Síndrome de sobreescolarización

 

jornada

(20/6/2008) Una de las últimas iniciativas educativas llevada a cabo por la Comunidad de Castilla y León es la que lleva por nombre “Madrugadores” y consiste en adelantar la entrada de los escolares a las 7.45 de la mañana y atrasar su salida hasta las 7 de la tarde.
17 colegios de la Comunidad han decidido, según se lee en un medio de comunicación, contar con esta oferta para el próximo curso y es muy posible que otros centros hagan lo mismo debido a la creciente demanda de los padres.
La noticia pone de manifiesto, por una parte, la dificultad que encuentran muchas familias para poder conjugar su horario laboral con el familiar y, por otra, la tendencia a que los niños adapten su jornada escolar a los horarios laborales de sus progenitores cayendo en  el síndrome que es conocido en los gabinetes psicológicos como sobreescolarización a causa del tiempo excesivo que pasan en el centro escolar. Niños que desde su más tierna infancia -alguno con pocos meses- son dejados en manos de cuidadores de la guardería o del colegio y que tras comer y dormir la siesta en el mismo centro son recogidos a las 7 de la tarde cuando los padres ya han terminado su jornada laboral.
El peligro de esta sobreescolarización a la que parece tender la sociedad, es que los niños lejos de desarrollar el comportamiento de apego con los miembros de su familia lo hacen con personas ajenas a la misma, con lo que esto conlleva de ruptura de vínculos fundamentales para el crecimiento afectivo y para el equilibrio personal futuro del niño – ¿por qué no pensar que tras esta ruptura se esconden muchos casos de depresión infantil?-.
Si a ello añadimos el cansancio producido por la acomodación de los niños a unos horarios que no son los suyos y la ausencia de juego espontáneo y libre  -aquel que no es dirigido por cuidadores o monitores deportivos- en unos años en los que lo lúdico les hace conocer y comprender la realidad que les rodea y les facilita una adecuada maduración personal y social, entonces vemos que el problema es más serio de lo que en un principio podría parecernos y adquiere unos tintes más bien sombríos.
Pero es que hay más. Los primeros valores, las primeras normas sociales, los primeros principios favorecedores de una correcta integración en el medio social, los primeros afectos se dan, se observan y se aprenden en la propia familia en las relaciones paterno-filiales y no deberían ser delegados en centros o instituciones ajenos a la misma. Las relaciones tempranas con los padres son el andamiaje que estructura las relaciones posteriores del niño con los otros y son fundamentales para el desarrollo de su personalidad.
No extraña que hayan surgido voces en los últimos años por parte de quienes denuncian que tras la violencia escolar está el exceso de presión ante la larga jornada escolar donde muchas veces se fomenta una competitividad innecesaria.
Hasta hace pocas fechas los niños adquirían, compartían e imitaban los hábitos sociales que se daban en su familia completando dicho aprendizaje con el que observaban después en el ámbito escolar en el que intervenían unas coordenadas afectivo-sociales distintas pero que enriquecían y complementaban aquéllas. La jornada laboral completa ha anulado aquel primer aprendizaje delegando funciones y responsabilidades familiares en profesores y monitores que se sienten incapaces de llevar a cabo tal cometido.
Los problemas que todo ello acarrea están aún lejos de ser estudiados en su totalidad aunque estudios recientes confirman la importancia del cuidado familiar en los primeros años del desarrollo. Jay Belsky, director del Instituto para el estudio de los Niños, las Familias y los Asuntos Sociales de la Universidad Birbeck de Londres ha hecho un importante estudio sobre el efecto de los cuidados del niño en su desarrollo, concluyendo que la experiencia familiar cuenta más que el cuidado externo, y que los primeros cuidados del niño pueden tener un efecto duradero en su desarrollo.
La política social de los gobiernos debería, por lo tanto, ir en la línea de favorecer la convivencia familiar mediante jornadas laborales que permitan conciliar la vida laboral de los padres con el tiempo dedicado a la crianza. Hoy por hoy, y como vemos por lo apuntado al inicio de este artículo estamos muy lejos de poder alcanzar este saludable objetivo y evitar problemas emocionales y conductuales en el futuro.



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