Quitarse el muerto de encima

velatorio

(1/9/2013) No es la primera vez que me pasa. Tras recibir la impactante noticia de la muerte de un conocido, acudo con la rapidez del rayo al tanatorio y, tras comprobar la idoneidad de los apellidos que identifican al finado en una de las salas, entro para abrazar a unos deudos que supongo llorosos, a un amigo que imagino preso de la desesperación, a una viuda desconsolada y…¡oh, dioses!… allí no se encuentra nadie. Rectifico. En esos momentos solamente nos hallamos el muerto y yo, como actores de una película de terror o de una macabra broma con cámara oculta. No es la primera vez que me pasa. Repito.

Pero, ¿qué diablos está ocurriendo?, medito mientras salgo, como corrido, del lugar.

Reconozco que el tema de la muerte ha sido desterrado de nuestro mundo hedonista y que las horas de vela se han ido reduciendo -ya casi nadie acompaña por la noche al cadáver- arguyendo disculpas más o menos coherentes: cansancio, prepararse para el día del entierro, auto-convencerse con un “bastante hemos hecho durante la enfermedad”, etc…

Pero de esto a dejar al pobre muerto en el tanatorio, abandonado a su suerte, sin viuda que le llore, sin deudos que le velen, sin vivos que le acompañen, pues ya me dirán.

Recuerdo los entierros de mi infancia, con viejas velando todo el día y la correspondiente noche, aferrándose desesperadamente al ataúd para que no saliera el finado de la humilde vivienda. Aún retumban en mis oídos los llantos desesperados, los alaridos desgarradores de quienes sujetaban la caja, arañando desesperadamente a quienes intentaban sacar al muerto… Era una coreografía de la muerte que helaba la sangre. ¿Se acuerdan?

Pues de aquello hemos pasado a desentendernos del muerto lo más rápidamente posible, a quitárnoslo de encima como si de un delincuente se tratara. “Que los niños se pueden traumatizar, abuela”.

A esa rauda y cobarde desaparición del cadáver, ha contribuido, sin duda, la aceptada y generalizada moda de la cremación. Cuantos menos restos queden mejor, y si se espolvorean las cenizas al viento pues mejor que mejor. Ya no habrá lugar al que llevar flores, huesos que delaten el ADN ancestral, vestigios del familiar ubicados en alguna parte. Nada que recuerde a la muerte ni a su dirección particular en el cementerio. Nada.

Nadie se culpará, cual otro Gustavo Adolfo Bécquer, de “dejar tan tristes, tan solos los muertos”. Si no hay muerto no hay muerte, ni tristeza, ni soledad, piensan…

Por eso, sabedores de la vieja sentencia que dice que “donde las dan, las toman”, muchos de mis conocidos tienen claro lo que han de hacer con sus cenizas. En realidad quieren adelantarse a sus parientes en una decisión que estos ya han tomado. Unos quieren que sean arrojadas al mar, otros que sean aventadas desde la torre de su pueblo, otros en la viña familiar, otros en el río…

No dejar rastro del muerto, aunque seamos los próximos en la lista. Ese es el objetivo. Que hay que vivir a tope y dejarse de monsergas de muerte y cementerio.

Aunque siempre hay algún raro.

Tengo un amigo que, visto lo visto, se está haciendo el testamento vital para evitar sorpresas de última hora. De la hora definitiva, esa en la que ya no te puedes quejar ni defender.

Quiere, me dice, asegurar vela y llanto en su entierro antes de que los deudos metan mano en la herencia y corran a celebrarlo con un opíparo banquete, murmurando aquello de “el muerto al hoyo y el vivo al boyo”.

Pide, aprovechando que es de pueblo, ser llevado a hombros -nada de coche fúnebre- con paradas intermitentes en el recorrido hacia el camposanto, con un sacerdote de los de antes –con teja y breviario, dice- despachándose, de trecho en trecho, con responsos lúgubres clamados en el latín más oscuro que demuestren que Sartre tenía razón cuando afirmó que “la vida es un pánico en un teatro en llamas”. Dies irae, dies illa, solvet sæclum in favilla…

Y ya puesto y dado que no hay viudas como las de antes, ni viejas que alaben la mortaja o el aspecto que tiene el muerto -ya no se abre el ataúd porque hay mucho morboso, dicen, y “mejor recordarle como era en vida”-, contratar el servicio de unas plañideras para que lloren su pérdida a moco tendido mientras se arrancan el cabello con gestos histriónicos.

Y que, antes de que el sepulturero, a golpe de pala y azadón, cubra “la de pino” con la negra tierra del pudridero, el deudo más próximo, abra la caja para dar fe de que el próximo inquilino del adosado con vistas al subsuelo, es él y no un impostor. Que no hay que fiarse…

Y luego dos años de luto y uno de alivio…

Como en los viejos tiempos. R.I.P.



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