Por sus títulos los conoceréis

moures

(30/9/2015) A estas alturas de la película literaria estarán conmigo que ante la abrumadora cantidad de obras que ofrecen las editoriales de todo signo y condición, lo mejor es leer los títulos.
Porque el título es el libro. Es el resumen parco y libre de lo que el libro contiene y no hay como leer el título de cualquier libro para conocer su interior.
Por eso les animo a que hagan como esos lectores gorrones que se aproximan a los umbrales de cualquier kiosco con el único objetivo de leer los titulares de la prensa que es como leer todos los noticiarios de cabo a rabo.
Con los libros lo mismo. Acudan a cualquier librería, se aproximen a su sección de novedades y se den el gustazo de leer todos los títulos de la temporada. Y ya está. Han leído todos los libros.
Reconozco que estoy impactado por los títulos de algunos de los libros que han caído en mis manos y que he pensado en más de una ocasión en hacer un listado con aquellos que más me han impresionado. Tarea que de momento tengo aplazada pero que algún día retomaré.
Porque un título no es sólo el libro, un título es también su autor. Si quieren tener la biografía de cualquier autor, sea del país que sea, lean los títulos de sus libros. Y si pueden hacerlo en su propio idioma pues mejor. Esos titulares resumen la personalidad del autor, la biografía de su alma, que es la auténtica biografía. De manera que tras leer los títulos tiene usted cumplido conocimiento del libro y del autor. Dos pájaros de un tiro.
La revista “Leer”, por ejemplo, nos ofrece, en su último número, una profunda semblanza literaria del escritor Gonzalo Moure. Todo acertado y en su punto lo dicho por el articulista, pero tras leerlo me convencí de que había perdido el tiempo porque para conocer a Gonzalo, al hombre y al escritor, sólo hay que leer los títulos de su obra. Vean:
“Palabras de caramelo”, “El oso que leía niños”, “El mejor amigo del perro”, “¡A la mierda la bicicleta!”, “El vencejo que quiso tocar el suelo”, “Soy un caballo”, “El beso del Sahara”, “Yo, que maté de melancolía al pirata Francis Drake”, “El bostezo del puma”, “Nacho chichones”, etc.
Quien diga que después de leer estos títulos no conoce la obra de Moure y su biografía es que no entiende de la misa la media.
Y lo mismo que les digo de Gonzalo, podría decirles de Unamuno, otro ejemplo entre tantos. Sigan viendo:
“El sentido trágico de la vida”, “Niebla”, “El espejo de la muerte”, “San Manuel Bueno, mártir”, “La tía Tula”, “Amor y pedagogía”, etc.
Sí. “Niebla” es cumplido resumen de una obra en la que los personajes hablan con el autor y pretenden matarlo. Y el título suficiente motivo para conocer al existencialista Unamuno que puso en el centro de su reflexión filosófica al hombre de carne y hueso.
Benedetti que tanto sabía de libros y de títulos nos dejó una frase que confirma lo que hasta aquí se ha apuntado:
“Una parte importante de un cuento es el título: lo ilumina”.
Y quien dice iluminar, dice sugerir, atraer, intrigar, poseer, soñar…por eso hay quien se toma su tiempo a la hora de titular un trabajo. Hemingway, otro ejemplo, ponía un listado de posibles títulos -hasta cien, llegó a poner- e iba tachando uno por uno a los distintos candidatos a ser el alma de la obra, el resumen de los resúmenes, el libro, el autor.
Pero yo pienso, y que me perdone don Ernesto, que hay que actuar al revés y que lo primero es pensar en un buen título. Un título que resuma la obra y que le resuma a uno -un escritor es su obra- y luego, comenzar a divagar con cosas insustanciales. Porque lo sustancial, el meollo, está en el título. Lo demás sobra. Y punto.
Ahora que se habla tanto de los microrrelatos como si se acabara de descubrir el Mediterráneo, hay que decirlo bien claro y bien fuerte: el título es el mejor microrrelato que se ha inventado. Porque cualquier libro atesora un microrrelato: el microrrelato que encierra su título.
Gabriel García Márquez nos legó uno que está entre lo más largos. Todo un record Ginness:
“Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre”.
El genial colombiano nos dio un título que era todo el libro. Y con ello nos hizo ahorrar tiempo.
San Juan lo tenía muy claro cuando nos catequizó con aquello de “en el principio era el Verbo y el Verbo era Dios”.
Pues claro. En el principio era el Título y el Título era la Obra. Y el autor.

 



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