Sobre las competencias básicas

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(10/10/2008) El mundo de la enseñanza vive tiempos de agitación y desconcierto. Seguramente es algo inherente a su propia esencia porque si uno se remonta a los tiempos de Platón observa con cierta sorpresa que los griegos de entonces manifestaban lo mismo pesares y temores que cualquiera de nosotros. Lo cual tiene cierta lógica si pensamos que la educación a lo largo de la historia se ha llevado a cabo en sociedades concretas y que los avatares, valores y contravalores de las mismas influyeron e influyen en sus planteamientos y objetivos.
Llevamos años inmersos en una sociedad enormemente competitiva y en continuo cambio a la que los individuos tenemos que adaptarnos  si queremos desarrollar adecuadamente nuestro proyecto de vida. Una sociedad de la información con una fuerte tendencia a la globalización de la economía y de la cultura.
Todo ello está llevando a una forma diferente de ver el mundo así como a la implantación de nuevos valores, de nuevas normas.
La concepción de la enseñanza como una empresa más -algo cuestionable, sin duda- hace que se estén llevando los métodos y términos usados en la empresa tradicional a unos ámbitos distintos y distantes hasta hace pocas fechas. Vemos como se están importando al campo educativo parámetros de calidad  -con términos como proceso, clientes, propietarios, entradas, salidas- que hasta hace pocas fechas veíamos en empresas de automoción, por poner un ejemplo. Incluso estamos asistiendo a la correspondiente y sistemática visita del auditor que otorga la calificación correspondiente al centro educativo según la calidad de sus procesos.
Últimamente el término que está anclándose en las aulas es el de competencia.  Término con el que se pretende que la escuela forme personas competentes es decir personas que movilicen todos sus recursos para realizar una determinada tarea en un contexto determinado.
Irrumpen así las competencias básicas que todo individuo debe poseer. Básicas porque tienen que estar al alcance de la mayoría, ser aplicables en muchos ámbitos de su vida  y ayudar al individuo a seguir aprendiendo. Ocho competencias básicas que según los países de la Unión Europea que las han desarrollado han de dominar nuestros educandos para poder hacer frente a los retos que el mundo les plantea.
La música suena bien, como sonaba bien cuando se hablaba -¿recuerdan?- de capacidades, comportamientos y conductas como el no va más de los niveles educativos.
Ahora se busca un hombre competente y competitivo que sea capaz de moverse por un mundo sujeto a continuas mutaciones y en el que la competencia empresarial en los distintos mercados será fundamental para seguir ostentando una calidad de vida que nadie quiere perder a estas alturas de la película.
Todo muy bien repito pero, tras este hombre competente y competitivo ¿habrá un lugar para  el hombre solidario?, ¿y para el hombre reflexivo y crítico?; ¿qué puesto ocuparán en ese nuevo organigrama educativo palabras como cooperación, respeto e intercambio?
Si las competencias van a reforzar una sociedad individualista y competitiva como la actual mal camino estamos emprendiendo, si por el contrario se preocupan por el bien común como algo incuestionable y tratan de reforzar el dinamismo y la cohesión social, tal vez estemos en la senda correcta.
En cualquier caso, siempre volvemos a lo mismo -a las viejas cuestiones que se remontan a la Grecia clásica, como dije- y es el saber qué sociedad pretendemos configurar con nuestras reformas educativas. Las eternas preguntas de la Filosofía de la Educación: ¿la educación debe seguir los dictados sociales o debe ser una palanca de cambio de la misma sociedad en aquellos aspectos que deben ser mejorables?, ¿tenemos claro el tipo de sociedad que pretendemos a partir de la sociedad en la que vivimos? ¿Por qué y para qué educamos? ¿en qué consiste esencialmente educar? ¿Cómo debe ser la educación? Y etc, etc, etc.



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