Sobre la motivación del profesorado

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(20/7/2007) Terminado el curso académico y llegado, con la canícula, el tiempo para la reflexión y la crítica, vuelven a las tertulias de los distintos medios de comunicación los debates sobre la tan traída y llevada calidad en los centros de enseñanza.
Por encima de dimes y diretes y superadas las lógicas diferencias ideológicas que se traslucen en las distintas cadenas de radio o televisión, así como en los editoriales de prensa, hay un hecho en el que parecen coincidir tertulianos y articulistas: el profesorado es parte fundamental en la mejora del sistema educativo y su nivel de motivación por la enseñanza debería preocupar a la sociedad en su conjunto.
Sentada la coincidencia anterior y la aparente unidad de criterios sobre el tema, el debate y las discrepancias se precipitan por nuevos derroteros debido a las diferencias que surgen, de inmediato, sobre lo que cada hijo de vecino entiende acerca de la motivación docente y su forma de alcanzarla.
Para unos la cuestión salarial es fundamental y nada se solucionará mientras los profesores no se sientan pagados adecuadamente; otros apuntan al escaso prestigio social de la profesión, añorando tiempos pretéritos en los que los maestros eran una de las fuerzas vivas de la sociedad; otros a la importancia del “usted” a la hora de dirigirse a ellos para recobrar unos modos que nunca debieron perderse, otros a recubrirles de una autoridad en la que ya nadie cree pero que todos consideran necesaria…
Sin querer minusvalorar cada una de las mejoras arriba apuntadas – aunque no todas gocen de la misma estima para quien esto escribe – y que en buena parte miran hacia el exterior o hacia los propios alumnos como panacea para solucionar la desmotivación entre el profesorado, habría que insistir en buscar soluciones desde nuevas perspectivas que abarcaran, entre otras, el papel del profesor en la dinámica del propio centro, su grado de implicación en el proceso educativo  y la forma que tienen los equipos directivos de gestionar sus recursos humanos.
Pasar la pelota a los propios centros y a los que gestionan sus recursos materiales y humanos  – sobre todo humanos- nos llevará a preguntarnos sobre el grado de implicación que cada profesional de la enseñanza tiene con el centro en el que trabaja  y el reconocimiento y aplauso que recibe en función de dicha implicación por parte de sus directores.
En cualquier ámbito de trabajo, y sobre todo en la escuela, nada hay más pernicioso que alguien se plantee el “para qué implicarse” si “da igual hagas lo que hagas” y al final de mes todos cobramos lo mismo. Pensamiento que aflora entre aquellos trabajadores que no ven una recompensa a su quehacer que vaya más allá de la fría nómina que recibe a final de mes y  que pocas veces se traducirá en una mala práctica docente pues la profesionalidad y vocación están, casi siempre,  por encima de estos planteamientos. Pero pensamiento que, sin duda, contribuye a no sentirse todo lo implicado que se debiera en la tarea docente o a que, según manifestaba un medio de comunicación no hace tantas fechas, “el 49 por ciento de media de los maestros de primaria y del profesorado de secundaria manifiesta estar desmotivado para ejercer la docencia”.
En un estudio que se publicó hace pocas fechas sobre las empresas que eran más valoradas por los que demandan un primer empleo, ocupaban los primeros puestos aquellas que eran vistas como buenas gestoras de sus recursos humanos y consideraban a sus trabajadores como el elemento más valioso y necesario para poder cubrir sus objetivos.
Empresas que cuidan la formación de sus empleados, se preocupan por la dinámica interna que se genera entre ellos, potencian su grado de implicación para que se sientan parte de la empresa, premian a los que mejores resultados consiguen o más se esfuerzan en algo que beneficia a todos y cuentan con unos equipos directivos formados hasta la excelencia en técnicas directivas y de gestión.
Manuel Rodríguez, director de la revista Escuela Española, afirmaba en una reciente entrevista:
“En mis 47 años dedicados a la enseñanza, jamás he conocido a tantos profesores, incluso con 50 años de edad, que están deseando llegar a los 60 para jubilarse. Creo que eso es preocupante en una profesión tan enriquecedora como esta y muy negativo para el sistema educativo”.
Se trata, por consiguiente, de potenciar la motivación del profesorado primero desde los equipos directivos del propio centro en el que trabaja para intentar después  – pero siempre después – que los demás agentes de la comunidad educativa y la misma Administración contribuyan al mismo objetivo. Motivación que beneficiará a los propios alumnos que verán un profesorado más implicado y más realizado en la tarea que desempeña.
Porque si algo debiera exigirse a cualquier equipo directivo que se precie es el utilizar sus recursos humanos atendiendo a razones justas y equitativas – evaluando con la máxima objetividad su trabajo -   y no en función de criterios más o menos espurios – incondicionalidad, sumisión, etc.-.
La motivación de los docentes es una obligación ética que cuando se adquiere genera “refuerzo emocional” y logra que los profesores se involucren en el sistema de instrucción; algo que se contrapone al “cansancio emocional” de lo que se conoce como el “profesor quemado” que genera descrédito profesional y que termina contagiándose a los propios alumnos.



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