Mancas

manca

(20/1/2014) Leer es vivir y sumergirse en la lectura es como salir a la calle a ver pasar la vida sabiendo, que en ese deambular por el folio, puede ocurrir de todo.

Porque puede suceder que, sin saber por qué, ese día la rúa esté inundada de monjas, o de gente con el pie escayolado, o de maleducados a los que les ha dado por escupir. O de cojos. O de…

-Hoy, la calle, estaba llena de abuelas con carrito de la compra -le digo al amigo que me escucha entre condescendiente y aburrido.

-Casualidad o Año Viejo- me responde desde la más completa indiferencia.

Pues con los libros pasa lo mismo.

Te tropiezas en una librería con “La Princesa manca” de Gustavo Martín Garzo. La llevas a casa, inicias su lectura y mientras estás inmerso en la belleza lírica del narrador vallisoletano te regalan “Isabel la Reina” de Ángeles de Irisarri y compruebas desde la ficción que el mismo día que nació la reina de Castilla lo hicieron dos marquesas mancas: las marquesas de Alto Iglesia. Luego alguien te habla de la leyenda de “las siete mancas” de la villa de Simancas, que se auto-mutilaron para no caer en las manos deAbderramán II y etc.

Y uno que siempre oyó hablar de mancos, y que había asociado la tara al hombre, se sorprende de que la calle, perdón, la lectura se halle tan llena de mujeres mancas. Mancas y aristócratas.

Porque ¿quién no oyó hablar de El Manco de Lepanto, don Miguel de Cervantes Saavedra, o de Horacio Nelson que resultó manco en Tenerife por una bala de cañón, o de tantos otros?

Pero de mancas, lo que se dice de mancas, pues no.

Es más si se acerca uno al cine -y no tiene por qué ser en la fila de los mancos- ve que también en el cinemascope son ellos los amputados por el destino o por sus desgracias.

Sin ir más lejos podríamos hablar de Harold Rusell que ganó el Oscar al mejor actor de reparto en “los mejores años de nuestra vida” sin ser actor profesional y faltándole las dos manos. Se lo pregunten a William Wyler y verán que es cierto lo que les digo.

También estaría entre los mancos de cine el diabólico Ash (Bruce Campbell) que en “El ejército de las tinieblas” pierde la mano y coloca en su lugar como prótesis una sierra mecánica. Y Jonathan Lansdale (Michael Caine) que en “La mano” (1981) pierde la suya en un accidente y comprueba desde su manquedad como su mano está cometiendo asesinatos en serie. La muy canalla.

Por no hablar del capitán Garfio (Hans Conried) de “Peter Pan”, o del Caballero Negro (John Cleese) a quien en “Los caballeros de la mesa cuadrada” el rey Arturo va amputando sus extremidades una a una; o de “El fugitivo”, película en la que una bomba deja manco a Frederick Sykes (Andreas Katsulas); o de la “Conspiración de Silencio” donde John MacReedy -interpretado por Spencer Tracy- nos sobrecoge con los gestos inquietantes de su única mano; etc. etc.

Pero estamos hablando una y otra vez de mancos, en masculino plural.

¿Es que el cine se olvidó de las mancas? ¿Es que ellas, las mancas, no tienen tirón cinematográfico?

Pedí al buscador que me echara una mano, (perdón, no he querido hacer un chiste fácil) y buscando, buscando he hallado dos mancas de cine. Algo es algo y menos da una piedra.

Se trata de las chicas Armless (Martha Morris y Frances O´Connor) que en “Freaks. La parada de los monstruos” forman parte del circo que protagoniza esta película.

Ellos, los mancos, héroes del mar o del terror. Temidos y respetados. Ellas, las mancas, monstruos que trabajan en el circo.

Pero a las mancas las ha redimido Martín Garzo y ya forman parte de la alta literatura. Porque “aquella niña había nacido manca…había nacido así con el bracito romo, redondeado y terso en su extremo, brillante como los guijarros de los ríos”.

Vuelvo a salir a la calle de mis lecturas, esperando no ver más mujeres mancas y perderme en la variedad de las historias. Pero no. Hoy la calle está llena de “cielo”. Como lo oyen.

Primero me tropiezo con “Llamando a las puertas del cielo” de Lisa Randall que quiere, desde su cátedra de física en Harvard, iluminar nuestro mundo moderno desde la física y el pensamiento. Que ya es querer.

Y luego ¡oh cielos! con “El pozo del cielo” de Cristina Cerezales Laforet. Una historia llena de emociones donde matrimonian el arte y la vida para nuestro goce y disfrute.

Sorpresas que da la vida. La lectura.



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