Puro teatro

ojo

(10/10/2016) Aquí estoy. Esperando pacientemente a que alguien marque mi teléfono y me pida los derechos de autor de “Punto de mira” para llevarla al cine. O quizá para una serie de televisión (hay una que, mira por donde, se titula “En el punto de mira”), o como argumento para una ópera como ha ocurrido con El amor en los tiempos del cólera llevada a escena por el húngaro Peter Eötvös, o, ya puestos, tocar el cielo viendo mi novela en una obra teatral como ha ocurrido con Harry Potter y el legado maldito, estrenada recientemente en Londres por el dramaturgo Jack Thorne, o con El pintor de batallas de Arturo Pérez Reverte. Por soñar que no quede.

Una obra con decorados llenos de mirillas, de persianas venecianas (las mejores para espiar), de visillos, gateras y ojos de cerradura, donde todos los actores del drama (también el público, el autor, los directores de escena, los guionistas, los tramoyistas, la señora de la limpieza…todos) estuvieran en el punto de mira de todos. Donde quien mira desde las rendijas del cortinaje sea visto desde el ojo de la cerradura por otro mirón que, a su vez, es observado por un voyeur desde la gatera del patio de butacas, que es visto también desde los visillos por un fisgón desde el otro lado de la calle.

No solo un ojo a lo “Gran hermano” o  como aquel ojo de Dios que, desde un triángulo, veía todas las miserias de nuestra infancia. No.  No un solo ojo, sino un ojo compuesto por miles de ocelos, como los de las moscas, esos seres que nos espían desde el aire y siempre llegan antes que el forense y que la policía.

Que hicieran con “Punto de mira” una obra de teatro sería “la leche”, y si el autor es Fernando Arrabal, ni te cuento.

Una obra que fuera del gusto de Buero Vallejo, el autor más importante del teatro español, que hubiera cumplido cien años, si viviera, y del que nadie se acuerda, ¡ay!

Porque Buero que se adelantó a todo, se adelantó también a mis mirillas, visillos y persianas para fundirlo todo en una escalera que es también una ventana al mundo. En Historia de una escalera, el enorme Buero nos presenta la escalera como esa miríada de ocelos de los que les hablaba antes, la escala como mirilla vertical y quebrada, desde la que se ven todas las miserias humanas.: historias de sangre y crueldad como la vida misma. Porque la vida es muchas veces una caja de terror con miles de ojos en sus laterales que observan el drama y no intervienen.

Caja de Terror como el teatro abierto por Raúl de Tomás en Madrid y dedicado al terror interactivo.

¡Qué suerte la mía, si Raúl de Tomás, se fijara en mi obra, en Punto de mira, y la llevara al teatro, a su Caja de Terror!; porque mi novela trata de eso, del terror a la delación, a la calumnia, a estar, irremediablemente, en el punto de mira, en el ojo del huracán, sin poder escapar a miradas que son cuchillos.

 Dicen que en España el teatro goza de buena salud, que un millón de personas acudieron al teatro en el Madrid del 2015, que hay producciones en las que participan los vecinos del barrio como  en Historias de Usera de Fernando Sánchez-Cabezudo, por eso extraña el olvido hacia uno de los dramaturgos más importantes del siglo pasado, Buero Vallejo, que nació un 29 de septiembre, de hace cien años.

 Buero, el hombre que conoció el terror del que les hablaba antes (seis años de cárcel tras la guerra, ocho meses esperando la sentencia a muerte…), que nos legó el retrato de Miguel Hernández hecho cuando compartían cárcel, que fue miembro de la Real Academia Española y Premio Cervantes, que es autor de obras cumbres del teatro español, no se merece el olvido al que le han condenado intereses bastardos y mezquinos.

  En la ardiente oscuridad, obra que trata de la ceguera, Buero somete a los espectadores a lo que se ha bautizado como efecto de inmersión: debilitar la luz de la escena hasta llegar al oscurecimiento total y hacer vivir al espectador, la ceguera de los personajes.

Por eso pienso que Buero, si viviera, o Arrabal, o Raúl de Tomás, podrían perfectamente lograr ese efecto de inmersión con Punto de mira, llenando de cámaras ocultas y ojos la sala de estreno, donde todos se sintieran observados por todos y nadie escapara a la mirada incisiva  y lacerante del otro.

Y como música ambiental, la voz desgarrada de La Lupe:

Teatro. Lo tuyo es puro teatro,

falsedad bien ensayada,

estudiado simulacro…



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