Los que salen del armario

armario

(10/09/2020) Dicen que cuando el hombre se asomó por primera vez al mundo vio que lo que tenía delante era inabarcable e infinito en sus formas, colores y matices. Y además variable, cambiante, voluble. Y que así las cosas, no le quedó más remedio que poner orden ante tamaño caos e inventar el número y con él la clasificación. Clasificar para contar lo incontable, numerar lo innumerable y abarcar lo inabarcable. Clasificar para creerse de alguna manera, dominador, amo y señor de las demás criaturas y cosas. Creerse rey de lo creado.

 En esa realidad variopinta e inabarcable, los libros, no podías ser una excepción, sobre todo cuando su número creció hasta hacerse ingobernable y excesivo, demasiado grande para cualquier mente que pretendía abarcarlos.

 Surgieron de este modo las clasificaciones. Algunas referidas a su temática: libros de historia, libros de arte, libros de ciencia, libros de misterio, libros de aventuras, libros de poesía…, pero también otras referidas a su excelencia: “libros que te llevarías a una isla desierta”, “libros que salvarías en un incendio”, “libros que enganchan de la primera a la última página”, “libros que cambian una vida”, “libros para leer durante la pandemia”… Y esto sin entrar en esas clasificaciones periódicas de distintas revistas culturales: “los 50 mejores libros del año”, “los libros más adictivos para leer en 2020”, “100 libros que todo ser humano debería leer”, “20 libros para leer sí, o sí”, “los 15 libros que debes leer antes de morir” (que ya es ponerse trágico)…  Clasificaciones en las que solo han entrado una minoría de ellos, una élite. Porque los demás, proletarios del papel y de la tinta, nacieron para, una vez leídos, ser enterrados sin funerales en una estantería.

 En el ancho campo de las clasificaciones estarían también “los libros perdidos” que desaparecieron en algún momento de la historia (El libro segundo de la Poética de Aristóteles, el centenar de volúmenes arrasados  de Ab urbe condita de Tito Livio, el Cardenio de Shakespeare…) y “los libros olvidados” a los que Carlos Zafón dedicó uno de sus títulos más hermosos: El cementerio de los libros olvidados.

 Un subgrupo de estos últimos (porque toda clasificación por más que concrete siempre da lugar a subgrupos que a su vez se dividen en otros y estos en otros), una parte de ese ancho cementerio zafoniano, sería el formado por “los libros olvidados en la casa del pueblo”.

 De estos quiero hablarles hoy.

 Rebuscando en un armario de la casa paterna (esa que conservamos muchos de los emigrantes de los años sesenta y setenta del siglo pasado) me he encontrado con alguno de los libros que atesoraba mi padre. Libros que él, que pertenecía a una generación en la que eran tan escasos que pasaban de mano en mano como la falsa moneda, escondía en arcones y armarios. Sabía que al contrario que la falsa moneda “que de mano en mano va y ninguno se la “quea””, los libros, muy codiciados por los de su generación, se quedaban en alguna casa (y no necesariamente en la de su propietario).

 Pero a lo que iba. Entre esos libros que mi padre atesoraba, y que yo aún no había rescatado de su escondite, estaban: Poesía, teatro y prosa de Sor Juana Inés de la Cruz (Editorial Porrua, Mexico, novena edición); el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita (Editorial Castalia “odres nuevos”, décimo tercera edición); Carta a los dirigentes de la Unión Soviética de Alejandro Soljenitsin ( Plaza & Janes editores, año 1974); Canto General de Pablo Neruda (Bruguera, 1980) y Pasado en claro de Octavio Paz (Fondo de cultura económica, 1978).

 Como ven  libros que nadie salvaría en un incendio, o tal vez sí, pero que yo he rescatado de ese fondo del mar que es el olvido para devolverlos a la luz, para darles una nueva oportunidad de ser alguien entre mis lecturas.

 Porque todo libro, cualquier libro, encierra algún tipo de verdad y no merece estar abandonado en el fondo de un armario.

 Sé que esos libros además de mostrar la dieta lectora de mi padre (somos los libros que leemos), las lentes con las que contemplaba el mundo, guardan también, en algún lugar de su superficie, su ADN, esas muestras biológicas (manchas, huellas, pelos) que impregnan cualquier libro leído.

 Porque como diría Ruiz Zafón “cada libro tiene alma. El alma de quien lo escribió y la de quienes lo leyeron, vivieron y soñaron”.



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