Perfume de libro

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(10/2/2013) Ahora que Gerhard Steidl -ese artista del libro total- defiende con pasión desmedida la hermosura  del libro impreso desde la Barcelona eterna, bueno será romper una lanza por aquellos que hacen posible tanta belleza y tanto arte; por quienes se hallan en el origen de todo el cotarro: los escritores.

Que sin la criatura que pare la imaginación de tantos escribanos y letraheridos de poco le serviría el adorno y la perfección que rozan sus ediciones, señor Steidl.

Escritores de culto como Néstor Luján tan elogiado por Cortázar; o como Donald Ray Pollock que publicó Knockemstiff –que vaya nombre- y que acaba de publicar El diablo a todas horas.

O escritores de bulto como tantos y tantos que escriben para llenar estanterías, bolsillos y poco más y que, promocionados en la telebasura de los programas de la tarde, firman millones de ejemplares en las grandes superficies del dinero.

Pero Steidl no necesita para su arte que el autor sea de culto o de bulto. Que tanto le da. Que él y su equipo de Göttingen se encargan, con lo que les aportan los plumíferos, de hacer un trabajo multisensorial donde queden prendados vista, oído, olfato, gusto y tacto. Que la sensualidad del papel impreso nunca será alcanzada por la impresión digital. Dice.

Y el escritor de culto tampoco necesita de Steidl. Que lo que importa es el contenido y no el paquete, señor Gerhard. Que para ser escritor de culto lo único que se necesita es morirse y ser un raro como Nicolás Gómez Dávila,  o  como Cristóbal Serra que se hizo de culto con la asnología, o como Joyce que puso en el altar del sacrificio su Ulises para que lo adorase la modernidad que está por llegar.

Pero el Ulises, que tanto se atraganta  a los estómagos poco acostumbrados a manjares, ganaría mucho con el olor que Steidl y Lagarfeld han creado con el libro impreso. El perfume total. La esencia del libro impreso recogida en un frasco de cristal -Paper Passion- para que Luis Cornejo, otro escritor de culto, siga voceando en la Plaza de Armas de Santiago de Chile sus libros, sus olorosos libros, a quien carece del olfato que se merece la buena literatura.

Así que hay que ir a Barcelona y asistir a la exposición “El arte de hacer libros con artistas: Steidl o la dimensión artesanal de la edición” y ya de paso comprarse el perfume del libro del autor de culto que a cada cual le pone y que además de culto suele estar oculto.

O la fragancia barata del autor de bulto que usted adora y que hace tiempo se elevó al altar de paja de la fama y que vende como churros su producto en los grandes pajares comerciales.

Que como diría Cervantes “hay mucho escritor fingido…que se atrevió, o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal desañilada…” pero que se llenan el bolsillo ante tanto lector desprovisto de olfato o carente de la necesaria educación en fragancias.

Y llegados a este punto uno, que es un ignorante, se pregunta cómo será el perfume de la obra literaria de David Foster Wallace, cómo la de Alan Moore, cómo la de Siu Kam Wen. ¿Olerá con el regusto amargo de la ironía, la del primero?; ¿olerá a celuloide glamuroso la del segundo?; ¿olerá a esencia limeña la del tercero?

Y ¿a qué olerá la esencia de la obra del escritor de bulto? ¿Tendrá el olor aséptico del dinero? ¿o el olor falso, perecedero e hipócrita que da la fama? Lo ignoro.

Por eso, como me hallo carente de la discriminación olfativa necesaria para distinguir el oro del oropel me acercaré al centro comercial de mi ciudad y me dedicaré a oler la obra que presentó el político de turno, la que firmó el presentador de una tertulia televisiva, la que contiene las memorias de un conocido –por mediático- arquitecto; aquella que está firmado por un famoso futbolista…

Luego marcharé a la librería de viejo y oleré el rancio perfume de Roberto Bolaño, de Enrique Vila-Matas, de Harry Crews, de Pierre Michon, de Gabriel Miró, de J.D. Salinger,  de Alejandro Jodorowsky, de James Salter, de Mauricio Magdaleno… Y de tantos otros.

Terminaré, porque hay que terminar, con el olor vengativo y liberador de Alberto Laiseca y “Su turno para morir” o con Haruki Murakami que sabe cómo pasar de escritor de culto a escritor de prestigio y grandes ventas.

Un salto mortal que pocos logran y casi nadie intenta. ¿Cómo será su perfume?



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