Síndromes

ventanilla

(20/9/2007) La buena mujer se acercó a la ventanilla con la esperanza de poder recibir el préstamo; el dichoso préstamo con el que hacer frente a una despiadada hipoteca que la ataría de por vida al Banco “El porvenir”.
- Nombre -gruñó el encargado de los préstamos que mostraba un aire entre  relamido y sabihondo.
- Dolores de la Casa.
El banquero miró su reloj con gesto cansino y huraño, como suplicando a la esfera que se dignara reflejar, cuanto antes, la llegada de su sustituto y poder ir a tomarse el café con el jefe de la sucursal.
- Documento Nacional de Identidad
- 13765886-T
Dolores soltó el número de un tirón. Había decidido aprendérselo de memoria, años atrás, dado el crecido número de organismos oficiales que se lo pedían para gestionar las más insulsas e intrascendentes cuestiones.
El oficinista siguió soltando toda una retahíla de preguntas sobre los más diversos asuntos: el trabajo de su marido, los bienes propios del núcleo familiar, el número de hijos, las enfermedades …hasta que llegó a la pregunta que parecía cerrar aquel interrogatorio carcelario.
- ¿Síndromes?
Tras oír la palabra, Dolores se quedó perpleja y sin recursos, como esos personajes víctimas de una broma pesada a los que luego piden que miren a la cámara de vídeo para que acepten, resignadamente, la tropelía. No entendía la pregunta y aunque la palabra no le era desconocida del todo ignoraba por qué se incluía en aquel contexto bancario y qué respuesta  debería dar para poder acceder al imprescindible dinero.
- Perdone mi extrañeza -esbozó al fin con la voz temblorosa de quien suplica ante un juez- no sé qué quiere decir con esa pregunta.
Señora -terció de inmediato el relamido- el formulario exige saber si, aparte de las enfermedades,  usted padece algunos de los síndromes que acompañan a cualquier mujer que se precie. Piense que es mucha cantidad de dinero y el Banco, fiel a la confianza depositada por sus clientes, ha de saber a quien concede la hipoteca. Y su estabilidad psicológica, refrendada por los síndromes que, de seguro, padece, es fundamental en dicho cometido.
Dolores permaneció pensativa durante un buen rato. Había oído hablar del síndrome postvacacional que sufrían aquellas personas que volvían de vacaciones. No era su caso, pues ella no podía permitirse, dado el exiguo sueldo de su marido, pensar en otras vacaciones que no fueran la visita al pueblo de los tíos. También había oído hablar del síndrome del trabajador quemado que agobiaba a los empleados que padecían la mala gestión del equipo directivo de las empresas. Caso que tampoco era el suyo dada su situación de ama de casa  sin opciones a encontrar un puesto de trabajo en el mercado laboral. E incluso había oído, en los telediarios, lo del síndrome de la mujer maltratada que padecían aquellas desgraciadas que se habían unido en matrimonio a una “mala bestia” con nombre de marido, pero Manolo, su Manolo, era el hombre más bueno y cariñoso del mundo.
- Creo  -afirmó por fin- que no padezco ningún síndrome que pueda interferir en mi capacidad de pagar religiosamente las deudas hipotecarias a las que me obligue con su banco.
El empleado levantó la cabeza. Miró con aire  agresivo y descompuesto a su cliente y levantando la voz comenzó a fustigarla de una manera tan destemplada e iracunda que todos los que hacían cola ante la ventanilla enmudecieron de inmediato.
- Vamos señora. No me diga usted que no conoce el síndrome la la superwoman, esa mujer, capaz de todo, que lleva a cabo todo tipo de tareas hasta caer exhausta por la noche; o el síndrome de Maripili, que conduce a muchas mujeres hacia la sumisión y la debilidad en un intento de agradar a todo el mundo; o el síndrome de la mujer acelerada que provoca en ustedes cambios de humor y disminución del deseo sexual; o el síndrome de Eva que les produce baja autoestima e infravaloración; o el que se conoce como el síndrome del nido vacío, ese vacío existencial que sienten muchas de ustedes cuando sus hijos abandonan el hogar materno; o el síndrome de la generación sándwich de las que están entre sus hijos y los padres a los que han de cuidar; o el síndrome de la madre del emperador que incluye a todas las que son agredidas por hijos violentos y desarrollan un sentimiento de culpa….
Tras la dura y despiadada perorata del banquero, Dolores volvió a quedarse sin habla. Luego pensó y pensó en aquel cúmulo de síndromes que aquel energúmeno con corbata la soltaba desde el otro lado de la frontera. En realidad todos aquellos síndromes los había experimentado alguna vez en su vida. Y el de la superwoman a diario…aunque ella nunca supo que aquella dedicación excesiva y necesaria al hogar fuera un síndrome de algo. Pero…
- Vamos señora ¿cuál es su síndrome? – rugió el banquero con vocación de psicólogo y cada vez más necesitado de café.
Tras una breve pausa, Dolores clamó al fin…
- Creo que tengo el síndrome de la leona.
- ¿El de la leona? –interrogó el funcionario con gesto de extrañeza, haciendo la mueca del asco y el desprecio.
- Sí. No lo conoce. Es el de aquellas mujeres capaces de devorar a los gilipollas que juegan con el pan de sus hijos….
Dolores de la Casa no obtuvo su préstamo -que eso sólo pasa en las malas películas-, pero su síndrome fue aplaudido por el resto de feligreses que se hallaban en la cola y, según dicen los entendidos en fobias y sintomatologías diversas, ya forma parte de la multitud de síndromes que sufren tantas y tantas mujeres en el mundo.



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