Mariano José de Larra

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(30/3/2009) La fecha ha pasado sin pena ni gloria.
Acostumbrados como estamos a la celebración de todo tipo de efemérides resulta que a los calendarios se les acumula el trabajo y, atragantados ante tanta conmemoración, se olvidan de unas fechas sí y de otras también. C´est la vie.
Ocurrió hace 200 años un 24 de Marzo. No eran buenos tiempos para nacer                    -seguramente no lo es ninguno- pero con la misma determinación y precipitación con las que quiso abandonar este mundo se presentó en él Mariano José de Larra uno de los máximos exponentes del romanticismo español. Y lo que vio desde entonces no le gustó nada. Pero que nada de nada. Al menos eso es lo que reflejan sus escritos. Eran años de guerra -la de la Independencia- y exilios, tiempos de felonías y dobleces, de media España levantada contra la otra media, de un país rancio, atrasado e inculto que se adentraba en el abismo fraticida. Por eso sólo le quedó escribir, actividad que en España era y es llorar. Escribir sobre lo que veía y no comprendía. Escribir con los ojos saltones del asombro y la rabia. Ojos de esto no puede ser. Ojos de esto no me puede pasar a mí. Y pasaba. ¡Vaya si pasaba!
Harto de todo y de todos decidió marcharse con tan sólo 27 años. Pero no piensen que era un crío. No. En la edad en que muchos de nuestros jóvenes aún no han abandonado el domicilio paterno, “el pobrecito hablador” había vivido muchas vidas y sufrido muchos amores. Tantos que pensó que lo mejor era marcharse. Y se fue. Antes, escondido detrás de distintos  seudónimos  -que no eran buenos tiempos para dar la cara- Fígaro, Duende, Bachiller, el pobrecito hablador  escribió más de doscientos artículos con el vano intento de  modernizar un país que se resistía como gato panza-arriba al cambio y al consenso.
A los 15 años, tras deambular por Francia y distintas poblaciones españolas, se matriculó en la universidad de Valladolid y aquí cursó estudios de leyes -sólo un año- antes de marcharse para dedicarse al periodismo.
En su entierro un joven poeta de Valladolid, José Zorrilla, leería un poema que le catapultaría a la fama. Por eso, desde esta ciudad del Pisuerga me gusta imaginar a un niño de 7 años que responde por José tropezándose con un mozalbete universitario de 15 -Mariano José-  en cualquier calle de la ciudad sin saber que en un futuro les uniría el destino. Corría el año 1824 y se iniciaba uno de los períodos más tristes de nuestra historia: la Década Ominosa.
Termino este artículo tras oír el polémico pregón de Martín Garzo abriendo la Semana Santa en la catedral vallisoletana. Ante el boicot por parte de doce de las diecinueve cofradías vallisoletanas uno se queda circunspecto preguntándose qué es lo que ha originado tanta polémica. Tanta crispación. Martín nos ha regalado un pregón preñado de espiritualidad y de poesía. Una proclama de admiración por el Cristo histórico y un canto al compromiso evangélico y a la justicia social defendida hasta el martirio por tantos cristianos. Uno de los “mas bellos pregones que se han pronunciado en la catedral” en palabras del alcalde Javier León de la Riva. Pero como nunca llueve a gusto de todos algunos no asistieron a oír al pregonero. Sus razones tendrían.
Se perdieron  a más de un pregón exquisito un concierto de Gérard Caussé interpretando a Johann Sebastián Bach con una viola de Gaspar da Salo de 1560.
Mariano José de Larra, de haber asistido, habría tenido un buen argumento para hacer un artículo sobre el pregón y la polémica. Pero han pasado casi dos siglos y las cosas han cambiado. ¿O no?



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