Sobre cópulas y lujurias emocionales

emocional

(20/5/2016) El habla de nuestra infancia estuvo poblada de eufemismos. Decíamos “dar a luz” en lugar de parir, “mujeres de la vida” en lugar de prostitutas, “tirar el pantalón” (cuando nadie tiraba nada y menos un pantalón que, gracias a los remiendos, nos duraba hasta la mili), “cambiar el agua al canario” (orinar), “pasar a mejor vida” (morir), “tener la regla” (menstruar), etc. etc…

Pero hubo un término que escapó a los censores lingüísticos y que coreábamos, sin pudor, por calles y callejas: “copulativa”.

Seguramente nunca supimos lo que significaba tan exquisito término -la lengua lo paladea al pronunciarlo, hagan la prueba- y los inquisidores del idioma no encontraron, una palabra menos cruda y perversa para sus delicados oídos (hay términos que nunca encontraron eufemismo en el que refugiarse. Prueben con “cerdo”. ¿Cómo esconder sus vergüenzas en sinónimos como marrano, cochino, guarro, puerco…? Imposible

Ajenos a cualquier pudor coreábamos las copulativas que permitían, las muy guarras, la descarada coyunda entre nombres, adjetivos, verbos, adverbios y todo bicho lingüístico viviente.

En un mundo en el que no copulaba oficialmente nadie, las conjunciones “y”, “e”, “ni”, “que” vivían en perpetua orgía delante de nuestras propias narices.

 Pero aquel desmadre gramatical no concluyó con las copulativas y, de manera encubierta, ha continuado hasta nuestros días. ¿Se han dado cuenta ustedes lo bien que copulan ciertos nombres con algún adjetivo? Lo hacen tan bien, tan bien que unas veces degeneran en una coyunda previsible  como en “día radiante”, “noche oscura” (y la mala literatura está llena de ellos) y otras en uniones más logradas y sorprendentes, como ocurre en esos matrimonios que duran  toda la vida.

 Entre estas uniones fértiles hay una que se lleva la palma, me refiero al matrimonio que hicieron en su momento el nombre “inteligencia” y el adjetivo “emocional”, y que dio lugar, tras un parto glorioso, a la “inteligencia emocional”. Pareja tan perfecta y prolífera que desde su unión, oficiada por el “sacerdote” John Mayer, no ha dejado de traer hijos (emocionales) al mundo.

 A nada que se paseen ustedes por los juzgados que guardan las partidas de nacimiento de los nuevos términos se encontrarán con retoños emocionales para todos los gustos: “secuestro emocional”, “alfabetización emocional”, “educación emocional”, “comunicación emocional”, “publicidad emocional”, “infidelidad emocional (versus “infidelidad sexual”), “chantaje emocional”, “adicción emocional” (la más peligrosa de las adiciones, dicen), “conflicto emocional”, “alimentación emocional” (versus “alimentación física” y responsable de problemas relacionados con la nutrición), “hambre emocional” (responsable de que algunas almas sensibles se refugien en la ingesta desordenada de alimentos para superar vacíos existenciales), “desnutrición emocional” (la de quienes carecen de las necesidades emocionales adecuadas), “bienestar emocional” (responsable de que Luis Rojas Marcos y Valentín Fuster, nos hayan castigado con un libro sobre el tema), “empatía emocional” (que suena a redundancia y lo es), “maestría emocional” (útil para que una empresa inicie el año con buen pie: “2015…el año de la Maestría emocional”), “salud emocional” (tan unida a la resiliencia, palabreja que se refiere a la capacidad para superar traumas), “diabetes emocional” (¡no se altere emocionalmente, señor diabético, que sube el azúcar!), “memoria emocional”, “fatiga emocional” (agotamiento extremo relacionado con sensaciones de estrés y ansiedad, sentimientos de angustia o incluso depresión), “duelo emocional” (responsable de que alguien no logre superar la pérdida de un ser querido por culpa de sus emociones), “soledad emocional” (versus “soledad social”), “urgencia emocional” (comportamiento inconsciente del consumidor al interactuar con un producto.), etc. etc…

 Hace poco, me topé en una revista con una nueva criatura que me confirmó en lo que ya pensaba, que cualquier cópula con lo “emocional” es posible. El matrimonio lo formaban “museología emocional” que según el articulista se refería al producto de aquellos museos cuyas obras expuestas crean múltiples lecturas desde la “perspectiva emocional” del espectador.

 Es cuestión de tiempo pero pronto oiremos hablar de la “política emocional” (que no emocionante) que se alimenta de la “corrupción emocional” tras superar una crisis que lejos de ser real, algunos se empeñarán en demostrarnos que ha sido simplemente “emocional”.

Y todos a una diremos “qué emocionante” mientras llenamos nuestros texto de miles de emoticones. “Emoticones emocionales” y que no valga la redundancia. ¡¡Socorro!!



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