Los olores perdidos

pipe

(10/4/2015) “Ceci n´est pas une pipe” (Esto no es una pipa) nos previene René Magritte, pintor surrealista belga, a quienes contemplamos la imagen de una pipa en uno sus cuadros. Aquello que vemos no es una pipa, obviamente. Es sólo su imagen.
Esta “traición de las imágenes” de la que nos previene Magritte está cada vez más presente en nuestro mundo digitalizado. Por eso cada vez se habla más de vídeos y de realidad virtual, lo cual bien pensado no deja de ser un contrasentido. ¿Realidad virtual?
-¿Quién sabe lo que es una vaca? –pregunta el profesor a sus alumnos que piensan que les está tomando el pelo.
Y cuando, tras las inevitables risas, todos afirman conocer al animal por haberlo visto muchas veces en la televisión, en su tableta o en las miles de imágenes de internet, el profesor les amonesta: ¡eso no es una vaca! “ceci n´est pas une vache”.
Y para que sepan lo que de verdad es una vaca organiza una visita a la granja-escuela más cercana para que huelan, toquen, oigan y vean vacas. Y capten sus movimientos mientras pastan, beben o defecan. Su vida.
Conocí a un maestro que para enseñar a sus alumnos lo que era una naranja les hacía llevar dicho fruto a clase y tras analizarlo lenta y minuciosamente: tacto, olor, peso, color…les mandaba pelarlo con las uñas y luego desgajarlo y comerlo para hablar de su sabor. Aprendizaje basado en la experiencia. Aprendizaje poniendo sobre los objetos los cinco sentidos porque según dejó bien claro el filósofo Kant la percepción de un objeto no es una recepción pasiva sino una actividad.
Si no tocamos los objetos, si no aplicamos sobre ellos los cinco sentidos ¿cómo podemos afirmar que los conocemos o sabemos de ellos?
Y los sentidos necesitan del ejercicio y del aprendizaje. Si nunca oliste tomillo o romero o lavanda, difícilmente vas a identificar objetos que desprendan olor a tomillo a romero y a lavanda.
El director de cine francés Jean Pierre Améris nos habla con maestría de dos sentidos muy castigados en la era digital: el olfato y el tacto. Y lo hace a través de una película, que llega a nuestras pantallas tras cosechar un enorme éxito en Francia: “La historia de Marie Huertin”.
Marie Huertin fue una joven francesa que nació en el siglo XIX y que siendo sorda y ciega -el manicomio era el lugar de destino para aquellas criaturas en aquellos años- logró gracias al tacto y a los olores contactar con un mundo de tinieblas enormemente hostil hasta llegar a adquirir habilidades insospechadas y convertirse en maestra de niñas sordociegas.
Nuestro mundo moderno vive y goza sumergido en una videocracia cada vez más tiránica mientras infravalora e infrautiliza el abrazo con la realidad y sus imperfecciones.
La anosmia del hombre digitalizado se basa en un desconocimiento de los olores de la naturaleza. Y no los conoce porque nadie se los ha enseñado. Así de sencillo. No han tenido una maestra que acompañe sus primeros pasos sensoriales como la tuvo Marie Huertin en la monja Marguerite.
Habrá que incluir en el curriculum escolar -tan cargado, el pobre- el aprendizaje de olores y sensaciones táctiles para que nuestros escolares entiendan que las cosas pueden ser lisas, rugosas, cálidas, olorosas…para que entiendan el inicio de “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde:
“Todo el recinto se encontraba rodeado e impregnado de la exquisita fragancia de las rosas, y apenas el tenue aire veraniego avanzó jugueteando entre los arbustos del jardín, arrastró consigo hasta la puerta que estaba abierta de par en par el denso almizcle de las lilas y el perfume más suave de los abrojos rosados floridos”.
Los olores han desaparecido de los cuerpos en pos de una hiper-higiene y del uso y abuso de los perfumes. También los olores de las casas. Difícil encontrar en los pisos modernos los añejos olores de nuestras casas de cuando la infancia.
Casas que se distinguían por su peculiar olor, mezcla del aroma de la cocina y del olor corporal de sus moradores (y de los animales que en cuadras y corral compartían espacios y vivienda).
También las tiendas tenían su peculiar olor -aquellas tiendas de ultramarinos que contenían todos los aromas de la tierra del mar y del aire- pero todo se fue al traste con los modernos envoltorios de plástico que colonizan los grandes supermercados donde todo huele a lo mismo, a nada.
Por no oler ni las iglesias huelen a incienso y a cera, como antaño.
Está tan mal visto el olor en nuestro mundo que todos confundimos olor corporal u olor a algo con mal olor. Si alguien o algo huele a sudor, a tabaco, a comida…es que huele mal. Y punto.
La videocracia que nos gobierna nos expulsa del paraíso que son los olores y del contacto físico con la realidad.
-Mira qué guapa está mi niña; ayer cumplió un año -me dice exultante una compañera de trabajo mientras su dedo índice moviéndose en zigzag descarga las fotos acumuladas en su móvil a una velocidad de vértigo.
-Está preciosa -le dice mi lado más civilizado y social.
Pero mi lado oscuro, mi sombra, grita para no ser oído: ¡ceci n´est pas une fille! ¡Eso no es una niña!



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