¡Sígueme!

ludus

(20/3/2012) Pues resulta que sí. Que Ángela Hernández Benito sigue “dando caña” a quienes se duermen en los laureles culturales que se viven y gozan en la ciudad del Pisuerga. Ángela y su Museo-Casa de Zorrilla. Todo un referente sobre lo que debe ser una Galería, una Casa de Cultura, una Pinacoteca, o cualquier antro que sea, o pretenda ser, un tabernáculo del saber y del sabor.
Porque esta mujer es que no para, oiga. Y uno, a estas alturas de la película, no sabe ya de donde sacará tanta energía, tanto tesón, tanta creatividad. Vean. Se reanudan los “Bautismo de Recuerdo” donde se homenajea a un poeta local , se inician los “Talleres de poesía para niños” en dos ediciones, se exponen “Ejemplares en extinción : un proyecto a proteger” sacando de la Biblioteca volúmenes singulares y dignos de ser restaurados; se lee algo “En torno a la Semana Santa” -no me digan qué-; se vive la poesía en “Primavera del 12 con Manolo Madrid”; los Amigos del Teatro presentan un poemario con el apetitoso título de “Colores”. Pero hay más: una “Proyección de Agustín Espina “Rudra versus Ananta” que es arte urbano y graffiti en estado puro (si quieren saborear el arte de Agustín Espina les recomiendo la revista ALKAID que edita y dirige Pilar Iglesias de la Torre); y para los amigos de lo antiguo, Alfredo Silva les hablará sobre “Isabel la Católica, una mujer para la historia”. Y todo en apenas tres semanas. ¿Quién da más?
Es difícil seguir y más aún imitar a esta mujer, lo reconozco, aunque hay Museos que, con mejor o peor fortuna, lo intentan. Centros que parecen haber oído el evangélico “¡Sígueme!” en boca de Ángela y se lanzan, cuál apóstoles, con un “te sigo”a lo que a todas luces es un imposible: imitarla, seguir su estela.
Por eso, lo mismo que pedí hace tiempo, en este mismo cuaderno, una calle para la gran pintora Ángeles Santos Torroella, genio de la pintura surrealista, quiero, desde aquí y por si llega a algún mandamás de la política -ahora que la ciudad presume de ser patria chica de políticos de altos vuelos, que hasta saben leer, como Dios manda, el Pregón de Semana Santa- que den la medalla del trabajo a Ángela Hernández y a su equipo o que, de lo contrario, se la quiten a todos los que la llevan.
Estuve el otro día en el Museo Arqueológico Provincial, también llamado Museo Valladolid, cuyo número de visitantes es inversamente proporcional a la riqueza que atesoran sus salas. Como tantos.
Y me sorprendió ver, en el patio del famoso palacio de Fabio Nelli -rico banquero que lo mandó construir allá por el siglo XVI y lugar donde se ubica el museo-, a un grupo de escolares (bautizados en ostensible pegatina como Popea, Numericus, Comodo, Gala, Decimus, Publia, Appius, Plotina…) jugando a lo mismo que jugaban los niños romanos: el tres en raya, las cañas, las tabas, el aro, el alquerque… Raúl, el guía, les estaba introduciendo en el mundo romano de una manera lúdica y divertida y el patio presumía de una algarabía desconocida desde los tiempos de su fundador. Ludi Romani.
Ese es el camino a seguir. Lejos de esperar al visitante ocasional, sentado en el oscuro rincón de una sala, ir a buscarlo allá donde se encuentre para que una vez metido en tan singular espacio se lo pase tan bien, mientras aprende, que no quiera salir ni harto de vino.
Que ya lo decían los antiguos: nada mejor como enseñar deleitando.
Los museos deben ser centros de degustación del saber. Y si es jugando, pues mejor.
Que se lo pregunten a Angela.



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