Sobre la privacidad

Leiter

(20/6/2012) Asisto a una exposición del fotógrafo Saul Leiter que tan bien ha sabido captar “lo extraordinario que existe en lo cotidiano” como ha reseñado algún crítico. Leiter pionero de la fotografía en color, figura de referencia en un territorio inexplorado hasta su llegada.
Y Leiter me lleva a Edward Hopper, el extraordinario pintor americano, de quien tanto se habla estos días gracias a la exposición que, sobre su obra, ofrece el Museo Thyssen Bornemisza.
Hopper, pintor de soledades, de seres inadaptados, también de lo cotidiano. Como Leiter.
Ambos “voyeurs” del alma humana, de su soledad universal e irremediable. Artistas de la vida corriente. Filósofos de la belleza que se esconde en una gasolinera, en un escaparate, en los coches, tras la luz que se cuela a través de las ventanas, en la mesa de un bar.
Pero vuelvo a Leiter y a una de sus frases impactantes:
Pasé gran parte de mi vida siendo ignorado, pero fui feliz así. Ser ignorado es un gran privilegio. Así aprendí a ver lo que otros no ven y reaccionar de manera diferente. Simplemente contemplando el mundo, sin esperar nada en concreto”.
Leiter bien podría haber sido uno de los personajes de Hopper. Pienso. Uno de esos personajes de expresión ensimismada que parecen soportar la vida, contemplando el mundo, sin esperanzas destacables ni grandes tragedias.
Hopper bien podría haber sido fotografiado por Saul Leiter con ese lenguaje medio real y medio abstracto de su fotografía en color. Vuelvo a pensar.
Y el engranaje de mis neuronas me llevan a la trivialidad de nuestra época donde el anonimato parece haberse convertido en la mayor de las lacras. Donde nadie parece feliz a no ser que haya salido en la televisión o en cualquier medio. Donde ser un “don nadie” se ha convertido en la mayor de las afrentas.
-¿Qué quieres ser de mayor, nena?- pregunta la “seño” a la vivaracha criatura de la primera fila.
-Famosa. Seño. Para salir en la tele.
Pienso en esos personajillos de la política, en los poderosos, que arrastran tras de sí a un fotógrafo para que deje constancia de cualquier acto que realice por trivial e intrascendente que resulte. Que se hacen pintar por los mejores pinceles del siglo para colgar su vanidad en los pasillos del Congreso.
Y mis neuronas cada vez más hiperactivas -¡qué me pasa doctor!- me llevan a Jerome David Salinger (El guardián entre el centeno) y a su aislamiento en Cornish (New Hampshire), protegiendo su privacidad con uñas y dientes. Peleando por ser un “don nadie”.
Los sentimientos de anonimato y oscuridad de un escritor constituyen la segunda propiedad más valiosa que le es concedida”- dijo en un intento de que alguien comprendiera una postura tan inusual en el gremio de la pluma o en cualquier otro gremio. Vano intento.
Ser ignorado es un gran privilegio”.
¿Pero no habíamos quedado en que hay que posar para la posteridad? ¿No dijo alguien que es bueno que hablen de ti aunque sea para mal?
La perversión del lenguaje, los tópicos que nos acechan, no dan tregua. “Tantos tontos tópicos” que diría el profesor Aurelio Arteta.
Porque, ¿qué es la posteridad? A los treinta años, su retrato, señor importante, no lo conocen ni sus nietos. A los cien, se verá en algún rastrillo de cachivaches antiguos. Y en millones de años, será barrido por la catástrofe cósmica que acabará con todas las especies. También con su pomposo retrato, pintado por el más excelente de los pintores, señor presidente del Senado, señor mandarín del norte.
Así ha sucedido desde que el mundo es mundo…señor importante. Luego será la hora de las cucarachas.
Pero a lo que íbamos. Miren arriba y abajo de este artículo. ¿No ven semejanzas entre Leiter y Hopper?. La extraordinaria belleza de lo cotidiano que no busca fulgores. El pálpito de la soledad irremediable y universal. La penetración cósmica de las miradas perdidas.
Arriba y abajo.



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