Miguel Hernández

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(30/4/2010) Aunque sobre Miguel Hernández se ha escrito de todo, llegado el centenario de su nacimiento no hay pluma que se resista a destacar algún aspecto de su rica semblanza. Es lo que toca y para eso se inventaron las efemérides. Digo.
Mi primera aproximación a la figura de Miguel Hernández fue gracias a la lectura de la “Elegía a Ramón Sijé”, ese grito desgarrador y contundente ante la muerte de un ser querido. Cuando leí por primera vez aquel dolor hecho alarido, aquel llanto hecho sangre, me pregunté quién sería el autor de palabras tan sentidas y profundas. Tan rotundas. Siempre he pensado que aunque sólo hubiera escrito esa elegía su nombre debería figurar, para siempre, en el parnaso de los elegidos. Pocas veces el dolor se ha dibujado con palabras de manera tan honda y visceral.

“Quiero escarbar la tierra con los dientes
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
Y besarte la dulce calavera
y desamordazarte y regresarte”.

Luego llegó a mis manos, en edición de un lejano 1973 de Narcea Ediciones, comentada por Jacinto-Luis Guereña, una obra que profundizó algo más la idea que ya tenía sobre Miguel, gracias a las canciones de Joan Manuel Serrat.
Y la idea que me he ido forjando sobre el poeta de Orihuela, a lo largo de estos años, es que hay en él muchos poetas: el poeta cabrero de sus días de infancia, el poeta amigo de sus amigos, el poeta enamorado de Josefina, el poeta mitinero y crecido, el poeta vencido en la cárcel, el poeta padre…
Quizás sean estas dos últimas etapas las que siempre me han llamado más la atención. Y es que un hombre, un poeta, cuando alcanza su dimensión más humana es cuando llega la derrota, esa espada del destino que antes o después rasga nuestros sueños.
Si dije que la Elegía a Ramón Sijé, es seguramente la mejor escrita en lengua española, las Nanas de la Cebolla son el más impactante testimonio escrito sobre la impotencia de un padre para poder realizar lo que la naturaleza ha grabado en su ADN: alimentar a su cría.

“En la cuna del hambre
mi niño estaba
con sangre de cebolla
se amamantaba”.

Gracias a un amigo librero conseguí, hace pocas fechas, la edición facsímil de los dos cuentos hechos por Miguel para su hijo. “Cuentos para Manolillo” incluye dos cuentos “El potro Obscuro” y “El Conejito” que si bien no destacan por su temática, ni por su brillo narrativo, manifiestan como ninguna otra obra el dolor ante la ausencia del ser querido -el hijo del poeta- y la ternura de un padre, aquel que tan testicular se mostraba en las arengas que declamaba ante los soldados en el frente para que huyeran de la cobardía: esa tentación, por lo demás, tan humana.

“Valientemente se esconden
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
esas fugitivas cacas
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma”.

Dos facetas del mismo hombre. Del mismo poeta. El de la agresividad más incendiaria y el de la ternura más exquisita. Dos caras, dos aspectos que, llegado el momento, pueden retratarnos a cualquiera de nosotros.



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