Ocio a la japonesa

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(10/08/2016) Como lo nuestro son los bandazos, en poco tiempo hemos pasado de considerar el trabajo como una maldición bíblica –“ganarás el pan con el sudor de tu frente”- a tenerlo como una bendición cuya ausencia conduce a la depravación y al vicio.

Un conocido escritor confesaba recientemente: “Todo es diversión. El ocio es lo único. Estoy muy desolado y cabreado”.

Y uno, que es un patán en esto de analizar las nefastas consecuencias de tanto ocio, piensa en los hombres y mujeres que conoció, trabajadores a destajo, sin más ocio que cuando paraban para ir a comer o a satisfacer otras necesidades básicas, azuzados por viejos moralistas desde las tribunas del orden. “El ocio lleva al pecado y el trabajo dignifica”, les decían.

 Quienes pasamos los veranos de nuestra infancia trillando en la era, envidiando el ocio de los turistas que paraban junto a la carretera (ingleses, franceses, alemanes…) para hacernos fotos que demostrasen nuestro tercermundismo, no entendemos que estuviésemos tan equivocados al admirar y desear el ocio de aquellos visitantes que nos parecían extraterrestres (seres de mundos desconocidos con vacaciones).

Porque aquel era el estilo de vida que deseábamos: dejar mulas y trilla para tener coche y verano.

El ocio es la madre de todos los vicios, nos decían, pero todos hacíamos cola por llegar a conocer a aquella madre tan estupenda.

Pero está visto, señor escriba, que nos equivocamos y que ahora pagamos los excesos de haber abandonado los aperos para entregarnos al ocio y la molicie. ¡Insensatos!

-¡Lo mejor es el curre, hombre! -me dice un viejo amigo que se pasa el tiempo asesorándome de las ventajas de un trabajo digno y bien remunerado, ese que sólo existe en alguna película de ciencia ficción.

 Molesta el ocio. Está claro. Molesta, sobre todo, que los desarrapados de siempre tengan su mes de vacaciones y dispongan de un tiempo libre que siempre fue patrimonio de unos pocos, de las élites, de los privilegiados. De unas clases dirigentes que, ociosas, se dedicaron (y dedican) a conjugar el verbo corromper.

De vez en cuando, asistimos a postureos ancestrales que creíamos superados, a resabios clasistas como los de quienes se quejan de no encontrar mesa en la que sentarse cuando acuden a un restaurante.

-Pero, ¿no estamos en crisis? -claman con quejosa ironía al comprobar que no hay mesa libre en el restaurante donde sólo debieran estar ellos.

Las primeras vacaciones pagadas surgieron en la Francia de 1936 y mientras allí se entregaban al “pernicioso” ocio durante el verano, nosotros nos dedicábamos a la “saludable” tarea de matarnos los unos a los otros.

Luego, ya en los sesenta, pudimos hablar de veraneo, de tiempo libre, algo que para la gente del campo fue siempre cosa de señoritos o de turistas que les observaban desde el caballo o desde el coche. Como si formaran parte del famoso documental “El hombre y la tierra”.

 Vuelve la vieja liturgia del trabajo. Del trabajo a destajo, sin tiempo libre que degenere en vicios. Trabajo a la japonesa, que lleve hasta la muerte si es preciso, como dice el periódico:

“Las muertes por exceso de trabajo alcanzan un nuevo record en Japón”.

Trabajo como el de Mina Mori, empleada que a los 26 años se quitó la vida tras permanecer “trabajando durante dos meses a un ritmo extenuante de 140 horas extras cada treinta días”, según refiere la prensa digital.

Nada de ocio remunerado, que luego la gente no sabe qué hacer y se dedica a fiestas con botellón, a arrojarse tomates, o a tirarse, desde el balcón del hotel, a la piscina.

-¡Vivís sin hacer nada!, ¡vagos, más que vagos! –grita el bisabuelo al vástago que se dedica a perseguir pokemon por el pueblo, mientras recuerda como él, señorito de campo, se dedicaba a perseguir y embarazar criadas.

Habrá que introducir una nueva asignatura en las escuelas. Una que se encargue del ocio y su enseñanza, antes de que algún iluminado lo prohíba.

“El sabio uso del ocio es un producto de la civilización y de la educación”, decía Bertrand Russell. Pues eso.



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