Sobre las humanidades

 

humanidade

(30/11/2010) La actual crisis económica debería servir, además de para llenar telediarios y debates en una queja que parece no tener fin, para replantearse algunas cuestiones inamovibles que están en el fondo de la debacle que nos invade desde hace tiempo: por ejemplo la educación.
La irrupción en los últimos treinta años de una filosofía utilitarista en materia de enseñanza, en la que se ha primado el dinero fácil y la rentabilidad a corto plazo sobre otros conocimientos y valores más rentables a largo plazo, deberían, al menos, plantear alguna duda sobre la viabilidad del invento y reivindicar lo que desde hace tanto tiempo se ha dejado de lado en el sistema educativo: las humanidades.
Tras unos años en los que todo el mundo ha querido y sigue queriendo ser ingeniero, arquitecto, informático, técnico, (aparte de futbolista, claro está)…menospreciando a quienes hacían Historia, Filosofía, Literatura, Música, etc…deberemos plantearnos si aquellos han resultado tan imprescindible para nuestro sistema democrático y crecimiento económico y éstos tan inútiles como alguien nos ha querido hacer creer.
Manuel Barrios, columnista en una revista cultural, en un artículo sobre la escritora Martha C. Nussbaum que titula “Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades” nos lanza esta reflexión: “Nussbaum defiende la importancia prioritaria de las artes y humanidades como disciplinas trasmisoras de cualidades esenciales para la vida misma de la democracia, así la imaginación, la creatividad, la capacidad de empatía y el pensamiento crítico. Frente a una mera educación para la democracia; sin comprensión empática del otro, no hay base para una sociedad tolerante; sin una pedagogía socrática que enseñe a argumentar, no hay discusión racional; sin un aprendizaje activo como el promovido por Dewey, no hay ciudadanos comprometidos, abiertos y cosmopolitas, capaces de analizar críticamente la realidad en la que viven…”.
La filosofía educacional que pretende hacer seres competentes para sobrevivir en la selva humana, habría que sustituirla, según mi modesta opinión, por la de hacer más humana la jungla en la que vivimos, mediante un profundo conocimiento de la esencia del hombre, desarrollando con y hacia los demás un sentimiento de empatía que nos permita no sólo convivir sino disfrutar de la presencia de otras realidades, en el tiempo y en el espacio, para enriquecer la propia.
La educación tendrá que plantearse si su función es seguir las reglas de un mercado en constante cambio, donde cada día surgen nuevas profesiones y donde el currículo educativo tendrá que expandirse hasta límites insospechados para dar cabida a tanto saber, o la de encauzar y dirigir esos cambios, modificándolos si fuera necesario, liderándolos desde una perspectiva humanista para lograr un nuevo tipo de hombre más digno, más libre y más racional; potenciando un universo de saberes estéticos que le hagan crecer como persona.
Decía don José Letamendi de Manjarrés,(insigne médico, filósofo y literato), allá por el siglo XIX que “el médico que solo sabe de medicina, ni medicina siquiera sabe”. Y eso mismo podría decirse de quienes solo saben hablar el lenguaje de las nuevas tecnologías, olvidando la herencia humanista que sostiene nuestra civilización, o de quienes pretenden convertir las distintas Filologías en meros institutos de idiomas; la Geografía y la Historia en institutos de gestión del patrimonio y del turismo cultural y la Filosofía en escuelas de autoayuda, tal como apunta Manuel Barrios en su artículo.
Hay ciertos mitos de la modernidad como el economicismo -que busca la felicidad absoluta en el poder económico y el dinero- y el cienticifismo -donde la ciencia experimental se convierte en la única afirmación de verdades- que deben replantearse por aquellos que buscan una salida al actual estado de cosas.
Retornar a la cultura humanista que sabe de metas y no solo de medios, tal vez sea el primer paso. La vida no puede explicarse desde la sola comprobación empírica.



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