Senectud divino tesoro

(1/8/2008) Sábado por la mañana en un supermercado cualquiera. Ante mí una señora mayor -una vieja si se me permite pasar de eufemismos- se dispone a pagar lo comprado. La cajera se muestra con las prisas lógicas del oficio y la edad.
- ¿Tiene tarjeta de descuento?
La abuela comienza a rebuscar en los mil recovecos de su bolso con la torpeza que multiplica una vista cansada por los años y unas manos temblorosas por el uso. Mientras se entrega a la empresa maratoniana de encontrar la tarjeta exclama ante el resto de parroquianos mirando a la jovencita:
- “Juventud divino tesoro”, ..
- “Ya te vas para no volver”-, añado para evitar tensiones y demostrar que me sé la letra del poeta nicaragüense.
La cajera no entiende de poesías ni de pausas. Con la educación que le ha aportado el último curso en marketing pagado por la empresa le conmina:
- Pase aquí delante mientras busca su tarjeta, señora.
La vieja sigue buscando, mira a la muchacha y vuelve a exclamar:
-¡ay, hija, no sabes lo que tienes por ser tan joven! Aprovecha, que los años pasan pronto.
Y vuelve a entregarse a la prueba olímpica de encontrar la maldita tarjeta que le permitirá llegar a fin de mes con menos ahogos.
Cuando por fin aparece -¡si yo juraba que la había metido en la cartera!- y mientras abona religiosamente lo estipulado por las leyes del mercado la vieja  nos mira a los de la cola y nos pide una y otra vez perdón por su tardanza y su torpeza.
Todos a una clamamos que no, que no tiene por qué disculparse. Que antes o después todos nos encontraremos en su situación.
Pagué mi compra y al salir a la calle corrí tras ella para decirle:
-Abuela, en la vida hay muchos tesoros, la juventud ¡qué duda cabe! es uno de ellos. Pero usted ha demostrado gozar de tres: poseer un lenguaje poético (no todo el mundo sabe recitar poesías de Rubén Darío), una exquisita educación -pedir disculpas no parece estar entre los valores más practicados por la gente joven- y una vejez, sin duda llena de experiencias vitales y que todos los de la cola, incluida la cajera no hemos aún saboreado.
Pero la vieja ya había cruzado el semáforo y se había perdido en uno de los numerosos portales de la calle.
Me quedé con Rubén Darío y su poema, con su magnífico final:

Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris me acerco
a los rosales del jardín…

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!…
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer…

¡Mas es mía el Alba de oro!



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