Mi tía la de Inglaterra

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(20/04/2017) Ahora que España e Inglaterra vuelven a andar a la greña por el dichoso peñón, me llegan, por asociación, recuerdos de infancia nunca idos del todo, retazos de ese lugar común que es la niñez al que siempre volvemos.

 Yo tenía una tía en Inglaterra (así decíamos en mi pueblo, nada de Reino Unido o Gran Bretaña) que había marchado de España cuando la guerra civil y que, como quien sale de Málaga para entrar en Malagón, hubo de soportar, tras lo miedos en el Madrid asediado donde se encontraba, los bombardeos de Londres durante la Segunda Guerra Mundial.

Mi tía Isabel “Ladeinglaterra” (así la nombrábamos como si su lugar de refugio hubiera fagocitado su apellido) nos mandaba un bulto de vez en cuando (sí, bulto y no paquete que nuestro lenguaje no estaba para refinamientos), que era esperado por su familia como plato de sopa en casa del hambriento.

-Margarita…

-¿qué?

-Que ha llegado el bulto de Inglaterra y te esperan para el reparto.

Y mi madre, obediente a la llamada de la abuela, acudía a la distribución del exquisito botín que nos llovía, de tarde en tarde desde el norte, como maná en el desierto.

 Supe años más tarde que mi madre (que acudía en representación de mi padre) y mis dos tías hacían tres montones, lo más igualados posible, y luego se lo adjudicaban según preferencias o, si no llegaba a un acuerdo, algo que pocas veces ocurría, por sorteo.

Gracias a los bultos de mi tía Isabel “Ladeinglaterra” yo tuve una pistola de nácar con fulminantes y un balón de reglamento que me permitió desterrar la pelota de trapo a lo más oscuro del “sobrao” (eso que ahora llamamos desván).

Recuerdo aquellos veranos de mi niñez en los que nos visitaba mi tía Isabel. Recuerdo sus afeites de mujer moderna, sus olores a perfumes desconocidos, tan alejados de los de mi madre que olía a comida y a campo. También recuerdo sus vestidos de colores alegres que rompían con el negro luto de las mujeres del pueblo, sus gafas de sol que solo veíamos en las películas americanas, sus pantalones ajustados que tanto chocaban en aquel reino de la faldumenta.

Mi tía era para mí, en el inicio de los años sesenta, la modernidad y el exotismo. Una modernidad adelantada que no llegaría a estas tierras hasta bien entrada aquella década, tras superar planes de desarrollo y asistir a la llegada de los primeros turistas.

 Mi tía nos hablaba durante aquellas visitas de sus dificultades para sobrevivir en Londres durante la guerra, de su matrimonio y de sus hijos.

 -Tía, ¿por qué los primos no hablan español?

Ella reía y callaba y yo me quedaba con la incógnita sin resolver, pero años más tarde se lo volví a preguntar y entonces me respondió que en aquel Londres de los años treinta y cuarenta estaba mal visto hablar en español.

 Luego he comprendido su respuesta. Más tarde he sabido que la repulsión a lo español en la mirada inglesa se remonta a siglos de desencuentros y que la Leyenda Negra se apoyó y se apoya (cuando alguien quiere remover las cenizas de su imperio como ahora con el Peñón) en una xenofobia rancia que se remonta a los tiempos de Enrique VIII.

Eso lo sé ahora, pero de haberlo sabido entonces se lo hubiera dicho a mi tía, una de las mujeres más buenas, generosas y comprensivas que he conocido.

El odio a lo español por parte del pueblo que, curiosamente, más visita nuestras playas, alcanzó sus cotas más altas con la Gran Armada y con Trafalgar. Luego la paz de Utrech y su cuestionable reparto hicieron el resto.

Pero les estaba hablando de mi tía Isabel, de las generosas libras que nos enviaba desde la entonces querida Inglaterra, -antes de que mis lecturas me hablaran de la Pérfida Albión-, de su llegada a la estación de Cantalpino acompañada de su marido y de sus hijos, donde mi padre les esperaba con el carro de mulas para traerlos al pueblo.

 Mientras concluyo este artículo me entero de que los investigadores de Vermont acaban de identificar, tras aplicar el Big Data a cien mil palabras de una veintena de idiomas, que el español es la lengua más boyante y feliz de las habladas. Le siguen el portugués y el inglés.

Pero eso no lo sabía mi tía la de Inglaterra que para sobrevivir al rechazo imperante hubo de renunciar a dormir a sus hijos con una nana en español. ¡Qué pena!



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