San Pablo de Valladolid

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(30/8/2008) Según quienes manejan las estadísticas vacacionales -que al parecer nunca se van de vacaciones- el número de turistas que han visitado la ciudad de Valladolid ha aumentado durante este verano, tan castigado, por lo demás, por la crisis. Para unos ha sido precisamente la crisis económica quien ha logrado que muchos compatriotas desertaran de playa y chiringuitos para refugiar su pobreza en ciudades del interior. Para otros la razón estaría en los numerosos encantos y atractivos turísticos que ofrece la ciudad del Pisuerga. Como ven cada cual arrimando el ascua a su sardina.
Recuerdo que hace años, cuando la ciudad aún no se había repuesto del maltrato y el expolio ocasionados por una voraz urbanización, al llegar parientes o amigos de otras ciudades con el loable fin de conocer la nuestra, uno se quedaba pensativo y preocupado durante un buen rato (algo así como pasmado) hasta que, de repente, le venía como caída del cielo la solución. Y en esta solución siempre estaba el llevarles a ver la Iglesia de San Pablo. Mejor dicho, a ponerles frente a la fachada de la Iglesia. San Pablo, su fachada, nos permitió a muchos presumir de ciudad cuando había tan pocas cosas de las que presumir. Era poner a nuestros visitantes ante su espléndida fachada para que adquiriéramos la satisfacción del ganador en un torneo, el orgullo del padre que presenta a su vástago, crecido y hermoso, a la parentela.
- Aquí tenéis la fachada de San Pablo- decíamos mientras observábamos los gestos de nuestros allegados y anotábamos en lo más profundo de nuestro orgullo sus exclamaciones.
Luego, ya metidos en harina, nos venían a la cabeza otras joyas arquitectónicas que estaban al lado y en las que no habíamos caído: San Gregorio, el Palacio de los Pimentel, el Calderón, el Palacio Real, etc. Pero quien había espoleado nuestro recuerdo monumental, quien nos había quitado “el muerto” de encima sobre dónde llevar a los primos había sido la Iglesia de San Pablo. San Pablo era el faro para navegantes urbanos perdidos en el itinerario turístico.
Todo esto viene a cuento porque, tras varios años de trabajo, los restauradores han terminado su tarea de aseo y limpieza de dicha fachada y el edificio tiene ahora un esplendor añadido que, aunque nunca nos fue ajeno a pesar de guanos y costras, hechiza a cuantos lo contemplan desde cualquier lugar de la plaza.
Resistente al tiempo y a los ataques de todo tipo -humedades, palomina, contaminación, heladas, francesada, desamortización…- la obra que Simón de Colonia iniciara allá por el siglo XV y que reformara en el XVII Francisco de Mora, brilla con luz propia en la Plaza de San Pablo. Nos hallamos ante un excepcional ejemplo del estilo gótico hispano-flamenco que por sí mismo bien merece una visita a la ciudad de Valladolid.
Rodeando la fachada y marcando la antigua jurisdicción eclesiástica se hallan trece leones en piedra que hace años me sugirieron la siguiente estrofa en mi libro “Valladolid ¡si yo te contara!”:

Bella Iglesia de San Pablo
trece leones te abrazan
embelesados mirones
de tu lujosa fachada

 Fachada-retablo de pura filigrana y extraordinarios altorrelieves que hizo exclamar a Antonio Ponz, -ilustrado español autor del libro Viaje de España- allá por el siglo XVIII: “Es preciso verla para creer que hubo hombres con pericia de acabar tales obras”.  



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