de la historiadora británica Artemis Cooper.

Como todo el mundo sabe -piadosa forma de reconocer que no lo sabe casi nadie- el tal Patrick Leigh más conocido como “Paddy” fue un escritor británico y héroe de la segunda guerra mundial que vivió y bebió a grandes sorbos todo lo que le ofreció el siglo XX. Una de esas personas tocadas por los dioses que viven lo que ni usted ni yo, tumbados frente al televisor, viviríamos en cien vidas.

Pero no es de Leigh Fermor de quien quiero hablarles ni de Cooper, la autora de su biografía y de obras como París después de la liberación, escrita en colaboración con su marido, el conocido historiador militar Antony Beevor, sino de los libros engendrados como este último, “a cuatro manos”. Que se lo prometí en mi anterior artículo y lo prometido es deuda.

Mi idolatrado Gustave Flaubert autor de Madame Bobary, obra señera de la literatura decimonónica y de la que les hablé en otro artículo, en un viaje por la Bretaña francesa, decidió escribir el diario de la expedición. Como le acompañaba el académico de la lengua Maxime du Camp, y no es de sabios desperdiciar el talento de todo un académico, decidió hacer dicho diario a dúo con Maxime, repartiéndose el trabajo como buenos hermanos. Tú escribes los capítulos pares y yo los impares. ¡Venga!

Nació así Par les champs et par les grèves (por los campos y por las playas) el diario de “une fort jolie excursión”, una hermosísima excursión, según calificativo del propio Flaubert. Pues claro.

Sin salirnos de La France y de los grandes autores hay que resaltar que obras como Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo y El vizconde de Bragelonne necesitaron el talento compartido de Alejandro Dumas y de Auguste Maquet. Este escribía la base novelística y aquel añadía, quitaba, pulía y daba esplendor a los detalles. Y sobre todo firmaba como autor, comprando a golpe de talón el anonimato del pobre Maquet. A callar.

También los grandes escritores “british” probaron la narrativa compartida. Charles Dickens y Wilkie Collins, considerado el padre de la novela policíaca, escribieron en paz y armonía una serie de relatos; Joseph Conrad y Ford Madox Ford hicieron lo propio para entregar al universo literario tres obras: Los herederos, La naturaleza de un crimen y Romance y Robert Louis Stevenson y el poeta William Henley escribieron “a cuatro manos” tres obras de teatro y ya puestos, y según confirman los estudiosos, William y su cojera inspiraron a Stevenson un personaje inolvidable para su Isla del Tesoro: el infame “pata de palo” John Silver el Largo. ¿Se acuerdan?

En el idioma de Camoens, tan olvidado como bello, puede servir como ejemplo de esta colaboración literaria la llevada a cabo entre José María Eça de Queirós y su amigo Ramalho Ortigão que dejaron para la literatura El misterio de la carretera de Sintra.

Y en lo que se refiere a las letras hispanas la unión más productiva, a juicio de los expertos, fue la dada entre Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges que colaboraron durante más de ¡¡cuarenta años!!, pariendo relatos detectivescos que firmaba un imaginario Honorio Bustos Domecq.

Pero también figuran entre las colaboraciones más destacadas la que llevó a cabo Julio Cortázar con la canadiense Carol Dunlop, su última esposa; o la mantenida a través de correos electrónicos por Roberto Jacoby y Jorge Di Paola; o la de Daniel Guebel y Sergio Bizzio; o la de Ema Wolf y Graciela Montes ganadoras del Premio Alfaguara de Novela 2005 con El turno del escriba; o…

El español Antoni García Porta y el argentino Roberto Bolaños escribieron la novela Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce y los premios Nobel Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa proyectaron, sin éxito, una novela conjunta sobre la guerra entre Colombia y Perú ocurrida entre 1932 y 1933.

Como ven, el tema de la escritura “a cuatro manos” da para muchos estudios. A ello se han dedicado los franceses Benôit Peeters y Michel Lafon que han analizado magistralmente esa colaboración literaria en Nous est un autre, enquète sur les duos d´écrivains (Nos es otro, encuesta sobre los dúos de escritores), título con el que quieren dejar bien claro que la creatividad de dos autores cuando se pone en común da como resultado la multiplicación de su capacidad imaginativa y deviene en modelo de lo que debe ser la colaboración entre humanos. Casi nada.

Y es que la literatura es un territorio lleno de malezas, de tabúes y de prejuicios que hay que desbrozar para entender mejor su propia historia. Y la escritura “a cuatro manos” es uno de ellos.

Sin pretender ser exhaustivo -que es una elegante forma de confesarles la propia incapacidad- vean otros originales títulos paridos a dúo. Que hay cosas que sólo pueden hacerse entre dos mentes literarias más o menos calenturientas. Vean, vean…

Las diabólicas de los escritores Pierre Boileau y Thomas Narcejac; los Muertos incómodos de Paco Ignacio Taibo II y el Subcomandante Marcos; La Biblia bastarda de los hermanos Fernando y Mario Tascón; La Torre prohibida de David Zurdo Sainz y Ángel Gutiérrez Tapia; Medusa de Toni Polo y Sergio Rossi; La danza del cementerio de Douglas Preston y Lincols Child; El presagio de los guantes negros de Pablo Marrero y Horacio López; Otra vida en la maleta de Gregorio Casamayor y A.G. Porta; Ojos de Circo de Javier Martos y Jesús Gordillo; Crímenes exquisitos de Vicente Garrido y Nieves Abarca; La diosa del pubis azul de Espiro Freire y Raúl del Pozo; Amores adúlteros de Federico Traeger y Beatriz Rivas; etc. etc. etc.

No extraña que ante tanto crimen, tanto muerto, tanto cementerio, tanto adulterio y tantas diabólicas los mismísimos papas de la Iglesia Católica hayan tenido que escribir una encíclica para aportar algo de luz sobre nuestro descarriado mundo. Lumen Fidei (La luz de la fe) de Francisco I y Benedicto XVI es ya la primera encíclica de la historia escrita “a cuatro manos”. Que hay que predicar con el ejemplo.

Y dejo el tema para no cansarles -otra elegante forma de reconocer mi incompetencia para profundizar en un tema tan vasto como interesante-. ¿¡Quién me presta dos manos!?



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