Se veía venir

(30/3/2010) Pues resulta que los colegios se han dedicado tanto a educar, a disciplinar a los alumnos, a marcar comportamientos y límites, a realizar, en fin, funciones que correspondían a la familia y a toda la sociedad, que se han olvidado de lo esencial, de aquello para lo que fueron creados: enseñar las asignaturas eficazmente, hacer que los alumnos aprendan y aprueben, lograr el nivel de formación adecuado y reducir así el alarmante porcentaje de abandono escolar que según los últimos informes se eleva ya al 31%.
Sí, han leído ustedes bien. De cada cien muchachos de secundaria 31 abandonan los estudios aquí en España y alimentan las largas colas del paro. Largas ¡ay! como un día sin pan. No podía ser de otra manera.
Mientras tanto el profesorado, que sigue desorientado y sin saber cuál es su función, gasta enormes cantidades de tiempo y energía en hacer funciones extraacadémicas que deberían ser realizadas por otras entidades sociales y en especial por la propia familia.
Lo dijo bien claro Frank McCourt –autor del premio Pulitzer “Las cenizas de Ángela” cuando en su libro “El profesor” contó su experiencia personal: “ En el aula del instituto eres sargento instructor, rabino, paño de lágrimas, ordenancista, cantante, erudito de poca monta, administrador, árbitro, payaso, consejero, controlador de vestuario, director de orquesta, apologista, filósofo, colaborador , bailarín de claqué, político, psicoterapeuta, bufón, guardia de tráfico, sacerdote, madre-padre-hermano-hermana-tío-tía, contable, crítico, psicólogo, el último asidero.”
Las cosas se pusieron ya mal cuando a las antiguas Escuelas de Formación del Profesorado (las escuelas Normales) se les cambió el nombre por el de Facultades de Educación ¿se acuerdan?; desde entonces el personal va de tumbo en tumbo sin saber qué demonios pinta en este desaguisado y a qué es a lo que tiene que dedicar su vida.
Si ustedes toman cualquier programa docente en cualquier colegio verán cómo el término educación se repite hasta la náusea. Incluso las escuelas y colegios de toda la vida se autodenominan Centros Educativos, dejando las cosas bien claras para quienes se acerquen a solicitar la admisión de sus vástagos. A tan rimbombante nombre le siguen actividades no menos ostentosas: propuestas de educación en valores y educación integral, proyectos educativos llevados a cabo por los agentes educativos, llamadas a la colaboración entre educador y educando; y se profundiza incluso en el estilo educativo que han de tener los centros (basado en la larga historia educativa del centro y buscando una autonomía y unas diferenciaciones con otros centros que rayan casi lo étnico) cosa que está muy bien si no fuera porque la familia que debe ser la primera y primordial entidad educadora no hace sus deberes y delega cada vez más en quienes con arrogancia y orgullo desmedidos se autoproclaman educadores. (Ya se habla incluso de una “ecología educativa” que considera la decoración de las aulas, las instalaciones, el clima humano… para llegar a lo más de lo más: una “acción educativa global”).
Y no seré yo quien diga que los profesores no tienen que educar. Claro que han de hacerlo. Lo harán. Me consta que son buena gente. Como tiene que hacerlo el médico, el juez, el ganadero, el sacerdote, y el programador del canal televisivo (sobre todo éste). Cada cual en su campo ha de trasmitir unos valores, una forma de ver la vida, una deontología.
Pero estarán conmigo en que para evitar el fracaso escolar y el correspondiente abandono de los centros por parte de los muchachos hay que hacer algo más que educar. Hay que conocer en profundidad las didácticas de cada asignatura, hay que dominar y actualizar los métodos más eficaces de enseñanza para que el alumno alcance el aprendizaje óptimo, hay que saber enseñar a los alumnos unas técnicas de estudio que logren la eficacia y la eficiencia. Esas eran las asignaturas de las antiguas Escuelas Normales y uno quiere creer que lo seguirán siendo en las Facultades de Educación.
A mayores niveles de formación menor tasa de paro, sentencian los más lúcidos; esos que intentan dar solución a la maldita crisis. Y es que a la hora de la verdad usted puede ser una persona muy educada, muy correcta; pero con ese pedigrí a usted no le contratan los de recursos humanos. No da el perfil, vamos.
Porque al final de lo que se trata es de saber si usted está o no cualificado para el puesto en cuestión que quiere cubrirse. Si usted alcanzó en la escuela y más tarde en la universidad la formación exigible para desempeñar dicho trabajo. Y si además es una persona educada pues tanto mejor.
Volvamos pues a las sendas de la racionalidad y llamemos a las cosas por su nombre. Al pan, pan y al vino, vino y que cada palo aguante su vela.
Y si los padres, por falta de tiempo o de preparación, se ven incapaz de educar a su prole y quiere delegar en otros dichas funciones pues que se cree la figura del educador familiar, orientador o como quiera llamárse, que dedique todo su tiempo a suplir -si es que ello es posible- la educación paterna durante la infancia y primera juventud de los hijos.



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