Morbo literario

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(30/05/2017) Once de febrero de 1963, lunes. Tras levantarse y preparar el desayuno a sus hijos, Sylvia se dirige a la cocina, humedece una toalla en la pila, la coloca en las rendijas de la puerta para que quede bien sellada, abre el gas e introduce la cabeza en el horno…

 Han pasado cincuenta y cuatro años y, desde entonces el número 23 de Fitzroy Road en Londres, el lugar en el que se suicidó la escritora Sylvia Plath, aparece lleno de turistas que quieren recordar y “vivir” desde la cercanía la muerte de la escritora.

Estamos ante uno de los espectáculos que ofrece el tiempo de ocio (cada vez más abundante) y que ha pasado a llamarse turismo literario.

Un tipo de turismo basado en la vida y en las obras de escritores célebres que alcanza su punto álgido en aquellos que se fueron al otro lado de forma destemplada y sin pedir permiso, en los lugares que eligieron para darnos su adiós definitivo, en los puntos geográficos donde su imaginación desatada pobló de crímenes más o menos horrendos. Un turismo basado en acudir a los lugares en los que pueda adivinarse y “revivirse” con morbosidad enfermiza (casi hasta el regodeo) el lado más oscuro de los “plumillas”.

Ocurre en quienes visitan el pueblo de Haworth donde vivieron las hermanas Brontë (Charlotte, Emily y Anne) y que más que visitar la casa de las hermanas o interesarse por su producción literaria, se interesan por el lugar en el que Branwell Brontë (hermano de las escritoras) compró el opio que sería la causa indirecta de su muerte temprana, o por los bares en los que se emborrachaba, o por el  cementerio de la localidad donde se estiman que hay cuarenta mil personas enterradas y que las hermanas Brontë veían desde las ventanas de la rectoría.

 Lo que interesa es el morbo, el escalofrío, el amarillismo literario.

 Está bien deambular por las calles dublinesas para saborear lo leído en el Ulises de James Joyce, o hacer lo propio por las calles de Oviedo para recordar a La Regenta de Clarín. También visitar el Vaticano tras haber leído Ángeles y demonios  de Dan Brown, o el Madrid literario de Cervantes, Lope, Quevedo…Pero no es lo mismo. No genera el morbo que procura el visitar los lugares más amargos en la biografía de los escribas. Puntos fetiche inigualables para los amantes de las emociones fuertes.

 Visitar, por ejemplo el lugar en el que Ernest Heminguayse levantó la tapa de los sesos con una escopeta de dos cañones, o aquel en el que Yukio Mishima practicó el harakiri (el campamento militar de Ichigaya), o las orillas del lago Wannsee donde el dramaturgo Heinrich von Kleist  se quitó la vida en compañía de su amante, o el inmueble de Madrid (tercer piso del nº 3 de la calle Santa Clara) donde José de Larra se disparó un tiro en la sien.

Quince de abril de 2017, sábado. Hoy toca visitar el norte de Navarra. Tras desayunar en Pamplona, visitar Roncesvalles y llegar a la población de Elizondo… ¡sorpresa! El pueblo está atestado de turistas que han debido pensar lo mismo que yo, conocer el rico pueblo del valle de Baztán y admirar sus casas indianas, su iglesia de Santiago, su viejo ayuntamiento, sus palacios, su paisaje…Pero no. Pronto compruebo que no. Al acercarme a la Oficina de Información Turística veo una interminable cola de turistas que se interesa, únicamente, por los lugares de la película El guardián invisible basada en la novela homónima de Elena Redondo.

 No salgo de mi asombro. ¿Hay tantos lectores en España? ¿o, simplemente, han visto la película como yo?

 Por eso, ante el escaso interés por los libros, son muchos los que apuestan por un turismo basado en el morbo literario, un turismo obligado a visitar el lugar en el que Emilio Salgari practicó el harakiri, un turismo que obligue a sumergirse en el río Ouse, a ser posible con los bolsos llenos de piedras, imitando a la genial Virginia Wolf, a tomarse un vino en el Café La Montaña donde Valle- Inclán, en pelea rufianesca, perdió un brazo, o a estrellarse en el mismo árbol en el que lo hizo el poeta salmantino Severino Tormes a ser posible recitando su último poema:

“Tengo la sensación de haber vivido absolutamente en vano. ¿De qué me han servido los libros, la música, el amor, la poesía? Una amarga carcajada contra un árbol y otra eterna en el infierno”.

También ¿por qué, no? Un turismo que invite a visitar los múltiples psiquiátricos que hubo de conocer y soportar el poeta Leopoldo María Panero, uno de ellos, el hospital Hermanas Hospitalarias de Nuestra Señora de la Paz, también en Elizondo (¡qué casualidad!). Son tantos que darían para varios viajes programados por el Imserso.

 Pero la gente se acostumbra, se aburre y necesita emociones cada vez más fuertes. Por eso las agencias de viaje ya piensan en la alternativa. No quieren renunciar a la gallina de los huevos de oro. Cuando el cansancio que produce la costumbre y el hastío llegue, se irá a una recreación histórica de los sucesos más macabros. Alguien meterá la cabeza en el mismo horno que lo hizo Sylvia Plath, o perderá un brazo, en combate de esgrima, en el café de la Montaña, o jugará a la ruleta rusa con la pistola de Larra, o se tenderá desnudo en el valle del Baztán, a orillas del Bidasoa, con un dulce apetitoso, el chanchigorri, en las ingles.



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