Optimismo a punta de pistola

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(10/1/2012) Aunque alguien dijo que un pesimista es una persona bien informada, lo que se lleva es el optimismo.
La crisis económica que azota nuestros hogares, otrora boyantes y epulones, se refugia en la cueva cobarde y necesaria del optimismo, en el antro del “al mal tiempo, buena cara” de nuestros abuelos. Tan sabios ellos.
- Bueno hombre- nos dice el vecino- que tampoco es para tanto. Que nunca hemos vivido como vivimos hoy.
Y uno piensa y calla (y el que calla otorga) que, el muy cobarde, eso no se lo dice al que está a punto de agotar la prestación por desempleo y no tiene de colchón económico a la abuela pensionista para sacarle del apuro.
Pero , como dije, lo que se lleva es el optimismo, la alegría de la huerta, el ver la botella medio llena y no medio vacía. Ver el lado amable de la vida y ¡¡Olé!!
Por eso, con la crisis, han aumentado, como setas en pinar, los cursos de yoga, los orientalismos y las ponencias sobre cómo ser alegre y optimista con lo que está cayendo o precisamente por eso.
Por eso Matt Riddey ha escrito “El optimismo racional” demostrando que la historia del hombre es un “crecendo” de felicidad y de progreso. ¿Vale?
La antigua frase de “más se perdió en Cuba y venían cantando” es esgrimida por los nuevos predicadores del buen rollito dominguero y que están, desde la noche de los tiempos, en perpetua lucha contra los irredentos pesimistas que no dejan de esgrimir aquello de que “la vida es una película que siempre acaba mal”. Los muy cobardes.
Uno de estos telepredicadores del optimismo más radical es Emilio Duró que lleva tiempo dedicándose al duro -y que valga la redundancia- intento de hacer que este país se embarque en la ilusión y la alegría. ¡Pobre!
Emilio, que no sé si logrará su propósito, lo que sí logra a todas luces es hacernos reír -que no es poco- y demostrarnos “científicamente” que somos una “mierdecilla” en un mundo que es una mierda, dentro de una galaxia de mierda. Y que para qué preocuparnos por cosas que son baladíes a los ojos de cualquier extraterrestre.
-No es que te caigan todas las mierdas – le recuerda, Emilio Duró, al quejica- es que, seguramente, eres una mierda.
Gracias a gente como Emilio, los pesimistas, esas personas que ya cuando nos hallábamos en pleno sarao del ladrillo nos arruinaban la fiesta con frases como “ya lo pagaréis”, son cada vez más una especie en extinción sin nada que hacer en un país de maravillas.
-¡Deja de quejarte!, ¡Pónte a hacer ejercicio! ¡Cambia los hábitos que te llevan al fracaso!¡Copia los hábitos saludables de quienes triunfan!- insiste desde el desierto, el catalán.
Y en esas estoy. Apuntándome a la kaleborroka del optimismo más radical.
Aunque temeroso, eso sí, de que mientras me ejercito en “el buen rollito” del “¡sonría, por favor!” me salga algún cantamañanas vestido de locutor de radio y mientras me desayuno la tostada me escupa en la cara el “no seas pesimista. Espera. Falta lo peor”.Y que, efectivamente, compruebe cómo, la tostada, se me cae por el lado de la mantequilla como dijo ¡ay! otro sabio en pesimismos.
Siempre hubo “aguafiestas”.



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